dimarts, 3 de març de 2015

El pollo


El joven gallo imitaba con gran precisión los elegantes gestos de su maestro. El viejo gallo se enorgullecía de la admiración que le profesaba aquel apuesto y prometedor galán. "Algún día tú serás el amo de este gallinero" le dijo.  "¿Cuándo?", preguntó el otro, impaciente.

-  Pronto, ya se acerca el frío invierno y poco antes de que llegue el solsticio os tendré que dejar.
- ¿Y eso?
- Pues porque año tras año, el gallo más bravo del corral es llamado a ocupar un lugar de privilegio en las celebraciones de los humanos. Incluso le honran con una misa en la noche más importante del año para ellos.

Un "¡Oh!" de asombro se dibujó en el pico del joven. Pensó lo mucho que le gustaría que los humanos compartiesen sus fiestas con él. Al viejo gallo no le costó adivinar los pensamientos que cruzaban por debajo de la bella cresta de su alumno.

- No te preocupes, este año me toca a mí, pero tú podrás disfrutarlo el año que viene.

 Pero los pensamientos de su alumno más aventajado incluso iban más allá, no pretendía dejar pasar la oportunidad de robarle a su maestro el reconocimiento de los humanos. A partir de ese mismo día, el joven gallardo se esforzó por cantar con más fuerza y durante más tiempo, paseó sus plumas con gran elegancia por todo el corral. Sus esfuerzos no cayeron en balde y en poco tiempo los humanos comenzaron a premiarle con más pienso.  Al tener más comida se hizo más grande y fuerte. Un día  comenzó a rondar a una de las gallinas y el viejo gallo se vio forzado a darle una lección, mas el joven le propinó tal paliza que el pobre desgraciado tuvo  que lamerse sus heridas en silencio en un oscuro rincón del corral. A partir de ese momento, todas las gallinas se peleaban por ser objeto del galanteo del joven gallito.

Y llegó el invierno, y un día los humanos vinieron acompañados de otros humanos. El joven gallo sacó pechuga en el momento que observó que sin lugar a dudas estaban hablando de él. Una mezcla de sensaciones le embargaron cuando un humano le cogió de las patas. Por un lado orgullo y vanidad, pero también miedo y angustia. Su vida hasta entonces se reducía a aquel corral, y de repente todo su mundo daba un vuelco literal. De hecho no le gustó nada que le cogieran de las patas y le dieran la vuelta. Y menos le gustó aún cuando advirtió que el viejo gallo le miraba con una sonrisa dibujada en su pico. Intento debatirse pero sin mucha convicción, tampoco quería parecer un cobarde a ojos de todo el corral, así que finalmente se lo llevaron entre el cacareo desconsolado de las gallinas.

 Por supuesto nadie volvió a ver al joven y apuesto gallo. El viejo, por su parte, dijo a las gallinas que no debían preocuparse por el chico, que seguramente entre los humanos se encontraría en su salsa. Sus sabias palabras las tranquilizó, y todas se imaginaron a su admirado gallo sentado en un puesto de honor a la mesa de los humanos. Poco se podían imaginar que la cocinera se equivocaría con la receta de Nochebuena y  aquel gallo, que días atrás se pavoneaba tan apuesto y soberbio,  iba a acabar sus días en el cubo de la basura junto a las mondas de las patatas.

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