divendres, 12 de juny de 2015

Fofisano

Lo de esta mañana ha sido algo surrealista.

Acabo de poner la televisión para que mi hija oiga la voz de Bob Esponja cuando se despierte. Estoy preparando su desayuno cuando me ha parecido oír golpecitos en la puerta de la calle. Ni caso. De nuevo otra vez oigo esos pequeños golpes, y me acuerdo de que no nos funciona el timbre. Me acerco a la puerta y miro a través de la mirilla, delante de la puerta hay alguien. ¿Qué hago? ¿Abro o me hago el loco? Inconscientemente decido abrir. Es el vecino del primero B que se parece a Sergio Ramos y que tengo la sospecha de que es gay. Me habla precipitadamente diciendo que no lleva las llaves de su piso y que su compañero está dentro de casa pero que no contesta porque debe estar durmiendo y él tiene que ir a trabajar. Además da la casualidad de que tiene el móvil sin batería. Querría pasar por el piso de al lado pero no hay nadie en la casa. Otra vez hago una estupidez y le digo que puede llamar a su compañero con mi teléfono, pero dice que no, que no se sabe el número de memoria. "¿Y conectar el movil a la red? Tenemos el mismo cargador" Otra vez me dice que no hace falta, que su amigo no se despertaría. Me pide perdón por molestar y se va tan confuso como me quedo yo. Me da lástima pues parece que me haya venido a preguntar para nada, sin ningún objetivo. Si no quiere mi teléfono...¿para qué me ha preguntado si yo vivo en el quinto piso y soy el más lejano de sus vecinos?
Sigo con lo mío, tengo que acabar de preparar el desayuno. La niña duerme tan profundamente que no se ha enterado de nada, y eso que la puerta de la calle está a un metro de su habitación. Estoy cerrando el biberón cuando de nuevo escucho golpecitos en la puerta. ¿Y ahora qué? Vuelvo a utilizar la mirilla y no me sorprende ver de nuevo al vecino allí. Abro la puerta.
- Hola, soy el vecino del primero.
- Sí...
- Me he olvidado las llaves en casa y no puedo entrar. Mi compañero está dentro pero está durmiendo y no se despierta y yo tengo que ir a trabajar. ¡Buf!
- Ya, me lo has dicho hace un momento.

Se me queda mirando, parece que no entienda lo que le acabo de decir. De repente escucho lloros a mi espalda, la niña se ha despertado, "Mama, mama". "Perdona, pero tengo que atenderla" "No te preocupes, perdona". La habitación está justo detrás mío, me acerco a la cama y tranquilizo a la pequeña. Cuando por fin está tranquila la cojo y me la llevo al comedor, pero al pasar al lado de la puerta de la calle me doy cuenta que me la había dejado abierta. El vecino ya no está en el rellano. Cierro mientras me pregunto qué narices le debe pasar a ese tipo, no parece que esté demasiado fino.
Sigo con mis tareas rutinarias : acabar de recoger la cocina, vestirme, preparar la bolsa para ir al trabajo y vestir a la pequeña mientras ve los dibujos. No paro de darle vueltas al asunto, ¿por qué ha vuelto a llamar como si no hubiera llamado antes? ¿No se ha acordado? ¿No me ha reconocido? ¿Estará drogado? Por fin salimos de casa y dejo a la niña en el colegio. Luego, ya solo, me dirijo al metro, pero cambio de parecer y vuelvo a mi edificio. Hay algo que no me acaba de convencer. Subo al primero. La puerta del primero B está abierta. ¿Ya se habrá despertado el compañero? Dudo durante medio minuto...y entro. Se oye el televisor de fondo, las voces de Bob Esponja y Patricio discutir sobre algo que no escucho. Voy pasando por las habitaciones en dirección al comedor. La ropa de la única cama que veo está revuelta pero no hay nadie. En la cocina el fregadero está repleto de platos y vasos sucios. La casa es un desastre. Llego al comedor, hay alguien sentado en el sofá mirando la tele, pero no le veo la cara pues el sofá está de espaldas a la puerta; lo rodeo y veo que el tipo mira fijamente la televisión, con los ojos bien abiertos. Tiene una raja en la garganta de la que mana abundante sangre. No hace falta tomarle el pulso para confirmar que el tío está bien muerto. Me asalta un presentimiento. Salgo de aquella vivienda y subo hasta el quinto piso. Abro cautelosamente la puerta de mi casa, no se oye nada, silencio total. Primero de todo me dirijo a la cocina, estoy alerta a cualquier sonido. No veo nadie, cojo un cuchillo del cajón de los cubiertos, uno corto y fácil de manejar. Echo una ojeada al comedor, allí no hay nadie. Examino cada una de las habitaciones pero no veo nada fuera de lo normal. Vuelvo a dejar el cuchillo en la cocina y me dispongo a llamar por teléfono a la policía. En el primero hay un fiambre y un loco anda suelto por la escalera. De nuevo oigo golpecitos en la puerta. Con todo el sigilo del mundo me acerco hasta allí, no miro por la mirilla, me temo que el loco ese se dará cuenta si lo hago. De repente se oye un sonido de llaves, me doy cuenta de que las mías han desaparecido. Las había dejado en una bandeja del mueble al lado de la puerta. ¿Cómo han desaparecido? Miro ahora sí a través de la mirilla y veo al loco que la mano en alto agitando mi llavero. Estaba en mi casa y mientras yo iba a coger el cuchillo debe haber salido con mis llaves, no me he dado ni cuenta.

- ¿Abre, por favor?
- ¡Si tienes tú las llaves!

Me sonríe. Y en ese momento soy consciente de que tengo que correr a la cocina y recuperar el cuchillo. A mi espalda oigo como se introduce la llave en la cerradura, gira y la puerta se va abriendo. Cojo el cuchillo y salgo de la cocina dispuesto a enfrentarme cara a cara con el loco. Pero en el pasillo no hay nadie, la puerta de la calle está abierta. Me dirijo a ella, otra vez alerta, esta vez estoy seguro de que sí está dentro de la casa. Por si acaso cuando paso al lado de la puerta miro hacia el rellano, pero no hay nadie allí afuera. Voy a cerrar la puerta y de repente, mientras la puerta gira, me doy cuenta de que él podría estar detrás de ella. Pero no, no hay nadie allí. La puerta se cierra de golpe y me sobresalto, aunque he sido yo el que ha permitido el portazo. Tengo los nervios a flor de piel, y no es para menos. ¿Qué debo hacer? ¿Llamo primero a la policía? ¿O sigo registrando la casa? Tengo la intuición de que está dentro y prefiero no despistarme con la policía. Sigo mi inspección sigilosa, la habitación de la niña, vacía, la habitación que nos sirve de despacho, vacía, sólo queda la habitación grande. Me asomo, en ese momento un puñal podría surgir desde las penumbras del cuarto, pero no es así. Él está en la cama, con los ojos abiertos mirando al techo, los brazos estirados a los lados. Su cuchillo está encima de la mesita de noche. ¿Está muerto? Me acerco con gran cautela y empuño con firmeza el cuchillo. Con un lento movimiento de mi brazo sitúo el filo sobre su corazón. No noto su respiración, acerco mi cara a la suya. "Estoy enamorado". Levanta su cabeza como para besarme y yo doy un salto hacia atrás, tropezando contra el armario, se me cae el cuchillo. Él se levanta. "Te quiero desde el primer día que te ví. Ya no lo soporto más". Y en ese momento comienzo a comprender.

- Te equivocas.
- No, no me equivoco. Eres un adonis.
- ¡Pero si estoy gordo!
- Fofisano.
- ¿Qué?
- Estás fofisano. Estás perfecto.
- Que sepas que me he puesto a dieta.
- Pues no se te nota.
- ¿Y qué me dices de tu amigo?
- Se pasaba todo el día en el gimnasio, y cuando estaba en casa sólo sabía mirar la tele. No he perdido nada.
- A mí me encanta la televisión.
- Ya se te nota, ya.
- Sí, pero hay algo más.
- ¿El qué?
- No soporto los dibujos de Bob Esponja.
- ¡Ah!
- Lo siento pero es superior a mí.
- Ya veo.

Me agacho haciendo ver que voy a atarme el calzado, él se levanta y coge algo de la mesita. Se acerca a mí. Cuando noto que está a dos pasos de mí cojo el cuchillo del suelo y lo lanzo contra su pecho. Él se detiene, suelta su cuchillo aún rojo de la sangre de su compañero muerto. En breve se juntará con él, o no. Ese ya no es mi problema. El mío, señores policías, es explicarles esto a ustedes y que me crean.

- Tengo una duda, ¿por qué le dijo lo de Bob Esponja? ¿Cómo sabía que iba a reaccionar así?
- Está claro. Él estaba enamorado de Bob Esponja y yo le recordaba a él.
- Sigo sin comprenderlo.
- Bob Esponja es el ideal de fofisano, una esponja. Cuando me dijo que yo le gustaba porque era fofisano entendí que se había cargado a su amigo en un acto irracional de rabia provocada porque él deseaba que su amigo fuera como Bob Esponja, igual que yo, y no un cachas chulopiscina.  

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