dimarts, 17 de febrer de 2015

Hiel

No era la primera vez que hacía una entrevista de este tipo, pero aún así era incapaz de evitar  sufrir la sensación como de tener un bloque de cemento dentro de mi estómago. El celador me guió hasta una sala que prácticamente se encontraba a oscuras, exceptuando la paupérrima luz emitida desde una solitaria bombilla que colgaba del techo de la habitación. En medio de la sala había una mesa, un pupitre con dos sillas enfrentadas. En una de ellas se sentaba la sombra de mi asesino.

- Buenas tardes.
- Siéntese, por favor.
- Gracias. Supongo que sabe por qué estoy aquí.
- Me dijeron que vendría una periodista interesada en mi caso. La verdad es que no sé qué interés puedo yo tener para usted.

Aquella no era la voz de un homicida, pero es que nunca lo era. En todas las ocasiones que traté con uno de ellos, y fueron bastantes, jamás ninguno delató en su voz sus instintos criminales. Un escritor, un fontanero, un informático, siempre entrevisté al otro "yo", al inocente. Si hubiese sido miembro de un jurado los hubiese dejado a todos en libertad, ¿cómo podían ser capaces de actos tan atroces seres tan sensibles, tan sencillos, tan comunes? Sin embargo, en su interior habitaba un "alter ego" rabioso, capaz de matar en muchas ocasiones a sus seres queridos, y a menudo con una crueldad imposible de imaginar.
Una vez investigué un caso de posesión, deseé con todas mis fuerzas poder encontrar una razón, por mística que fuera, a tanta crueldad. Quería creer que un ser humano normal no podía ser tan cruel si no era porque una fuerza demoníaca lo poseía. Desafortunadamente no tuve éxito, mi investigación fue un fracaso y aquel caso de posesión no fue más que otro engaño. A pesar de ello no pierdo la esperanza de que algún día se haga justicia y se descubra que el ser humano jamás fue capaz por sí solo de tanta maldad, que una mente diabólica se apodera de la débil mente de determinados miserables para guiar sus actos. Mientras tanto no me toca otra que escuchar con cierto escepticismo a esos lobos vestidos con pieles de cordero.

- Bueno, digamos que su caso es bastante curioso. Es especialmente macabro considerando que tardó más de diez años en vengarse de su antiguo jefe y que utilizó una violencia extrema en ello.
- ¿Tiene un cigarro?
- ¿Perdón?
- Un cigarro, ¿usted no fuma?
- Lo siento, no, no fumo.
- Pensaba que todos los periodistas fumaban.
- La verdad es que lo dejé hace un par de años, antes de quedarme embarazada.
- ¿Tiene hijos?

Me lo quedé mirando, incómoda. No le contesté, allí sólo había un entrevistador. Me levanté de la silla y me acerqué hasta el celador que vigilaba a unos metros de distancia. Le pedí un cigarro encendido y me lo dio. Volví a la mesa y le di el cigarro.

- Ahora comencemos, por favor.
- Adelante.
- ¿Por qué lo hizo?
- Porque me había hecho llorar.
- ¿Quiere decir que le clavó cien puñaladas en la cabeza sólo porque le hizo llorar?
- ¿Usted ha llorado alguna vez por desesperación, por rabia?

Le hubiera dicho que miles de veces, que mi vida ha estado llena de momentos de desesperación, de impotencia, de rabia, pero que no he matado a miles de personas por ello. Pero me jodía decirle todo eso a ese personaje. No iba a caer en su juego.


- Entonces ¿debo entender que usted nunca llora y que esa fue una ocasión especial?

- No, al contrario. Había llorado muchas veces, pero esa fue la última vez que lo hice por mí. Él secó mis ojos.
- No comprendo.
- Me vengué porque ese hijo de puta me convirtió en un ser insensible. Después de su traición jamás volví a ser el mismo.
- ¿Qué traición?
- ¿No sabe que éramos amigos? Martín y yo éramos un equipo, una máquina con dos cabezas. Él era el líder y yo su perfecto gregario.
- ¿Y qué pasó?
- Pues que un día se dio cuenta de que él era imprescindible para la empresa. Y a partir de ese día ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un Dios.

Siguió un largo silencio. Él esperó que yo preguntara, pero yo sabía que no debía hacerlo, tenía que evitar darle una salida. Tenía que esperar que vomitara hasta la última gota de su ira. Y así fue.


- Desde ese momento dejamos de ser un equipo. Me abandonó, entendió que todo era mérito suyo, que yo no era más que una pieza, otro eslabón en la cadena, y que esa cadena giraba porque él era el motor. Así que se fue a jugar una liga superior, hasta que un día se acordó de mí. Y no fue para darme ánimos, para apoyarme o para preguntarme qué tal lo llevaba. No, al contrario, se acordó de mí para decirme lo que tenía que hacer, para ponerse otra medalla a mi costa delante de sus jefes. El muy hijo de puta. ¿Quién se pensaba que era?


Volvió a quedarse en silencio, no podía verlo porque estaba rodeado de sombras, pero sentí como apretaba los puños, pude imaginarme cómo clavaba las uñas en la carne de sus manos. Esta vez decidí actuar, evitar que se quebrara.


- ¿Y qué ocurrió?

- Se lo dije, no me callé. Le escribí un correo electrónico diciéndole lo que pensaba del tema, pero en ningún momento le insulté. Le dije que estaba harto de él, que me estaba volviendo loco con su actitud. Pero todo ello sin faltarle el respeto.
- Pero sin embargo, él le despidió, ¿no?
- Sí, así fue.
- ¿Eso fue lo que le hizo llorar? - nada más decir estas palabras, me di cuenta que la había cagado, nunca se debe hacer preguntas inductivas, es lo primero que te enseñan en la facultad de Periodismo.
- ¿El qué? ¿Que me despidiera? No, que va.

Más silencio. Él espera que yo le pregunte "¿Entonces, qué fue?", yo aguardo pacientemente que él conteste esa pregunta obvia, o quizás que se abra un poco más y extienda su respuesta hasta un punto que me permita comprender esa psicología. Pero el silencio se alarga y siento que pierdo la batalla, entonces no me queda más que plantear la maldita pregunta.


- ¿Entonces, qué fue?

- ¿Sabes quién es Lucifer?
- El diablo.
- Un ángel que se rebeló contra Dios todopoderoso, le cantó las cuarenta y éste no se lo perdonó. Desde entonces Lucifer juró vengarse de aquel Dios soberbio. Yo soy ese Lucifer, ese ser capaz de decir la verdad, y por culpa de eso lo perdí todo.
- Pero si encontró trabajo al momento. No perdió nada.

Yo no me lo esperaba. El hombre se levantó de un salto de la silla y lanzó la mesa por los aires, con una fuerza que no le sospechaba.


- ¿Qué no perdí nada? ¡Tú qué sabrás imbécil! ¿Nada? Perdí a mis compañeros de trabajo, perdí mi vocación, mi interés por mi profesión. Desde entonces ya nunca he creído en mi trabajo, todos me parecen iguales, una farsa donde me pagan por el tiempo que les dedico, no por lo que produzco. Perdí la confianza en la amistad, en el compañerismo, ¿te parece poco?  ¡Y todo por culpa de él!. ¡Se lo tiene merecido, lo volvería a hacer una y otra vez!


Yo me había caído al suelo, asustada. Ya no estaba con el hombre inocente, allí estaba la bestia, la maldad en persona, la rabia. Apoyándome en los brazos me alejaba de aquel ser. Los celadores tardaron unos pocos segundos en reducirle, pero ese tiempo se me hizo eterno. No podía dejar que se lo llevasen, aún me faltaban respuestas. Mientras lo mantenían en el suelo seguí preguntando.


- ¿Y por qué ahora? ¿Por qué ha tardado más de diez en años en vengarse?


Él jadeaba, estirado en el suelo, bajo un amasijo de brazos, cuerpos y piernas que le aplastaban. Farfulló algo pero no llegué a oírlo bien. "Tarjeta", ¿era eso lo que había oído?


- ¿Qué? ¿Qué dice?

- La tarjeta. El muy hijo de ....

Otro guardíán había llegado corriendo con una jeringuilla y se la había clavado en el cuello. No acabó la frase. Lo arrastraron hasta la celda y yo me quedé allí, sentada aún en el suelo, sola. Al rato volvió el celador del principio y me invitó a acompañarle hasta la salida, la visita se había acabado.


No podía presentarme en el diario con esa entrevista, faltaba saber cuál había sido el interruptor que había encendido la bestia. Cogí el coche y me fui a casa del asesino, me abrió la puerta su esposa, una mujer muy guapa pero con la mirada más triste que había visto hasta la fecha. Seguramente mi rostro ahora sea más triste que el suyo.


- ¿En qué puedo ayudarle?

- Me llamo Abigail Calvo, soy periodista de el Diario.
- ¿Qué quiere? - su rostro había pasado de la tristeza a la desconfianza.
- ¿Podría hablar con usted un momento?
- No tengo nada que decir.
- Sólo necesito saber una cosa.
- Le he dicho que no sé nada. - la mujer me iba a cerrar pero lo impedí metiendo el pie en la puerta.
- ¿Recibieron alguna carta antes de la reacción de su marido?
- ¿A qué se refiere?
- Una carta enviada por algún familiar o amigo.
- Nadie escribe cartas en estos tiempos.
- ¿Y una tarjeta de felicitación, una postal?

La mujer se quedó pensando, yo había dado en el clavo.


- En Navidad, poco antes de... - la mujer desapareció de pronto, la oí como buscaba algo en los cajones. Al poco volvió.

- ¿Esto?

Me pasó una felicitación de navidad, la típica escena navideña de un árbol de navidad y unos niños cerca jugando con un trineo mientras cae la nieve. La leí y entonces comprendí todo.



"Te deseo a ti y a los tuyos una feliz Navidad y un próspero año nuevo. Tu amigo Martín"

Fiel

En aquella cama sólo había espacio para el amor con el que cubría a su pequeña en un abrazo protector. Antes aprovechaba ese momento para intentar  volar, luchaba por despegarse del mundo terrenal y ver el mundo desde otra perspectiva. Las pocas veces que lo consiguió, su mente dibujó mundos imaginarios con trazo grueso, pensando que ya habría tiempo para definirlos con precisión más tarde, aunque "más tarde" no llegaba jamás. Con suerte un par de ideas se salvaron de consumirse en el fuego del olvido. La mayoría de las veces, lo que en un principio le parecían argumentos geniales acababa rechazándolos desesperado por su incapacidad para darles vida, o porque finalmente no eran más que porquería vulgar y corriente.
Tardó en darse cuenta que lo que realmente valía la pena era vivir esos momentos. Sentir la respiración de aquella naricita, su pecho subiendo y bajando, el movimiento nervioso y a veces espamódico de las manitas, los rápidos latidos de aquel corazón que aún tenía que crecer considerablemente. Y el calor, sobretodo sentir el calor que emanaba de aquel cuerpecito. Finalmente, un día fue consciente de que pronto todo aquello pasaría y que era necesario guardarlo a buen recaudo en el rinconcito para las nostalgias que todos disponemos en nuestra memoria.

Algún día, con un poco de suerte, recordaría con alegría aquel amor que ella le había jurado eternamente. Seguramente de él dependería que ella mantuviera su promesa, pues la fidelidad no es un derecho si no un mérito.

divendres, 6 de febrer de 2015

Piel

- Perdóname, tienes razón. Sólo que ...
- Sólo que tú pensabas que con el tiempo cambiaría de parecer, ¿verdad?
- Sí.
- Sabes que... Deberías saber que... ¡Tendrías que saberlo!
- ¡Sí, lo sé! ¡Pero yo también tengo derecho a tener ilusiones! ¿O no? Durante años he sido paciente, esperando que llegara el momento en que me dijeras que estabas preparado.
- ¡No es justo! Te avisé antes de que habláramos tan siquiera de matrimonio, te pregunté si podrías vivir con ello. Sabías que nunca podríamos tener hijos.
- Pensé que nunca sería unos años.
- ¡Nunca es nunca! ¿Lo entiendes? ¡Nunca!
- ¡No me grites así! ¡No me lo merezco!

Silencio.

- Perdona.
- ¿Te vas ya?
- Tengo que volver al trabajo.
- Es en lo único en lo que piensas.
- No es cierto. Sabes que no es cierto.
- Te quiero...
- Y yo a ti.
- ..pero no sé si podré soportarlo. Lo tienes que entender.
- Lo entiendo. Aún eres joven.
- ¿No lucharás por nuestro amor?
- Sí. Te quiero.
- ¿Por qué no quieres tener hijos?
- Tengo que marchar.
- ¿Es porque eres policía? ¿Tienes miedo de lo que te pueda pasar?
- No es eso.
- No sé que trabajo haces allí, no sé lo peligroso que es, nunca me lo dices. Pero sea lo que sea, no podemos vivir siempre con miedo al futuro.
- Es más complicado que eso.
- ¿Por qué más complicado?
- Ahora no puedo...
- ¿Por qué más complicado?
- ... tengo que marchar.
- ¿Por qué?

Se fue sin mirar atrás, dejándola sola y hundida. Pero él no sintió pena. Le había dicho que él no quería tener hijos, que no podía. Ella le preguntó por qué, pero él no se lo quiso decir. La verdad era demasiado dolorosa, a menudo ni él mismo era capaz de soportarla. Alguna vez llegó a presionar el cañón de su arma reglamentaria contra la sien, pero en el último momento no se atrevía a poner fin al sufrimiento por ella, porque no tenía ninguna culpa. El problema no era su mujer, sino su trabajo.

Llegó a las oficinas del departamento de policía, cruzó los largos pasillos y bajó dos plantas bajo tierra para adentrarse en aquel bunker que era su casa. En la sala había tres ordenadores, dos compañeros más miraban en silencio las pantallas con gesto adusto, concentrados en lo que observaban. Él se sentó en su asiento, conectó su pc y entró en la aplicación que presentaba las imágenes con las que trabajaba. Se mostraban las fotos y videos, con los datos referentes a su envío: correos electrónicos, servidores, usuarios y redes sociales. Cinco años llevaba mirando día tras día esas imágenes, intentando descubrir quién estaba detrás de cada una de ellas. Curas, profesores, informáticos, famosos, incluso mujeres, aquellas que se supone que deberían ser más sensibles a todo aquel material, ni siquiera ellas se libraban. Ningún grupo social se libraba de la enfermedad del mal. Cualquiera podía ser culpable de traficar con las imágenes de niños y niñas vejados. Y él los hubiera matado, sin pestañear. Esas bestias le habían convertido en lo que era, en una persona que no creía en el futuro, con la piel dura como el cemento, incapaz de sentir piedad por aquellos criminales que escondían su perversión bajo máscaras de seres amables, a menudo queridos y admirados por la comunidad.
Pero a ella nunca le había confesado su verdadero trabajo, hubiese tenido que hablar de todo eso, vomitar toda la mierda que se veía obligado a ver; que él mismo se obligaba a ver, porque necesitaba descubrir a esos malnacidos, no podía dejar de hacerlo, no, nunca. En eso consistía su vida: soportar tanto sufrimiento por la necesidad de hacer justicia.

dilluns, 2 de febrer de 2015

Ensayo sobre la sordera

"¿Me estás escuchando?" La puerta se cerró de un portazo, fue la única respuesta que obtuvo Miguel por parte de su hijo. Cada día lo mismo, era como hablar con una pared. Pero, para sorpresa de Miguel, ese no iba a ser el único muro con el que debería enfrentarse durante todo aquel día. Ni mucho menos.
Cuando salía del edificio, en la portería se cruzó con un vecino, "Buenos días", pero el saludo de Miguel no recibió respuesta, "No me habrá oído" pensó.  Pero no era excusa, el hombre al entrar le había mirado de tal manera que rallaba lo impertinente, y cuando Miguel saludó, siguió mirándole sin ni siquiera separar los labios en un amago de respuesta. "Gilipollas como éste abundan en todas las escaleras".
Cogió el metro y a la hora de salir del vagón una mujer le interceptaba el paso. "Perdone" dijo, pero ella ni se inmutó. "Otra sorda y ya van tres, menuda mañanita llevo". Finalmente tuvo que empujarla para poder salir, a la altura de las puertas notó que alguien le ponía la zancadilla por detrás. Trastabilló pero consiguió mantener el equilibrio. Cuando se giró ya se habían cerrado las puertas, a través de los cristales sucios observó con terror la mirada de odio que la mujer le lanzaba. "Seguro que me ha echado una maldición". El convoy se marchó pero él aún notaba aquellos ojos llenos de rabia sobre él.  Corrió hacia las escaleras mecánicas para evitar que el metro pudiera regresar y la vieja bruja le encontrara aún allí. 
Ya en la oficina, llegó hasta su puesto de trabajo saludando a diestro y siniestro, "Buenos días, buenos días, buenos días,..." Nadie le contestó y a punto estuvo de gritar "BUEEEENOS DIAAAAS" pero se contuvo a tiempo, consciente de que tal imprudencia le podía costar el empleo.  Más tarde se acercó a la máquina del café a sacar un cortado. Allí varios compañeros discutían de política, intentado gritar cada uno más que el resto , haciendo oídos sordos a las demás opiniones, en un pandemonium colosal que invitaba a escapar tan rápido como fuera posible para evitar perder el juicio. Miguel se fue sin su cortado, ya no le apetecía.
"Martínez, hoy deberíamos entregar el memorándum que te pedí ayer", "¿Hoy? Pero si no tenemos ni la mitad de los datos que se necesita para cumplimentarlo". El jefe ya se había marchado con su taza de café, dándole la espalda a Miguel, "otro sordo más"  pensó de nuevo. Ese trabajo inesperado le comportó un par de horas extras de trabajo.
De vuelta a casa, con el alma por los suelos, de nuevo subió al metro y allí se encontró con un conocido del barrio, "Vaya día de locos que llevo" - le explicaba el otro. - "Esto no hay quien lo soporte, hace una hora que debería haber salido del trabajo..." "Y yo dos" le comentó Miguel, pero el otro no le escuchaba, continuaba su discurso como si hablase para sí mismo. 

Y en ese momento Miguel ya no pudo más y se sumergió en su propio interior. Y pensó "¿Qué le pasa a todo el mundo? ¿Acaso hay una epidemia de sordera?¿Es que ya nadie escucha a los demás?".
Mientras tanto, alguien en el vagón gritó "¡Me están robando, socorro!", dos chorizos le estaban quitando la cartera y el móvil a punta de navaja. Los gritos de la víctima rompieron la calma del convoy, pero nadie parecía oirlos, nadie miraba hacia aquel hombre, hacia sus agresores. Ni siquiera Miguel, él también había sido contagiado.

diumenge, 1 de febrer de 2015

Miel


Ella miraba a través del cristal del autobús, pensando en vete a saber qué; mientras, yo le observaba. Hubiese pagado por conocer los derroteros por los que aquella pequeña mente divagaba en aquellos momentos. Su boca, sellada por los preciosos labios, sus manitas totalmente quietas sobre las piernas, sentada en su asiento, tranquila. Y esos ojos color miel que de pronto amagan con cerrarse. “Se está durmiendo” comprendí. La llamé por su nombre, suavemente, ella se giró y me miró, de nuevo sus ojos captaron mi atención. Preciosos, cansados, suplicaban poder cerrarse y dormir plácidamente. No era posible, nos quedaba poco para llegar a la parada y no podía dejar que se durmiera. "Aguanta un poquito, amor", le dije, y ella me ofreció una mirada resignada. 
Y esos ojos, de repente, me hicieron víctima de una epifanía; viajé a un día futuro, cuando ella irá en el autobús con otras personas, amigas, amigos, su nuevo amor. E incluso ahora me duele el corazón al recordar ese momento, la certeza de que seguramente no seré testigo de los momentos más especiales de la vida de mi hija. Ella me dejará al margen, porque así es la vida. 
Durante años sus padres seremos su referente, pero un día no muy lejano ella volará y nos quedaremos en tierra, esperando que el viento nos la devuelva para que pueda compartir con nosotros sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, y ofrecernos cuando necesite un abrazo.

Y en aquel momento no pude resistirme y la abracé mientras le besaba la cabeza, la hubiese estrujado contra mi pecho deseando protegerla con todas mis fuerzas. Ella se durmió y así continuó, entre mis brazos, cuando bajamos del autobús.

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