dijous, 31 de desembre de 2015

Tic tac

Regresaba a casa con la última compra para la cena de fin de año, una botella de buena cerveza comprada en el Flor de Llúpol. Evitaba caminar por la concurrida calle principal del barrio, impracticable a estas horas de la tarde. Sin embargo, la calle por la que transitaba estaba completamente solitaria...¿Solitaria? ¿Sí? ¿Seguro? De pronto un gigante que parecía salido de otra época, con gabardina negra y sombrero vaquero también negro se puso a mi lado. Yo en un principio no me dí por aludido, hasta que después de un par minutos caminando juntos me detuve. Él también. Antes de que yo pudiera preguntarle a qué narices jugaba él se me adelantó. Se levantó la manga de la gabardina y me enseñó el tatuaje en su muñeca: un reloj. Sus agujas, tatuadas, se movían sobre la piel. Si esa imagen me había dejado helado, su voz de metal oxidado me llevó a un estado de ultracongelación, parecía la voz de decenas de almas torturadas en el averno. Aquel coro infernal me susurró lo siguiente:
"Las agujas se mueven a la velocidad con la que cae el hacha sobre el cuello del condenado. Recorren implacables el camino que nos conducirá hasta la medianoche.
Otro año más se nos va, una nueva hoja que cae del roble de la vida. Debería ser ciego para no ver que el árbol comienza a quedarse pelado, eso debe significar que llega el otoño. Personalmente me gusta el otoño, es mi estación favorita aunque la mayoría prefieran la primavera o el verano. En el otoño nos damos cuenta de que el invierno se aproxima, que debemos aprovechar las horas de luz que cada vez son menos, antes de que la oscuridad y el frío nos envuelvan. Es el momento preferido para vivir la naturaleza, cuando esta nos parece más bella pues reúne todos los colores que ha ido acumulando en las anteriores estaciones: verde, amarillo, naranja...rojo. No te preocupes por la primavera ni el verano, no te preocupes del invierno. Vive el otoño, disfruta de cada una de esas hojas que caen de tu calendario. Porque las agujas seguirán desplazándose otro año más y en breve volverás a vivir una nueva Nochevieja. Y recuerda, naciste para perder pero vives para ganar."

Las voces callaron al unísono, el gigante se bajó la manga de la gabardina ocultando aquel tatuaje mágico. Me dedicó un rápido saludo con su sombrero de cowboy y se marchó en sentido contrario al mío. Giró por la primera esquina que se encontró y ya no volví a verle.

Llegué a casa completamente embobado, aún en estado de shock tras aquel encuentro místico.

- ¿Has traído la cerveza? - me preguntó mi mujer.
- ¿Eh? Sí, claro.
- ¿Cuál has comprado?
- Pues una IPA, Mortal-Ale se llama.

"Mortal-Ale, Mortal-Ale". ¿Tendría que ver algo aquella cerveza con mi alucinación?

- ¡Pero, si está vacía!
- ¿El qué?
- ¿Qué va a ser? ¡La botella de cerveza! ¡Y es una Xibeca!
- ¡La alucinación! ¡Aquel tipo!

En un bar cercano entró el gigante de la gabardina y el sombrero. Otros dos le saludaron desde la barra.

- ¡Ey, Lemmy! ¿Qué tal va la tarde?
- ¡De puta madre! - El hombre se quitaba el sombrero y la gabardina. - Acabo de dar un susto de muerte a un pringado. Se ha quedado tan acojonado que le he hecho el cambiazo de la litrona. ¡Mirad que botella más chula le he trincado!
- ¿No le habrás puesto tu voz infernal? ¿Aún cuela ese truco?
- Nunca falla. Y si además les enseño mi reloj transparente se quedan pillaos.
- ¡Qué cabron eres Lemmy! ¡Jajaja!
- ¡Venga, os invito a un trago! ¡Por los Motorhead!
- ¡Por los Motorhead!

dimecres, 23 de desembre de 2015

Se busca Navidad


No parece Navidad.
Sí, la gente compra, pero no soy consciente de observar en las tiendas las colas que antaño se hacían para comprar jamón, gambas o turrones. Incluso ha pasado el día del sorteo del Gordo sin pena ni gloria, en los informativos este año la noticia ha quedado en un segundo plano detrás de la política. En la calle se escucha más hablar de elecciones que de vacaciones.
Supongo que también pesa el ambiente frío de mi oficina, un lugar donde apenas conozco el nombre de la mitad de mis compañeros, donde los jefes desaparecen de vacaciones sin avisar, sin decir ni siquiera felices fiestas. Por no hablar del lote que desapareció hace tres años de nuestras vidas, o de la cena de empresa que jamás sucedió. ¿Cómo lo véis? ¿Os parece normal? Si vuestra respuesta es afirmativa entonces nada que objetar, el raro soy yo. 
Ni siquiera el tiempo es el típico de Navidad. El Niño o lo que sea, se ha cargado el frío y nos lo ha cambiado por niebla y contaminación. No nos queda ni tan solo la ilusión porque este año nos pueda visitar la nieve, ya de por sí difícil de ver en la gran ciudad.

Me invadía una sensación de Navidades interruptus mientras caminaba por las calles de mi barrio respirando el plomo de la viciada atmósfera, escuchando a la gente hablar de pactos postelectorales, viendo la charcutería vacía. De repente noté que alguien había introducido su mano en uno de los bolsillos traseros de mis pantalones. Me giré rápido y vi a un niño que me miraba con los ojos muy abiertos, asustado. El chaval salió corriendo y tras un momento de duda yo eché también a correr detrás de él. No me costó mucho darle alcance, le agarré de la chaqueta, se la intentó quitar pero yo le hice un abrazo de oso y ambos caímos al suelo. Milagrosamente el pedazo de suelo sobre el que nos tiramos no estaba manchado por ninguna "caquita" o meado de perro. "Suéltame" me dijo mientras yo lo levantaba del suelo.

- ¿Qué estabas haciendo?
- ¿Tú que crees?
- Sí, ya lo he visto, me intentabas robar, ¿por qué?
- Si te lo cuento no me vas a creer.
- Prueba.

Y entonces aquel chico escuálido de piel morena me confesó que era Santa Claus, que aquel año se había quedado sin blanca y no había tenido más remedio que robar para comprar los regalos que luego iba a repartir sin ayuda de los renos (porque los había vendido por wallapop para pagar las deudas, al igual que el trineo mágico). Me dijo que había intentado de todo antes de ponerse a robar: buscar micromecenazgos, que si crowdfunding, que si créditos bancarios a intereses inmorales, pedir en el metro, pedir de rodillas a la puerta de un Mercadona...

- No te puedes imaginar como es la gente de cruel.
- ¿Te llegaron a agredir?
- ¡Qué va! ¡Mucho peor! Me ignoraron por completo. ¿Tú sabes lo duro que es reconocer las caras de las personas que te dejan cada año una copita de cava junto a los calcetines para agradecerte los regalos y que ahora ni siquiera te miran? La rabia es lo que me llevó a robar.
- ¿Y por qué no abandonaste el tema de los regalos?
- ¿Qué quieres decir?
- Si este año no tienes para regalar pues no regales nada.
- ¿Estás loco? No puedo hacer eso.
- Pero si es lo que la gente se ha buscado.
- ¡No lo hago por la gente! ¡Lo hago por mí! ¡Por mi fama! Yo soy Santa Claus, el afable anciano que cada año en Navidad reparte regalos por todo el mundo.
- ¿Y cómo es que eres un niño?
- Bueno, realmente soy así, una especie de Peter Pan. Lo que pasa es que las multinacionales prefieren la imagen del abuelo rechoncho con barba blanca vestido de rojo. Vende más.
- Es decir, que si no consigues el dinero no hay regalos, ¿no?
- Así es.

El chico me miró con cara de poker, yo sabía que mentía pero se había currado una historia tan graciosa que no pude más que abrir mi cartera y darle veinte euros. ¡Veinte euros! Todo porque no tenía un billete más pequeño en la cartera y no me podía echar atrás, el chico ya había puesto la mano para recoger aquel suculento aguinaldo. Mientras le daba el billete me sentí realmente gilipollas. Pensé en voz alta mi última reflexión "En fin, es Navidad". El chico me dio las gracias y comenzó a caminar rápido, yo imaginaba que era por si acaso yo me arrepentía de mi estupidez.

- ¡Espero que con lo que te he dado me traigas un buen regalo este año!

El niño se detuvo en seco. Se giró y me dijo lo siguiente, con una voz profunda que parecía imposible que pudiese surgir de su joven persona:

- Puede que seas de los que creen que la Navidad es tan solo una fecha del calendario, un festivo en el que toca comer en familia, ofrecer y recibir regalos. Puede ser que cuando te vayas a dormir el veinticinco pienses que ese día ya no se repetirá hasta dentro de un año. El caso es que algunos vivimos la Navidad cada día y es por eso que tenemos espíritu navideño. No culpes a los demás si no eres capaz de encontrar la Navidad, búscala en tu corazón y si la descubres serás feliz. Ya tienes mi regalo de este año.

Y el muy canalla escapó.

¡Feliz Navidad a todos!

diumenge, 20 de desembre de 2015

Le Bar à Vins


En la calle Vintró, a las puertas del Mercat de Sant Andreu, hay un local muy pequeñito que puede pasar desapercibido si andas despistado observando el arco del Mercat o vigilando de no resbalar caminando sobre los adoquines.
Sin embargo, puede que algún atardecer que pasees solo por allí te tropieces con una niña que corra por esos mismos adoquines sin miedo a caerse, se pare delante de una puerta que jamás habías visto y mire a través del cristal. Entonces te darás cuenta por primera vez de que ahí hay un bar, pero no uno cualquiera. En su rótulo indica "Le Bar à Vins". Cuando veas a la niña abrir la puerta y entrar, la curiosidad podrá contigo y también te introducirás en ese pequeño mundo aparte. Te encontrarás con una chica alta que sale corriendo de detrás de la barra para levantar a la pequeña y abrazarla, primero pensarás que son madre e hija, hasta que caigas que detrás tuyo entra una pareja, los verdaderos padres, que saludan efusivamente a la chica y a su compañero detrás de la barra. Oirás sus nombres, Bruno y Atena, que la niña repite sin cesar. Sí, su acento y el nombre del local los delata, son franceses, más tarde te dirán ellos mismos que son "parisiens". Y cuando salgas pensarás que estabas equivocado, tú, que siempre habías pensado que los franceses, y en especial los parisinos, eran
...bueno, dejémoslo ahí, todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
El caso es que Bruno y Atena te demostrarán que son perfectos anfitriones en su local lleno de buenos vinos y sabrosas tapas. Al principio pensarás en tomar nada más una copa de merlot, máximo dos. Acabarás compartiendo después una botella de Corto con unos amigos que de repente entrarán y que casualmente conocían ya aquel local y no te lo habían comentado antes.
Observarás aquella niña, Laia, siempre detrás de Atena, abrazándola, incluso bailando con ella. Para ella no hay vino, claro, aún le faltan unos cuantos años hasta que pueda disfrutar del purpureo elixir de los dioses. Se ha de conformar con un vaso de leche y unos trozos de pan caliente que se ve que a ella le encantan. Tú disfrutarás de una exquisita quiche, o una densa tartiflette au reblochon, tal vez de una tabla de quesos. Y un par de horas más tarde abandonarás Le Bar à Vins en un estado de euforia onírica inducida por el vino, la noche y las tenues luces ambarinas de la calle Vintró. Te parecerá que el mismo dios Baco te agarra para evitar que te caigas. Y aún no habrás girado la esquina con la calle Pons i Gallarza que ya tendrás ganas de volver lo más pronto posible, mañana mismo, a ese rincón parisino en pleno corazón de Sant Andreu. 


divendres, 18 de desembre de 2015

Reflexiones sobre cómo decorar la Moncloa

Hace cuatro años cambió la decoración de la casa del presidente del gobierno, que no se había actualizado desde el 2004. La pintura roja desconchada se eliminó y se sustituyó por un tono azul celeste.  La pintura no fue lo único que cambió en aquella casa. Tras la llegada de los nuevos inquilinos,  hasta los desayunos cambiaron sustancialmente: zumo y cereales dieron paso a huevos fritos y café con leche. Razón y Marca lo acompañaban, mientras El País sólo servía para cubrir los suelos mojados. Y aunque la contundente música de Brutal Truth abandonó la casa, esta no quedó en silencio; por esa misma puerta por la que había marchado siete años antes, volvía a entrar triunfal y victorioso el gran Julio Iglesias.,,y con él volvía el orden a la Moncloa.
Mas de nuevo el tiempo y la democracia nos abocan estos días a un nuevo ciclo legislativo y los españoles debemos elegir otra vez el color que ha de decorar la Moncloa. ¿Azul, rojo, morado, naranja, verde? Minutos antes de que termine la campaña electoral me gustaría proporcionaros una guía que pueda ayudaros a escoger el color que más se ajuste a vuestra personalidad.

Por ejemplo, puede que ya os vaya bien mantener el color azul y no os importe que en algunos puntos de la pared se levante un poco la pintura por culpa de la humedad, la corrupción, la ética, la precariedad laboral, el empobrecimiento de la clase media, la falta de diálogo, la ley mordaza, el ataque continuado a la cultura y a la diversidad cultural o por tener a un presidente que parece un poco cortito y que hace el ridículo dentro y fuera de nuestras fronteras. A cambio, os puede compensar el crecimiento económico (a pesar del déficit que nos hipotecará durante generaciones), o que ya estemos saliendo de la crisis (aunque el paro sigue por encima del 20% y la población activa ha bajado), o que combata la inseguridad y el terrorismo como nadie (a pesar de que un pobre desgraciado es capaz de agredir al presidente en plena calle en las narices de sus guardaespaldas), o que también sea el adalid de la unidad nacional (a pesar de ser la causa de que un cinco por ciento de la población quiera separarse de España). Pues bien, si todo esto ya te va bien, el azul es tu color.

En cambio, también puede que te guste volver al rojo desconchado, aquel que cuando lo pintaron hace más de once años quedaba muy bonito pero cada día que pasaba se volvía más oscuro hasta tomar una tonalidad muy azulada, tanto que al final ya dudabas de si ese rojo sucio no sería en realidad más azul que el mismo azul, al menos en algunas paredes. Estos días se nos vuelve a presentar un rojo puro, tan brillante que parece falso, falso de cojones. Si te gusta el rojo pues muy bien, pero ten en cuenta que este rojo es pintura de mala calidad, que a las primeras de cambio se va a oscurecer de nuevo. Han cambiado el bote de pintura, pero esta es la misma que hace treinta años, la que siempre se pudre.

Sin embargo, parece que el color de moda es el naranja. Ojo, que el naranja ha sido elegido últimamente por muchas empresas para dar una imagen moderna, emprendedora, aunque al final la imagen ocultaba las mismas empresas vulgares de siempre. Es un color que parece muy bonito, revitalizador, pero que una vez pintado en tu pared se descolora en poco tiempo, y ese color revitalizante toma un tono enfermizo. Así que puede que te guste el color naranja, pero quizás no te guste como queda ese color en las paredes de la casa, y cuando te des cuenta será demasiado tarde para cambiar. Te tocará esperar cuatro años hasta volver al azul, que en realidad es el color que te gusta aunque ahora estés cansado de él.

Otro color que las últimas temporadas ha estado de moda ha sido el morado, un color agradable, vistoso, romántico. El perfecto para mentes idealistas, desengañadas del rojo pasional. Pero también hay que tener cuidado porque el morado a veces es sinónimo de hematoma, hemorragia interna peligrosa para la salud. Este año, de todos modos, parece que no se lleva tanto y ha quedado un poco relegado por el naranja. Aunque debo apuntar que morado y naranja, colores ambos nuevos, son muy diferentes, así que no se debería tener dudas en escoger entre morado y naranja, quien las tenga mejor que no escoja color y el domingo se quede en casa alegando empanada mental.

Y por último está el verde, el color de la esperanza, pero... ¿esperanza de qué? Los que apuestan por este color suelen ser incomprendidos de la sociedad, gente rara a la que no me extrañaría que el domingo que viene les dejen sin pintura, y si quieren ya escogerán el bote morado. En caso contrario ajo y agua. No vale la pena dedicarles más lineas.

Estos son los cinco colores entre los que habrá que elegir pintar la Moncloa este domingo. Por supuesto hay más colores, aunque algunos son más para alguna habitación que contraste con el tono general de la casa, colores que casan difícilmente con estos cinco. En vuestras manos queda decidir la decoración de la Moncloa para los próximos cuatro años. 


dijous, 17 de desembre de 2015

Reeducación medioambiental

El agua cae a raudales a través del grifo abierto.
 - ¿Hoy es cuando tenías excursión con el colegio?
El hombre se pasa la cuchilla por la cara, dejando un surco limpio de jabón en su mejilla izquierda.
- Sí.
El chico está parado en la puerta del lavabo, observando el agua del grifo caer sin parar.
- ¿Dónde vais?
- A una charla sobre cómo proteger el medio ambiente.
El hombre limpia bajo el grifo la cuchilla llena de jabón y pelo. Ahora le toca a la otra mejilla.
- ¿Y qué pasa con el otro medio? ¿Qué le jodan?
- ¿Eh?
El chico desvía por un momento la mirada del grifo hacia su padre.
- ¡Jajajaja! ¡Era una broma!
- Sí.
La mirada vuelve a ese grifo por el que continúa fluyendo el agua.
- Vaya forma de perder el tiempo.
El chico calla. Sigue mirando el río que desaparece por el desagüe, un Guadiana en miniatura.
- ¿Te acerco en coche?
El hombre vuelve a remojar la cuchilla. Solo le queda afeitarse el bigote.
- No te preocupes, iré en bicicleta.
- No es molestia, te llevo. Total, la gasolina me la paga la empresa.
Finalmente se lava la cara con abundante agua. El chico piensa que con toda el agua que ha gastado para afeitarse podría haber llenado tres bañeras.
- Vamos a desayunar.
El hombre aparta al chico y se dirige a la cocina.
- Ahora voy.
El chico apaga la luz del lavabo, esa luz que su padre siempre olvida apagar.
- Hace frío esta mañana.
Mientras lo dice, el hombre se para a poner una temperatura de 25 grados en el climatizador de la vivienda.
- Yo no tengo frío, dice el chico.
- Pues yo sí.
El chico piensa que es lógico. Su padre va en camiseta de tirantes por la casa, en pleno mes de diciembre. Sin que su padre se de cuenta, vuelve a bajar la temperatura del climatizador a los 22 grados. Luego entra en la cocina donde su padre acaba de sacar varias cosas de la nevera, que queda abierta esperando que alguien tenga la bondad de cerrarla. Otra vez le toca a él cerrarla.
- Mira que hace tiempo que dicen que se está destruyendo la capa de ozono y chorradas de ese tipo. También decían que se iba a acabar el petroleo y mira, no parece que los árabes estén demasiado preocupados, ¿verdad? Si lo estuvieran no estarían comprando equipos de fútbol y gastándose un pastón en jugadores.
El chico sabe que no vale la pena discutir con su padre, ¿de qué serviría intentar hacerle comprender que vamos hacia un callejón sin salida? Ese hombre jamás entenderá que debemos comenzar por los pequeños cambios en nuestro día a día para ralentizar la destrucción de la naturaleza, de nuestro entorno, de nuestra vida. Y que únicamente con esa base podremos presionar a los gobiernos hasta obligarlos a dejar de favorecer a decenas de empresas que siguen enriqueciéndose gracias a hipotecar el futuro de la humanidad. Seguramente su padre le daría la razón en el tema de los gobiernos, pero sería incapaz de reconocer que él debería ser el primero en cambiar, en reeducarse medioambientalmente.
Todo eso piensa el chico mientras desayuna y luego recoge los platos tirando los desechos allá donde les toca (el padre los hubiese tirado todos al mismo cubo). Y mientras su padre conduce, él sigue pensando en toda la gente que será igual que su padre, en todos aquellos que jamás permitirán que el planeta se cure porque no les interesa, porque son incapaces de ver más allá de sus narices.
- Bueno, ya hemos llegado.
El chico se quita el cinturón de seguridad y abre la puerta del vehículo.
- ¿Sabes? Hace años yo también iba a esta escuela y, de hecho, también una vez fui a una charla sobre el medio ambiente. Solo recuerdo que fue un rollo.
- Adiós, papá.
- Adiós, chico. ¡No te aburras demasiado y no te duermas!
El chico cierra la puerta y espera a ver marchar el coche de su padre. Después mira a la puerta del colegio y piensa "él también fue a una charla igual en este colegio". 

Por fin se pone a andar, pero en sentido contrario al colegio.

dimecres, 2 de desembre de 2015

Vint anys


Es van trobar caminant en direccions oposades. Van parlar però sense aturar-se i tots dos s'allunyaren definitivament, semblava. 

Set setmanes després, inexplicablement, els seus camins es van tornar a creuar i aquest cop el destí va fer mans i mànegues per què no tornessin a separar-se. Ballaren la balada més estranya abraçats com a enamorats, després arribà el primer petó, el de Pallars. I aquí van començar a comptar.

Cinc dies, la primera cita, acompanyats de William Wallace i d'un rellotge de cuc.
Tres setmanes, el primer nadal.
Un mes, els primers reis; la tarda que acompanyats de McOso res va tornar a ser el mateix.
Cinc mesos i el primer viatge a un poble pintoresc d'aigües termals i voltors voltant pel cel sense descans.
Al mig any anaven junts a la facultat; matemàtiques i poesia mai van barrejar-se tan bé.
Als vuit mesos ell li va regalar una cançó a la plaça del poble més fred del món. I el Cadillac mai va tornar a ser solitari.
I als divuit mesos van entrar dins del tunel agafats de la mà.
I mesos després van sortir, més forts, més il·lusionats.
Passaren els anys, els amics, els estudis, els problemes. Festes per a recordar-se a ells mateixos que encara eren joves. Algunes discussions (no gaires) per a no oblidar que les roses també tenen espines.
El poble pintoresc va donar a pas a d'altres molt més lluny. Escòcia, Irlanda, França, Itàlia, els Balcans, Tailàndia, Noruega, Japó, Turquia. Van recórrer milers de quilòmetres agafats de la mà, recopilant records que guardaran per sempre.
Un dia van decidir que ja era hora de viure junts, acabar amb les separacions de matinada, començar a dormir totes les nits al mateix llit. I després de deu anys i mig, van fer el pas, un deu de juny. I poc temps després van marxar a un pis més gran, pensant en el fet que aviat tocaria compartir la casa amb algú molt important.
Però primer va arribar el dia del "Sí, vull", quan el comptador marcava dotze anys, onze mesos i sis dies. Van entrar al jutjat al son d'aquella balada tan estranya que havien ballat plegats el primer cop, abans de començar a comptar.
I finalment aquella persona tan esperada va arribar per a trasbalsar els seus cors i canviar les seves vides per sempre. Quinze anys, deu mesos i quinze dies. Concretament un disset d'octubre. Des d'aleshores, quan la miren a ella veuen el seu amor fet carn. La cosa més maca del món, com maca ha estat la seva vida junts, aquests set mil tres-cents vint-i-cinc dies, vint anys des d'aquell petó al carrer Pallars.

I el comptador seguirà sumant demà per a tots tres.

dilluns, 30 de novembre de 2015

¿Dudas razonables?

- ¿Veis como al final eso de la independencia era un cuento del Mas?
- ¿Por qué lo dices?
- Tanto decir que los españoles no tenemos ni idea, que si Mas solo ha seguido la voluntad del pueblo catalán, bla bla bla, y resulta que ahora los de las CUP os dicen que os apoyarán si soltáis el lastre del Mas y vosotros os negáis; contestáis que el President debe liderar el proceso y que es innegociable. Así que al final Rajoy tenía razón, cargándose políticamente al Mas se carga el proceso.
- Eso es una chorrada. Si Rajoy se carga al Mas lo convertirá en un mártir.
- Quizás por eso queráis mantenerlo, para que en algún momento os pueda servir de mártir.
- Algunos lerdos de Madrid si hubiesen podido ya se lo habrían cargado, de eso no tengas duda. Debe estar inmaculado para que no hayan sacado a la luz ningún trapo sucio.
- O quizás tengan apaños juntos y no puedan sacarlos a la luz porque les salpicaría también. Recuerda que estos antes eran muy amigos. Eso sí, ahora parece que los traidores a Cataluña son los de las CUP.
- Hombre, están torpedeando el proceso que ellos han defendido desde su inicio.
- Yo no lo veo así. Ellos quieren la independencia pero sin firmar un cheque en blanco a su enemigo natural, la burguesía catalana pro-española. Son los únicos fieles a sus ideas. El resto se venderían al diablo por conseguir sus objetivos. De hecho la mayoría ya se han vendido.
- El caso es que se trata de una oportunidad histórica.
- Que casualmente ha coincidido con la mayor crisis en la historia de Convergencia.
- Sea como sea, por primera vez en mucho tiempo Catalunya tiene una oportunidad única para liberarse del yugo español.
- ¿Aunque más de la mitad de los catalanes no lo apoyen?
- ¿Y cómo puedes asegurar que no lo apoyan más de la mitad de los catalanes?
- ¿Cómo puedes asegurar tu que sí lo apoyan?
- Hay mayoría absoluta independentista en el Parlament.
- Eso díselo a los de las CUP. Pero aunque al final llegasen a un acuerdo, ¿crees que Europa aceptará una declaración unilateral de independencia que, en el mejor de los casos, no se sabe si llega a ser aceptada por la mitad de la población? Y más en la situación crítica financiera en la que está Cataluña.
- Situación a la que nos ha llevado el estado español.
- Muchas empresas catalanas han crecido gracias al comercio con el resto de España. Vete a explicarles a ellos ese rollo del victimismo catalán.
- Que algunos se hayan aprovechado de esa situación no significa que en general no nos habría ido mejor en una Catalunya independent.
- Pues la mayoría de empresarios no parecen estar de acuerdo y pasan de la independencia.
- Los empresarios, como la unión europea, son veletas que giran según la dirección del viento. Cuando la Catalunya independent sea un hecho no te preocupes que la aceptarán.
- ¿Eso está en el "full de ruta" de tu "molt honorable"? ¿Crees que lo tiene todo controlado?
- Es una partida de ajedrez y estoy seguro que no se improvisa ningún movimiento.
- ¿Entonces tú crees que los independentistas ya sabían que les iban a intervenir las finanzas?
- Eso ha sido una jugada muy sucia del gobierno español.
- Pero no por eso imprevisible. Así como es de esperar que, en las elecciones generales, el gobierno que salga sea aún más de derechas que el que hay ahora. PP y Ciudadanos juntos. ¿Eso también lo prevén?
- Da igual quien esté en el gobierno español, ninguno de los que optan nos dejará escoger nuestro destino.
- ¿Ves? En eso estoy de acuerdo contigo. Pero cuando se junten estos dos los catalanes vais a flipar.
- ¿Y eso te consuela? Recuerda esto: si Catalunya tose, España se constipa. Aquí vamos a flipar todos por culpa de los intereses políticos de unos y otros.



dimecres, 25 de novembre de 2015

La encuesta


Alberto hace encuestas, o dicho más apropiadamente, estudios de opinión o entrevistas, así es como su jefe le ha indicado que debe presentarse delante de los potenciales encuestados. Lleva medio año haciendo este trabajo y la verdad es que no es tan malo mientras espera acabar su carrera, incluso puede que después, aunque esté trabajando de otra cosa más seria, si necesita dinero, continúe haciendo  entrevistas solo para sacarse un sobresueldo.
Mientras llega ese momento Alberto sale como cada día de la oficina con cara de pocos amigos por culpa de la ruta que le han dado. Siempre son las peores, aquellas donde saben que habrá menos gente en casa y por lo que deberá patearse todo el barrio hasta encontrar diez personas que se adapten al tipo de población que necesita y que además quieran contestar pacientemente su cuestionario de diez minutos y que nunca se acaba antes de treinta. Él observa como la gente a los tres minutos comienzan a perder la paciencia, a los cinco ya dicen que pongas lo que tú quieras y que ellos lo firman. Se les consigue convencer a veces, otras Alberto ya va tan desesperado que se queda solo con los datos de la persona y él mismo rellena las entrevistas de vuelta a casa, de forma completamente fraudulenta. Lo importante es que el validador no le pille.
También como cada día, sabe que le esperan un buen puñado de gente simpática, con un poco de suerte se enamorará de alguna chica que le abra la puerta y responda alegremente a sus preguntas; quizás hasta se enamore un par de veces. Y también le esperan los prepotentes, tanto aquellos que responden los cuestionarios con aires de superioridad, como los que no tienen suficiente con decir “no, gracias, no me interesa su encuesta”, o un “lo siento, tengo el tiempo justo para comer antes de volver al trabajo”, si no que han de intentar humillar al pobre chico, diciendo cosas como “¿pero tú que me quieres vender?, ¿ te crees que soy tonto o qué?”. Como cada día necesitará mucha paciencia para observar como muchos curiosean por la mirilla imaginando que ninguno les ve desde el otro lado de la puerta; a muchos, sobre todo a las señoras mayores, les gusta quedarse un buen rato mirando en esta posición tan incómoda. A menudo Alberto no se puede resistir a insistir con el timbre o con golpecitos en la puerta, solo para tocar las narices, pues sabe que nadie le abrirá, y si le abren solo será para hacerle perder más tiempo y acabar diciendo “No, ya soy mayor para eso”.

Pero jamás pensó encontrarse lo que os cuento a continuación. 
Son las cinco de la tarde de un día laborable, Alberto se encuentra en el barrio de Nou Barris, en Barcelona; va piso por piso llamando al timbre, buscando mujeres para su entrevista. Ya sólo le queda un perfil de ama de casa joven para acabar y volverse a casa. Una puerta abre y aparece una mujer de unos treinta años.

- ¿Si?
- Buenas tardes, trabajo para una empresa nacional de estudios de opinión. ¿Sería tan amable de dedicarme unos minutos para contestar unas preguntas sobre anuncios televisivos?
- ¿Es muy larga?
- No, tranquila, máximo diez minutos.
- ¡Uf!, no tengo tanto tiempo.
- Bien, la puedo intentar hacer en cinco, no se preocupe.
- Está bien, ¿qué quieres preguntarme?
- En primer lugar, ¿cuánto tiempo dedica cada día a ver la televisión?
- Poco.
- ¿Poco quiere decir una hora?
- Sí, una hora más o menos -error del entrevistador, nunca se debe sugerir respuestas al entrevistado.
- Y durante ese tiempo,¿ve los anuncios?
- A veces.
- ¿Le parecen interesantes? ¿Mucho, bastante, suficiente, poco, nada?
- Mmm, bastante.
- Hay alguno que le parezca más interesante que otros?
- No, todos igual.
De fondo se oye una voz de hombre.
- ¡Ángeles! ¿Qué haces tanto rato en la puerta? ¿Quién es?
- Es una encuesta -contesta ella.
- Pues cierra ya que hay trabajo y no tienes tiempo para chorradas.
Ella le pregunta a Alberto si queda mucho. "No, cinco minutos" miente él, preocupado por perder la entrevista. Ella no puede esconder su angustia.

- Me dijiste que serían cinco minutos.
- Perdone, le dije que intentaría hacerla en cinco.
- ¡Ángeles!, ¡Mándalo a la puta mierda!
- Lo siento....
Le cierra la puerta en la cara. Pero Alberto no se lo reprocha, se ha acojonado pues al cerrar la puerta ha visto el miedo en los ojos de la mujer. Da unos cuantos pasos hacia las escaleras y de repente oye al hombre gritando a la mujer:

- ¡Eres una Gilipollas! ¡Abres a cualquiera! Un día de estos te van a violar, y te lo vas a tener bien merecido, ¡por subnormal!
A ella no se le oye. Alberto no quiere escuchar más y baja las escaleras tan rápido como puede. Por hoy ya hay suficiente.
Los insultos de aquel malnacido hacia su mujer no se le van de la cabeza en toda la noche. Se siente avergonzado de no haber vuelto a llamar a la puerta y darle cuatro hostias. Pero, ¿quién es él para meterse en los asuntos de los demás? De todas formas, aquel tío no es nadie para maltratar a otra persona, y menos si ésta es la persona a la que en algún momento amó. 
Al día siguiente, Alberto deja su trabajo. Su jefe se preocupa por él, si se trata de problemas personales o es una cuestión de dinero, y Alberto miente :

- Este semestre tengo unas asignaturas muy chungas y no puedo dedicarme a las encues...entrevistas.
Dos días después del incidente, Alberto se pasea por los alrededores del edificio. Espera volver a ver aquella mujer, preguntarle si puede hacer algo por ella, decirle que le ayudará en lo que necesite. Aquel día no la ve, pero al día siguiente vuelve y esta vez si la ve, pero cuando se quiere acercar no se ve con coraje para decirle nada. Ya no volverá nunca más, la cobardía le puede.
Un año después, mirando el diario, lee una noticia que le hiela la sangre:
Mujer muerta en Nou Barris. Cayó desde un sexto piso. Su marido ha sido arrestado bajo la sospecha de homicidio.
No salen fotos, no salen nombres ni direcciones. Alberto intenta recordar si aquella mujer vivía en un sexto y se dice a sí mismo que no, que era un quinto..¿o un séptimo?

Una lágrima resbala por su mejilla.

dilluns, 23 de novembre de 2015

Onanismo competitivo

- Cariño, ¿nos vamos ya a dormir?

A ella le parecía raro que su marido aún no hubiese dicho nada. No había noche en que él no le interrumpiera en medio de su reality favorito para invitarle a irse juntos a la cama. Ella siempre le pedía cinco minutos más, y él se comenzaba a quejar de que si tenía mucho sueño, de que cada día se levantaba muy pronto, y a ella no le quedaba más remedio que claudicar, apagar la televisión e irse con él a dormir.
Sin embargo, esta noche él no ha dicho ni pío, y por primera vez, que ella recuerde, ha sido ella quien, rendida de sueño, ha lanzado la pregunta. Pero lo que más le ha sorprendido es la respuesta:

- Si no te importa me quedaré un ratito más. Hoy no tengo mucho sueño y prefiero ver la televisión antes que no parar de dar vueltas en la cama.

Ella no sabe qué decir. Así que opta por un "No vengas tarde" seguido de un "Buenas noches".

- Buenas noches mi amor - contesta él.

Una hora después, ella sigue despierta en la cama, sin poder dormir pensando en la actitud tan extraña de su marido. Tan sorprendida está que decide ir a ver qué hace en la sala de estar. Se levanta y no sabe si debe hacer ruido para avisar a su marido de que se acerca o si lo mejor es caminar sigilosamente para que él no le vea. Decide hacer lo segundo. Se aproxima a la sala de estar a paso silencioso, la televisión apenas se escucha, sin embargo su marido sí emite ruidos extraños,

"Venga, vamos" "Así, muévete" "Corre, corre, ahora, ¡ahora!"

- ¿Pero qué haces Juanqui?

La escena no es la que ella temía, aún es peor. Su marido está viendo un partido de fútbol, el Clásico, repetido por enésima vez.

- Lo siento mi amor, es superior a mis fuerzas. Necesitaba verlo una vez más.
- Tú estás enfermo.
- ¡No es eso, cariño! Es que ha sido el partido del siglo.

Ella sale de la sala de estar y al momento vuelve. Le lanza la almohada a la cabeza.

- ¡Hoy duermes en el sofá!

Juanqui no le escucha, su mirada está fija en el partido y de su boca salen palabras incoherentes "Neymar de tacón a Iniesta y ..."


dijous, 19 de novembre de 2015

Terror incierto terror certero

El niño apretó la mano de su padre.

- ¿Qué sucede?
- ¿Por qué hay tanta policía, papá? ¿Están buscando a alguien malo?

El hombre observó a su hijo, alrededor del cuello llevaba la bufanda de su equipo. Era la primera vez que iba a ver a su equipo al estadio y encima se trataba del partido más esperado del año. El niño llevaba esperando ese día casi un año entero, desde la última ocasión en el que ambos equipos jugaron en aquel estadio. Entonces, el chaval le preguntó a su padre si podrían ir el año siguiente a ver el partido en el campo. Él le prometió que así sería y desde ese día se preocupó de conseguir las entradas con la suficiente antelación para evitar problemas y no decepcionar a su hijo.Sin embargo, la ilusión por disfrutar ese momento se había vuelto angustia por culpa de los atentados de la semana anterior en París.

- Es por lo de la semana pasada. ¿Te acuerdas?
- Sí. ¿Es que creen que pasará aquí?

A sus ocho años tenía edad para enterarse de estas noticias, aunque seguramente sería incapaz de asimilarlas. ¿Cómo explicarle a un niño hasta donde puede llegar la crueldad del ser humano?

- No, no te preocupes. Aquello fue muy lejos y la policía lo que hace es vigilar para que no pueda pasar aquí.

El niño no preguntó más. Su padre no sabía si lo había convencido con aquella explicación. A él, desde luego, no le convencía. ¿Cómo comprobar cada mochila, cada bolso, cada bocadillo que entra en el estadio? ¿Y si se inmolan en alguna cola de los accesos interiores, justo antes de los controles? ¿Y si alguien con acceso libre al estadio introduce los explosivos? Un trabajador de la limpieza, algún empleado del club o incluso un simple vendedor de refrescos que haya sido adoctrinado por los terroristas. Dicen que la bomba que metieron en el avión ruso iba en una lata de refresco. Lo mirase por donde lo mirase, la vulnerabilidad era total. ¿Cuánto tiempo durará esta locura? pensó. ¿Hasta cuándo desconfiaremos de cualquiera que se encuentre en el asiento contiguo en el estadio de fútbol, en el metro o en el autobús? Ni siquiera podremos ir a cenar o a divertirnos sin pensar que en cualquier momento alguien puede sacar un kalashnikov y comenzar a pegar tiros. ¿Cómo lo hacen en las zonas de guerra para combatir este terror continuo?

La niña apretó la mano de su madre.

- ¿Qué sucede?
- Se acercan muchos aviones.

La mujer miró hacia el cielo y se dio cuenta de que su hija tenía razón.

- Tenemos que escondernos ¡Corre!
- ¿Quienes son, mamá?
- No lo sé, hija. Puede que sea el gobierno, o los rebeldes o los de Estado Islámico. O quien sabe si rusos, americanos o franceses. ¡Da igual! ¡Corre!
- Pero mamá, ¿por qué nos quieren matar?

La mujer dejó de estirar del brazo de su hija, se detuvo un momento y la observó mientras les comenzaba a llegar el sonido de los aviones acercándose. La niña se protegía del frío con la chaqueta que había pertenecido a su hermano mayor y que aún tenía unas cuantas manchas de sangre, el único recuerdo que había quedado de aquel. En sus ojos, rojos de tanto llorar, se reflejaban el cansancio y la incomprensión. El rostro de su hija, con tan solo ocho años, era la viva imagen de la desesperación y el terror.

- No lo sé, cariño. Quizás porque son malos.
- ¿Todos ellos?
- Sí, hija. Todos ellos.

Ambas se abrazaron y lloraron juntas de nuevo mientras las primeras bombas comenzaban a estallar cerca de ellas.

dimarts, 3 de novembre de 2015

La librería a la vuelta de la esquina


Hashtag twitter : #Libreríadelaesquina

Como cada día, el metro esta mañana iba completamente lleno, no cabía ni un alfiler en el caso que alguno hubiese querido desplazarse hasta la sastrería de turno. En momentos como ese uno agradece disponer de un libro digital que le amenice el viaje sin tener que desplegar treinta centímetros de tapas duras ante las narices de unos cuantos compañeros de medio de transporte. Durante un buen rato pude adentrarme en las batallas de Panem entre el distrito trece y el Capitolio. Sin embargo, entre las paradas de Urquinaona y Catalunya, justo cuando el Sinsajo estaba a punto de ser tiroteada, otro libro digital se coló entre mis ojos y el mío propio. Giré mi cabeza y a mi lado, demasiado cerca de mi oreja izquierda, me encontré con el rostro de una bonita mujer de unos cuarenta años que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba perturbando mi mejor momento de la mañana. A punto estaba de decirle algo pero me dio por curiosear la lectura que le mantenía hipnotizada. La primera frase que leí captó mi interés: "Así fue como el Cazador de Lágrimas llegó a la Tierra y desde entonces va sembrando la tristeza allá por donde pasa".
"Perdone" le dije a la mujer. Por supuesto ella no se enteró. "Perdone" insistí. Por fin conseguí que se diera cuenta de que hablaba con ella.
- ¿Sí?
- Me podría decir de qué va el libro que está leyendo.
- ¿Eh? ¡Ah! Pues es de relatos sobre librerías. Cada relato lo escribe un autor diferente. El libro se llama "La librería a la vuelta de la esquina".
- ¿Y qué tal está?
- Pues muy bien, es muy adictivo. Lo comencé ayer por la mañana y ya estoy a punto de acabarlo.
- ¿Y de qué tipo son los relatos? ¿Ficción?
- Ficción, novela negra, humor... Un poco de todo.
- ¿Y de dónde se lo ha bajado?
- Lo he comprado en la tienda de Amazon Kindle, en este enlace.






- Pero es que mi libro electrónico no es Kindle.
- Bueno, se puede bajar la aplicación Kindle para ordenador, móvil o tablet. En tablet y ordenador se lee muy bien y es muy fácil bajarse el libro. La puede bajar aquí.
- ¿Y si lo quiero pirata?
- ¿Se lo va a bajar pirata por menos de dos euros?
- Bueno...
- Si no le importa, me gustaría terminar el relato antes de llegar a Plaza España. Además, también tengo que puntuar el libro cuando lo acabe. Gracias.

La mujer siguió leyendo y por culpa de mi estupidez supina perdí la oportunidad de seguir conversando con ella. "¡Eh, eh! ¡Que estamos aquí!" El sinsajo y el presidente Snow requerían mi atención, me había olvidado por completo de ellos.

Cuando llegué al trabajo, a escondidas de todos, me puse a buscar la sinopsis de "La librería a la vuelta de la esquina". Y esto es lo que encontré:



"Diez autores y once relatos rinden un espléndido homenaje a librerías, libreros, libros y lectores. Policíacas, misteriosas, románticas, fantásticas, realistas... historias extraordinarias con el protagonismo indiscutible de una librería siempre única, como la imaginación de quien la describe y la habita, de quien la dota de personajes y llena sus estantes de libros raros y maravillosos para que el lector se pasee por entre sus prometedores estantes. Por estas páginas transitan encantadoras investigadoras, clásicos que cobran vida, libreros excéntricos, herencias librescas, detectives suspicaces, acertijos de siglos pasados, palabras mágicas que conjuran hechizos olvidados, James Joyce, Hemingway, una dragona y hasta el mismísimo señor de las tinieblas.
Entra, lector, ponte cómodo y respira sin prisas el aroma de la literatura bajo el tenue polvo de sus estantes. Traspasa el umbral de estas librerías, eres más que bienvenido."


Ya me lo he comprado y aprovecho el viaje de camino a casa para comenzar a leerlo en mi móvil. Cuando llegue a casa me lo descargaré en la tablet y también en el pc, pero por ahora es lo que hay. Los dos primeros relatos me han gustado mucho, y estoy seguro que los siguientes no me defraudarán. Dejo para el final a mis amigos Amparo y Max, cruzando la Puerta...






diumenge, 1 de novembre de 2015

Kaiju, la bestia.


31 de octubre, en un lugar cerca de Los Angeles. John corre junto a la bici de su hija. El esfuerzo le vale la pena, observa con orgullo como la pequeña Sammy pedalea manteniendo el equilibrio. Es su primer día con una bicicleta de verdad, sin ruedas laterales, y parece que la niña de cuatro años le ha cogido el truco muy rápido. “Más rápido, papá”, y John comienza a tener problemas para seguir el ritmo. Circulan por una calle peatonal, con casas en un lado y sus jardines en frente. El sol aprieta, aunque estamos ya en otoño. John corre por encima de las hojas caídas de los árboles, su hija las evita torpemente y él lucha por no tropezar con la bicicleta. El sudor cae por su cara “Maldito otoño, ayer frío y hoy calor, cada día diferente al anterior”, pero por otro lado agradece el día tan bonito que hace. Es el día perfecto y John está difrutándolo junto a su hija. 
A miles de quilómetros de allí, al otro lado del océano Pacífico, un anciano se quita el kimono y se arrodilla en frente de su altar a la diosa del Sol, Amaterasu. Akiro, a sus 75 años es uno de los hombres más ricos de Japón. No hay niño en oriente o en occidente que no haya probado alguna vez sus "Kaiju", caramelos que tienen la forma de monstruos gigantes como Godzilla. En Estados Unidos causan furor en Halloween, esta noche se consumirán millones de ellos en el gigante americano. Es curioso cuanto menos que de su mente surgiese la gran idea de comercializar caramelos tan originales cuando en toda su vida, Akiro, únicamente probó un caramelo, cuando tenía cinco años.
“Cariño, ¿qué te parece si descansamos un poco?” John ya no puede más. Echa de menos la forma física que tenía hace tan solo cinco años. En ese tiempo él ha engordado diez kilos y ahora es incapaz de correr más de un par de kilómetros seguidos. Sammy no le escucha, sigue pedaleando y riendo, pedaleando y riendo, cada vez más rápido. “¡No corras tanto, te vas a caer!” pero la niña sigue sin frenar. Se acercan al final de la calle y John realiza un último esfuerzo por alcanzar a su hija.
El anciano rememora aquel día, hace ya setenta años, pero que para él ha quedado marcado en la memoria como el fuego en la madera. Era jueves, y como era agosto él estaba de vacaciones. En aquellos días, todas las mañanas acudía con su abuelo a un parque muy cercano a su casa, en Nagasaki. Pero aquella mañana su abuelo se pasó pronto por su casa para decirle que esta vez no podían ir al parque. Él tenía que ir al ayuntamiento a buscar unos papeles y no podía llevarle. Al ver la cara de su nieto, el hombre sacó un caramelo de su bolsillo y se lo dio. “Toma. Te lo guardaba para tu aniversario, pero creo que hoy te hará más falta. No me gusta verte triste”. El abuelo le puso la condición de que se lo comiera después del almuerzo, no quería que la madre se enfadara con el niño por su culpa. El niño prometió hacerlo así y se guardó el caramelo en el bolsillo.
John se da cuenta de que aún no ha enseñado a su hija a usar los frenos. “¡Sammy, aprieta el freno!”. Le gustaría añadir que lo mejor es que utilice el freno derecho, y que no frene demasiado porque podría perder el equilibrio, pero no tiene tiempo. Por suerte la niña aprende rápido. Frena presionando los dos frenos a la vez, pero sin hacer demasiada fuerza, con lo que consigue mantener el equilibrio el tiempo justo para que su padre le de alcance y aguante la bicicleta. Se quedan a dos metros de la carretera, justo en ese momento les cruza un coche a toda velocidad. “¡Qué suerte hemos tenido!” piensa John. A Sammy se le ha borrado la sonrisa de la cara por culpa del susto. “Tranquila, no ha pasado nada. ¡Y además lo has hecho muy bien! ¡Te has ganado un premio! ¿Qué te apetece?”
Nunca más volvió a ver a su abuelo, nunca más volvió a ver a nadie. La catástrofe le alcanzó en casa mientras ojeaba un cuento sobre un perro llamado Hachiko. El edificio se derrumbó y él se salvó gracias a que era una edificación baja, aunque se quedó ciego. Su madre no tuvo tanta suerte, aún estaba comprando cuando la bomba cayó y la muerte la encontró de camino a casa. Su padre había muerto sirviendo al emperador un par de años antes. Aquel nueve de agosto, Akiro se quedó solo en este mundo, sin poder mirar al futuro. En medio del caos su ceguera pasaba desapercibida, miles de personas vagaban sin rumbo, como él. Durante horas estuvo perdido, hasta que de pronto alguien le cogió la mano y lo llevó a una casa. Le dio un cuenco de sopa y un rincón donde dormir a cubierto. No sabe cuanto tiempo estuvo con aquella extraña, ella nunca le hablaba. Él solo descubrió que era una mujer porque un día ella le guió hasta un hospital y antes de dejarle con las enfermeras le puso algo en sus manos. “Toma, esto es tuyo”. Era el caramelo de su abuelo. “Quien te dio esto seguro que querría que nunca olvidases lo que pasó. Querría que nunca perdonases. Comételo y jura que le vengarás”. Se metió el caramelo en la boca, era lo más dulce que jamás había probado, y también fue lo más amargo que jamás saboreó. 
“¡Un Kaiju, papá! ¡Muchos kaijus!” Es la noche de Halloween y es lógico que Sammy quiera el típico caramelo del “Trick or treat”. John no se lo puede negar a su hija. Coge la bicicleta con una mano y con la otra coge la mano de la pequeña. Se dirigen a la tienda de caramelos del pueblo donde John compra una docena de terroríficos monstruos gigantes nacidos de la imaginación de algún genio demente.

Toma el sake. Por la mente de Akiro se precipitan los recuerdos: el abuelo, el caramelo, Hachiko, la luz cegadora, el trueno, las piedras, la oscuridad, la mano, la voz, el sabor del caramelo. Le internaron en un orfanato donde cada segundo que estuvo recordaba su promesa. Con mucho esfuerzo y la ayuda de su inteligencia innata, salvó el obstáculo de la ceguera y fue logrando un éxito tras otro. Trazó un plan a largo plazo que con tiempo y paciencia fue tomando forma. Sólo faltaba el detonante. Hace pocas semanas le diagnosticaron un cáncer terminal, seguramente provocado por las radiaciones de la explosión. Este va a ser su último Halloween. Ha llegado el momento de la venganza. Durante años estuvo investigando un veneno completamente indetectable, sin olor, sabor ni color. Cuando lo obtuvo, lo fabricó a toneladas y lo almacenó esperando el momento. En cuanto supo la noticia de su enfermedad, ordenó a sus fábricas de caramelos que añadiesen el nuevo componente a los caramelos que iban a exportarse a Estados Unidos. El anciano ciego se convertirá esta noche en el mayor de los monstruos de Halloween. Está a punto de cumplir su promesa de venganza y ya puede descansar. Saca su Tantō de la vaina y se destripa de izquierda a derecha, luego, con un último esfuerzo, empuja la hoja hasta el esternón. Amaretasu es la única testigo de su sacrificio.

“¡Papá!” La voz de Sammy suena débil. John mira el reloj, las dos de la mañana. Se levanta y va a la habitación de su hija. La piel de la pequeña quema literalmente, el sudor baña su cuerpo. John intenta durante horas llamar a urgencias, pero el teléfono comunica todo el tiempo. Ni siquiera puede llegar al coche con la niña en brazos. Los ojos de Sammy, como los de miles de niños americanos esa noche, se cierran para siempre.  

dilluns, 12 d’octubre de 2015

El descubridor

12 de octubre de 1492, en algún lugar del Océano Atlántico.

El almirante Colón está sentado delante del escritorio de su camarote, los codos apoyados en la mesa y las manos sobre la cabeza. Sus ojos sobre el mapa desplegado. Alguien golpea la puerta. Los golpes son enérgicos, carecen del mínimo respeto hacia el almirante. Sin esperar respuesta, don Juan de la Cosa abre la puerta del compartimento y desde la entrada exhorta al genovés. “Es la hora, ¡vamos!” Dicho esto se marcha sin cerrar la puerta. Colon se queda unos instantes mirando hacia ese hueco, después se levanta y con paso lento pero decidido, abandona la cuestionable seguridad del camarote. En la borda le espera toda la tripulación, que le mira con una mal disimulada aversión. Forman un círculo alrededor del almirante y del patrón de las tres naves, don Juan de la Cosa, representante de los tripulantes castellanos y andaluces, que son la inmensa mayoría.

- Se ha terminado el plazo. Dad vuestra merced la orden de regresar a las otras carabelas.
- No podemos volver.
- ¡No podemos seguir!
- No hay provisiones para llegar ni siquiera a las Azores.
- ¿Y las hay para alcanzar las Indias? Reconocedlo almirante, estamos perdidos en medio del océano.
- No lo estamos. Únicamente ha habido un fallo en los cálculos.
- ¡Hace un mes que deberíamos haber llegado y aquí no hay más que agua!
- Sé que estamos muy cerca. Podríamos ver tierra hoy mismo.
- ¡Podríamos ver tierra dentro de un año! ¡Esto es una locura!
- ¡Pues claro que es una locura! ¡Sólo los locos se arriesgan! ¡Sólo los locos triunfan!
- ¡Llevamos un par de meses siguiendo a un loco! ¡Vamos a morir por vuestra locura!
- Nadie os obligó a seguirme.
- ¡Nos engañó a todos!
- Se dejaron convencer por las promesas de oro y gloria.
- ¡Falsas promesas!
- ¡Están ahí, esperándonos! ¡No podemos rendirnos ahora!
- ¡O rectificamos ahora o acabaremos en el infierno!
- ¡No voy a dar la orden!
- Si no dais la orden de regresar no me dejareis más remedio que arrestaros y tomar el mando de la nao.
- Los hermanos Pinzón no os apoyarán.
- Los capitanes de la Pinta y la Niña no tendrán más remedio que dar la vuelta, si no quieren que sus tripulaciones se amotinen y les acaben ajusticiando.
- Os estáis equivocando.
- Aquí el único equivocado sois vos. Los demás lo vemos muy claro.
- Dadme dos días más. ¡Estamos muy cerca!
- Ya os los dí y concluyó el plazo. Se acabó almirante. Dad la orden a las tres naves de regresar.¡Ya!

Cristóbal Colón se queda callado con la mirada perdida en el horizonte. En sus ojos aparecen un par de lágrimas.

- No pienso dar la orden.
- ¿Por qué sois tan testarudo, almirante?
- Porque quiero escribir el destino, y sólo los valientes lo consiguen. No pienso rendirme. Y menos tras comprobar que delante nuestro está nuestro objetivo.
- Sois un loco.
- Lo digo en serio, ahí están las Indias.- Colón alza un brazo y señala el horizonte.
- A partir de este momento quedáis relega....

“Tierraaaaa, Tierraaaaaaaaaa”, el grito del grumete Rodrigo de Triana suena fuerte, desesperado. Todos le miran y a continuación corren como alma que persigue el Diablo a la proa, sin saber qué se van a encontrar, ¿un espejismo? ¿más agua? ¿o quizás...sería posible que...? . Tras una breve espera, que a ellos les parece un siglo entero, finalmente avistan tierra, tal como había adelantado el vigía.
Cristóbal Colón no se mueve del lugar donde le han estado juzgando aquellos que ahora lanzan sus sucios sombreros al aire y gritan y bailan como poseídos. El genovés se deja caer sobre sus rodillas y comienza a llorar como un niño, aprovechando que nadie se fija en él. Llora por su presente glorioso, mas también por el oscuro futuro que se cierne sobre esa tierra.


La Historia no se fijó en el detalle de cómo el almirante pudo adivinar que estaban a punto de avistar tierra. O quizás los historiadores si se dieron cuenta pero prefirieron correr un tupido velo sobre tal hecho, pues, ¿cómo se podía explicar? Sólo dos personas conocían el misterio y una era una vieja que ya hacía años que se encontraba en las calderas de Pedro Botero. Años antes, el genovés, desesperado porque nadie en su patria le hacía caso, acudió a una bruja que se escondía en los oscuros callejones de la parte vieja de su Génova natal y que era famosa por lo acertado de sus pronósticos. Las palabras de la vieja fueron las siguientes: “De oro y sangre son las tintas que escriben vuestro futuro. Deberéis partir hacia los reinos hispanos, pues el oro de uno de ellos impulsará las velas de vuestros barcos hacia tierras desconocidas. Mas pese a que os cubrirán de oro y gloria a vuestro regreso, no tardarán también en cubrir de sangre aquellas tierras vírgenes que vos descubriréis justo cuando vuestra causa parezca inevitablemente perdida. A vos os toca decidir, si vuestra ansia de gloria está por encima del cargo de conciencia de ser el responsable último de la muerte de miles y miles de inocentes”.

Colón se decidió por la gloria, y ahora que la tiene a tocar, siente el miedo de la conciencia y desea con toda su alma que la vieja se equivoque de nuevo, tal y como se equivocó en el detalle de que estas tierras son vírgenes, cuando sin duda se trata de las Indias, de tierras de Oriente a las que ha llegado cruzando todo Occidente.

dimarts, 15 de setembre de 2015

El misterio Mariano

Aquella tarde no me dolía la cabeza, “es extraño” pensé. Prácticamente no había tarde en la que mi vieja amiga Migraña no me visitase. Por primera vez en mucho tiempo, me atreví a levantar la persiana. La claridad entró por la ventana, atravesando con gran dificultad la suciedad que se agarraba al cristal como a un clavo ardiendo. No tardé en comprobar que, tal como me temía, Lucía no se ganaba su sueldo. Una plaga de polvo flotaba por todo el despacho, sólo de verlo me picaban los ojos. Si no estuviera siempre tan cansado tendría unas palabras con esa vaga que cobraba por ser mi señora de la limpieza. Pero era una batalla perdida. Yo era un cobarde y ella una caradura.
De todos modos, me sentía de buen humor, hasta que alguien llamó al timbre. Escuché los tacones de Sheila mientras se dirigía hacia la puerta. Imaginé su cadera meneándose de un extremo a otro del pasillo, seguramente aprovecharía para bajarse un poco aquella minifalda roja que cuando se sentaba desvelaba el misterio del color de su prenda más íntima. Mi secretaria era de aquellas mujeres que pensaban que cualquier mujer puede ser sexy si se lo propone, sin importar su belleza, su peso o su volumen. Ella debía pesar unos noventa quilos y mediría alrededor del metro ochenta. Además de ser todo carácter. Eso no impedía de que a menudo se derrumbase al chocar con la cruel realidad: este mundo está lleno de hijos de mala madre, capullos que disfrutan hundiendo en la miseria al prójimo o a la prójima. ¡Cuántas veces me ha tocado consolarla! Demasiadas madrugadas saliendo de su cama a hurtadillas, dejándola dormir relajadamente tras una noche de lloros desconsolados, litros de alcohol y un par de polvos para subir la autoestima. Es lo que tiene ser un buen jefe, te preocupas demasiado de los tuyos, de las piezas imperfectas de tu equipo a las que quieres más que a tu familia.
De nuevo escuché sus tacones regresando. Venía acompañada. Dio un par de golpecitos en la puerta de mi despacho y la abrió.
– Deme, preguntan por ti.
Y a continuación entró un hombre de unos cuarenta años, de aspecto agraciado, alto y flaco. Llevaba una camisa blanca inmaculada y bien planchada, pantalones tejanos de una marca cara. Me alargó la mano derecha y yo me levanté como un resorte, sacando pecho y metiendo barriga, en un ridículo intento de mantenerme a su altura. Nos dimos la mano por encima de mi escritorio.
– Buenos días, soy Demetrio Blanco, usted dirá.
– Hola. Yo soy Pedro...bueno, imagino que ya me conoce.
– Sí, por supuesto – no tenía ni puñetera idea de quién era aquel tipo.
– Me han hablado muy bien de usted. En el partido trabajábamos con otra empresa de detectives pero tuvimos que dejarlo por unos problemillas que tuvimos con ellos en Barcelona.
– Entiendo – ¡y un carajo! No sabía de que me hablaba aquel tipo pero no se lo pensaba confesar.
– Estoy muy interesado en contar con sus servicios para una investigación muy importante. En el caso, como así espero, de que quedemos contentos con su profesionalidad, estoy seguro de que volveríamos a trabajar juntos.
– Pues usted dirá.

– A ver, es un tema un poco delicado. Mire, no entendemos cómo es posible que cada vez que hay elecciones, con el desgaste que conlleva el poder, y más con la crisis que nos ha caído encima, la gente siga votando al mismo partido. Estamos seguros de que hay gato encerrado. De algún modo ellos hacen trampa y consiguen ganar con mayorías holgadas.
– Y usted lo que quiere es que descubra dónde está la trampa, ¿verdad?
– Efectivamente. Así nos será más fácil neutralizarles y destrozarles en las próximas elecciones generales. En ello me va el puesto.
– ¿A quién tendría que investigar concretamente?
– ¿Cómo que a quién?
– ¡Hombre, no querrá que investigue a todo un partido político. Eso es imposible!
– ¡Ah! No lo había pensado, creía que podría encargarse de todo.
Estaba claro que aquel tipo era político. Siempre pensando en soluciones fáciles cuando es otro el que tiene que resolver los problemas.
– A ver, ¿qué le parece si me centro en su jefe? Seguramente en él encontraré las pistas que me lleven a descubrir el secreto de su éxito.
– ¡Buena idea!
– De acuerdo. ¿Y quién es su jefe? ¿Tiene alguna foto?
– ¿De Mariano? ¿Foto? Pues... –el tipo miró a su alrededor y de pronto su rostro se iluminó al ver un periódico viejo que tenía en el revistero – ¡Ahí lo tiene!
Cogí el periódico del revistero. La foto de la portada mostraba un tipo con barba canosa y ojos miopes. De unos sesenta años.
–¿Está seguro de que este es el jefe?
– Absolutamente. ¡Es Mariano!
Volví a mirar aquella foto unos segundos. Desde luego era algo muy curioso que la gente votase en todas las elecciones a aquel tipo con pinta de droguero, con todos los respetos para los drogueros, claro. Era fácil imaginárselo con una bata azul diciéndole a los clientes que tenía la lejía conejo de oferta.
– Muy bien. Vuelva en quince días. Para entonces creo que podré tener el caso resuelto.
– ¡Fantástico! Tiene nuestra confianza, estoy seguro de que no nos decepcionará.

Me acababan de fastidiar la siesta de aquella tarde. Aún así conseguí descansar media horita antes de ponerme manos a la obra. Tras el descanso cogí de nuevo aquel periódico viejo y miré la cara de la portada. Sheila compraba el periódico una vez a la semana, para tener entretenidas a las visitas en la sala de espera. Después, los periódicos pasaban del revistero de la sala al mío propio, donde los guardaba para matar las moscas que se aventuraban a entrar en mi despacho. Tenía por norma no seguir las noticias, fuese por televisión, radio o diario. Me la traían muy floja. ¿De qué sirve estar informado? Es una pérdida de tiempo. Al fin y al cabo cada día había noticias que olvidábamos al día siguiente o, en el peor de los casos, a la semana siguiente. Y encima siempre eran las mismas. Cada equis tiempo se volvían a repetir, y la gente, como gilipollas, volvían a sorprenderse con los escándalos, los asesinatos o los accidentes, tal y cómo habían hecho poco tiempo antes y como volverían a hacer en otro momento futuro no muy lejano. La gente se informa pero luego quiere olvidar, no se atreve a vivir con la carga de conciencia que significa saber que todo va mal y que no se hace nada para solucionarlo. Lo único que se consigue es que se guarde la mierda bajo la alfombra, hasta que otro día se vuelva a destapar. Por todo eso, yo pasaba de informarme. Y me importaba un pedo (como dicen los ingleses) quién era aquel tipo que decían que era el presidente. Por supuesto, tampoco he votado en mi vida, me parece otra pérdida de tiempo por razones que son evidentes y que no voy a explicar para no alargar esta historia gratuitamente.
Necesitaba información sobre este tipo y yo sabía dónde encontrarla.
– ¡Sheila!
De nuevo sonaron aquellos tacones por el pasillo, a un ritmo desesperadamente lento. Ella sabía que yo la oía. También sabía que me ponía de muy mala leche esa lentitud. Lo hacía expresamente. Supongo que la causa era algo que tenía que ver con el aumento de sueldo que llevaba años pidiéndome. Pues podía seguir esperando. Yo no le cobraba las terapias de autoestima. Lo podía contemplar como un beneficio social de la empresa.
– ¿Qué quieres? – desde luego la confianza da asco.
– ¿Qué me puedes decir de este tipo? – le enseñé la foto de la portada.
– Que es el presidente.
– Hasta ahí llego.
– Pues entra en la wikipedia y consulta su entrada.
- ¿Ein?
– ¡Búscalo en google!
– ¡No comprendo qué cojones me dices!
– ¡Que lo busques por internet!
– Haré algo mejor. Te pediré a ti que me redactes una ficha sobre él. Edad, dónde trabaja, amigos, cualidades, estudios, currículum, …
– ¿Para cuándo lo quieres?
– Para esta tarde, si te parece bien.
Cerró la puerta de un portazo y de nuevo los tacones repiquetearon sobre el parqué del pasillo con más fuerza que nunca, o al menos tan fuerte como siempre que le hacía trabajar un poco y se enfadaba. ¿Acaso pretendía que yo hiciera todo el trabajo mientras ella se limaba las uñas y se pintaba los labios toda la tarde? Me levanté y bajé de nuevo la persiana. Me volví a acomodar en el asiento y puse los pies sobre el escritorio. Seguí echando una cabezadita hasta bien entrada la tarde.
Sheila entró en mi despacho con el abrigo puesto y unos folios en la mano.
– ¡Toma! – los folios cayeron sobre la mesa. Eran impresiones a dos caras.
– Espero que hayas seleccionado un poco la información.
– Si quieres te hago un resumen de lo que he encontrado.
– Adelante.
– Se trata de un tío que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Cada día se pregunta delante del espejo cómo demonios ha llegado a presidente. En mi humilde opinión no solo parece tonto, lo es y todo el mundo lo asume, hasta él mismo.
– ¿Y su mujer?
– Intrascendente.
– ¿La gente que le apoya? ¿Quién está en la sombra?
– Esos sí son importantes. Son los que manejan los hilos de la marioneta.
– ¿Tienen mucho poder?
– Tienen todo el poder. Si tu cliente estuviera en su lugar también lo manejarían a él como a un títere. Ya lo hicieron otras veces.
– Entonces lo normal sería que se alternasen en el poder, y por lo que parece no es así.
– Exacto. El partido de tu cliente lleva años mintiendo descaradamente a sus votantes. Mientras que los otros no engañan. Todos saben de qué pie cojean y sus votantes le son fieles.

Comprendí claramente cuál era el problema. Pedro, el cliente, tenía razón. La solución era bien sencilla. Tan sencilla como que era imposible. ¿Cómo le dices al cliente que la clave del éxito de su enemigo es su propia negligencia? Es su propio partido el que le pone en bandeja la victoria a aquel señor majete y con aspecto de paleto, que lo único que tiene que hacer es hablar lo menos posible para que la gente no caiga en la cuenta de sus grandes imperfecciones. Le permiten hacer algún que otro chascarrillo, también hablar de fútbol – su tema favorito – y repetir las mismas frases una y otra vez, como si de mantras irrefutables se tratasen.
Necesitaba darle una vuelta de tuerca al tema antes de llamar a mi cliente. Si en todo ese tiempo no se habían dado cuenta del problema en su partido era evidente que sufrían un grave problema de carencia de autocrítica. Y el que no quiere escucharse a sí mismo, menos querrá escuchar la verdad de la boca de un extraño. Dijese lo que dijese no me harían caso. Así que al menos debía buscar la forma de sacar provecho de aquel río revuelto. Leí toda la documentación que Sheila había pescado en la red. En uno de los folios vi la luz. Había una foto en la que aparecía el tal Mariano encogiendo los hombros en una de sus más conocidas poses; detrás suyo aparecía la cara de un amigo mío de la infancia. Manolo es abogado y a menudo su bufet me da trabajo para investigar irregularidades en las partes contrarias. Le llamé inmediatamente.
– ¿Sí?
– ¿Manolo? Soy Deme.
– ¡Hola Deme!¿A qué le debo el placer de tu llamada?
– Oye, ¿tú que conexiones tienes con el presidente?
– ¿Con Mariano?
– Sí, con ese.
– Pues yo soy el enlace entre mi bufé y su partido político. Les hacemos determinadas gestiones que no te puedo comentar pues son alto secreto.
– Ajá... ¿Y qué te parecería si te pidiera que trabajases también para la competencia?
– Imposible, mi bufé jamás trabajaría para ellos.
– No estoy hablando de tu bufé. Digamos que te lo pidieran a ti.
Unos segundos de espera.
– Manolo, ¿estás ahí?
– Sí, sí. Una cosa. ¿De cuánto dinero estamos hablando?
– ¿De cuánto quieres hablar?
No me puse en contacto con el cliente. Esperé que pasasen los quince días para que él me visitara.
Tras los saludos de rigor, fui al grano.
– Después de estudiar al sujeto durante todos estos días, hemos podido descubrir su secreto.
– ¿Ah, sí? – esbozó una amplia sonrisa mientras se inclinaba hacia delante para escuchar mejor.
– Sí. La clave de su éxito es un bufé de abogados que gestiona su imagen y la del partido.
– ¿Un bufé? ¿Qué bufé?
– Eso no es importante. Lo importante es quién, dentro del bufé, se encarga de ello. Se trata de este hombre, Manuel Mejías – le pasé una foto de mi amigo, la que tenía en el Linkedin.
– ¿Y cómo podríamos nosotros competir con ese hombre?
– Muy fácil. Si quieren yo puedo utilizar mis medios para contactar con él y hacerle llegar una oferta por sus servicios en exclusiva. Ganarían un profesional de gran experiencia y de paso se lo quitarían al enemigo.
– ¿Puede hacerlo?
– Puedo intentarlo. Pero para que triunfe, la oferta ha de ser irrechazable.
– ¿Y cuánto es eso?
El cliente había picado el cebo. En el plazo de un mes, Manolo montó su propio bufé y había pasado a trabajar con mi cliente, cobrando un pastón. No tenía ni puñetera idea de para qué lo habían contratado, pero es que el partido tampoco lo sabía, así que cobraba por nada. Uno más que chupaba del bote. Bueno, dos. Porque yo también me llevé mi comisión al incrementar la petición económica de Manolo un diez por ciento. Todos salimos contentos menos el antiguo bufé de Manolo, que lo perdió a él y a un par más de sus colegas que se llevó consigo. Decidió remplazarlos por dos becarios con hambre de éxito aunque demasiado verdes como para aportar ideas nuevas.

Después de las siguientes elecciones seguramente todo seguiría igual, pero en algún momento la simpatía de Mariano, su gracia natural y chabacana, no sería suficiente para ganar. En algún momento, la gente olvidaría que la oposición había traicionado sus ideales cuando había estado en el poder, que los había pisoteado sin escrúpulo alguno. A partir de entonces, el ciclo natural de la alternancia política volvería a su curso.  

dissabte, 5 de setembre de 2015

Muñeco roto

Alyan Kurdi.

El dos de septiembre de 2015, su pequeño cuerpo apareció sobre la arena de la playa, hasta donde lo habían arrastrado las olas del Egeo, el mismo mar que lo había matado.
Aunque quizás no fue el mar el único responsable.
Seguramente los principales culpables de su muerte fuesen los traficantes sin escrúpulos, que se enriquecen a costa de la desesperación de los refugiados que intentan llegar a Europa aún a riesgo de perder sus miserables vidas. Ellos le metieron en una barca con pocas posibilidades de llegar a la isla más cercana, a menos de tres millas de distancia.
Pero también puede que la responsabilidad de su muerte deba recaer en las autoridades canadienses que no concedieron el asilo político a su familia. Por su culpa se convirtieron en inmigrantes ilegales, cuyas vidas valían menos que nada.
O tal vez fue responsabilidad de Estado Islámico, el grupo terrorista que empujó a la población kurda de Siria a huir lejos de su amenaza. 
También cabe la posibilidad de que la culpa fuese de Estados Unidos y la Unión Europea, que promovieron una revuelta, condenada al fracaso, contra el gobierno sirio de Bashar Al-Asad. Ellos encendieron la mecha movidos por objetivos geopolíticos.
Y por último, ¿quién dice que el verdadero y último culpable no sea la dinastía Al-Asad con su dictadura de terror que se ha prolongado durante cuarenta y cinco años?

Podríamos decir que todos tienen su parte de responsabilidad en el asesinato de Alyan, de su hermano de cinco años Galip, de su madre  Rehan, de treinta y cinco. Y por supuesto son responsables de la muerte de miles de sirios, afganos, iraquies, libios, …

Porque Alyan, en esa playa, aquel cuerpecito inmóvil, se nos mostraba como un muñeco roto. Como Afghanistan, Irak, Siria o Libia son muñecos rotos, utilizados y manipulados por las potencias mundiales, para posteriormente ser dejados de lado, abandonados a su suerte, convertidos en países ingobernables que agonizan en una patera a la deriva condenada a hundirse sin remedio.  

diumenge, 5 de juliol de 2015

Odisea XXI - OXI

La tempestad no arrecia, un cielo negro como el ojo ciego de Polifemo truena venganza.
“Estos son mis dominios, maldito sea tu destino si has de cruzar mis mares,
mis olas arrastrarán tu nave hacia su perdición,
tus hombres sufrirán grandes tormentos,
y todo ¿por qué?
Díme desgraciado, ¿por qué?”

Odiseo no responde, sólo piensa,
sus hombres, aterrorizados, se agarran a los mástiles,
algunos sucumben a la desesperación y se lanzan al mar, a los brazos de la muerte.
Es el momento de que el héroe hable:

“Escuchadme bravos marineros,
no luchamos en mil batallas ni burlamos mil escollos
para hundirnos en estas aguas por el deseo de un dios rabioso.
Al cegar al cíclope escogimos nuestro destino, elegimos no atarnos a los designios divinos,
somos libres y libres moriremos, mas no esta noche ni mañana.
Regresaremos a Ítaca o caeremos en el intento,
pero como hombres orgullosos de sí mismos
porque la historia nos recordará como los valientes que desafiaron al Olimpo,
y a partir de ahora ya nada será igual,
los poderosos que nos despreciaban ahora nos odian,
pero pronto temblarán y al final nos respetarán.
Los insultos de ayer hoy son calumnias y amenazas,
pero algún día serán elogios porque luchamos con valentía, porque no nos arrodillamos.
Dejad de maldecir vuestro mal azar y agarraos fuerte a la nave pues no se hundirá.
Aguantad y mañana viviréis una nueva aventura, y al día siguiente otra,
y así hasta que un día los dioses se rindan y nuestro barco llegue a Ítaca.
Y cuando ese día llegue, os juro que Calíope tejerá en sueños nuestra épica para que algún gran poeta nos convierta en INMORTALES.


divendres, 12 de juny de 2015

Fofisano

Lo de esta mañana ha sido algo surrealista.

Acabo de poner la televisión para que mi hija oiga la voz de Bob Esponja cuando se despierte. Estoy preparando su desayuno cuando me ha parecido oír golpecitos en la puerta de la calle. Ni caso. De nuevo otra vez oigo esos pequeños golpes, y me acuerdo de que no nos funciona el timbre. Me acerco a la puerta y miro a través de la mirilla, delante de la puerta hay alguien. ¿Qué hago? ¿Abro o me hago el loco? Inconscientemente decido abrir. Es el vecino del primero B que se parece a Sergio Ramos y que tengo la sospecha de que es gay. Me habla precipitadamente diciendo que no lleva las llaves de su piso y que su compañero está dentro de casa pero que no contesta porque debe estar durmiendo y él tiene que ir a trabajar. Además da la casualidad de que tiene el móvil sin batería. Querría pasar por el piso de al lado pero no hay nadie en la casa. Otra vez hago una estupidez y le digo que puede llamar a su compañero con mi teléfono, pero dice que no, que no se sabe el número de memoria. "¿Y conectar el movil a la red? Tenemos el mismo cargador" Otra vez me dice que no hace falta, que su amigo no se despertaría. Me pide perdón por molestar y se va tan confuso como me quedo yo. Me da lástima pues parece que me haya venido a preguntar para nada, sin ningún objetivo. Si no quiere mi teléfono...¿para qué me ha preguntado si yo vivo en el quinto piso y soy el más lejano de sus vecinos?
Sigo con lo mío, tengo que acabar de preparar el desayuno. La niña duerme tan profundamente que no se ha enterado de nada, y eso que la puerta de la calle está a un metro de su habitación. Estoy cerrando el biberón cuando de nuevo escucho golpecitos en la puerta. ¿Y ahora qué? Vuelvo a utilizar la mirilla y no me sorprende ver de nuevo al vecino allí. Abro la puerta.
- Hola, soy el vecino del primero.
- Sí...
- Me he olvidado las llaves en casa y no puedo entrar. Mi compañero está dentro pero está durmiendo y no se despierta y yo tengo que ir a trabajar. ¡Buf!
- Ya, me lo has dicho hace un momento.

Se me queda mirando, parece que no entienda lo que le acabo de decir. De repente escucho lloros a mi espalda, la niña se ha despertado, "Mama, mama". "Perdona, pero tengo que atenderla" "No te preocupes, perdona". La habitación está justo detrás mío, me acerco a la cama y tranquilizo a la pequeña. Cuando por fin está tranquila la cojo y me la llevo al comedor, pero al pasar al lado de la puerta de la calle me doy cuenta que me la había dejado abierta. El vecino ya no está en el rellano. Cierro mientras me pregunto qué narices le debe pasar a ese tipo, no parece que esté demasiado fino.
Sigo con mis tareas rutinarias : acabar de recoger la cocina, vestirme, preparar la bolsa para ir al trabajo y vestir a la pequeña mientras ve los dibujos. No paro de darle vueltas al asunto, ¿por qué ha vuelto a llamar como si no hubiera llamado antes? ¿No se ha acordado? ¿No me ha reconocido? ¿Estará drogado? Por fin salimos de casa y dejo a la niña en el colegio. Luego, ya solo, me dirijo al metro, pero cambio de parecer y vuelvo a mi edificio. Hay algo que no me acaba de convencer. Subo al primero. La puerta del primero B está abierta. ¿Ya se habrá despertado el compañero? Dudo durante medio minuto...y entro. Se oye el televisor de fondo, las voces de Bob Esponja y Patricio discutir sobre algo que no escucho. Voy pasando por las habitaciones en dirección al comedor. La ropa de la única cama que veo está revuelta pero no hay nadie. En la cocina el fregadero está repleto de platos y vasos sucios. La casa es un desastre. Llego al comedor, hay alguien sentado en el sofá mirando la tele, pero no le veo la cara pues el sofá está de espaldas a la puerta; lo rodeo y veo que el tipo mira fijamente la televisión, con los ojos bien abiertos. Tiene una raja en la garganta de la que mana abundante sangre. No hace falta tomarle el pulso para confirmar que el tío está bien muerto. Me asalta un presentimiento. Salgo de aquella vivienda y subo hasta el quinto piso. Abro cautelosamente la puerta de mi casa, no se oye nada, silencio total. Primero de todo me dirijo a la cocina, estoy alerta a cualquier sonido. No veo nadie, cojo un cuchillo del cajón de los cubiertos, uno corto y fácil de manejar. Echo una ojeada al comedor, allí no hay nadie. Examino cada una de las habitaciones pero no veo nada fuera de lo normal. Vuelvo a dejar el cuchillo en la cocina y me dispongo a llamar por teléfono a la policía. En el primero hay un fiambre y un loco anda suelto por la escalera. De nuevo oigo golpecitos en la puerta. Con todo el sigilo del mundo me acerco hasta allí, no miro por la mirilla, me temo que el loco ese se dará cuenta si lo hago. De repente se oye un sonido de llaves, me doy cuenta de que las mías han desaparecido. Las había dejado en una bandeja del mueble al lado de la puerta. ¿Cómo han desaparecido? Miro ahora sí a través de la mirilla y veo al loco que la mano en alto agitando mi llavero. Estaba en mi casa y mientras yo iba a coger el cuchillo debe haber salido con mis llaves, no me he dado ni cuenta.

- ¿Abre, por favor?
- ¡Si tienes tú las llaves!

Me sonríe. Y en ese momento soy consciente de que tengo que correr a la cocina y recuperar el cuchillo. A mi espalda oigo como se introduce la llave en la cerradura, gira y la puerta se va abriendo. Cojo el cuchillo y salgo de la cocina dispuesto a enfrentarme cara a cara con el loco. Pero en el pasillo no hay nadie, la puerta de la calle está abierta. Me dirijo a ella, otra vez alerta, esta vez estoy seguro de que sí está dentro de la casa. Por si acaso cuando paso al lado de la puerta miro hacia el rellano, pero no hay nadie allí afuera. Voy a cerrar la puerta y de repente, mientras la puerta gira, me doy cuenta de que él podría estar detrás de ella. Pero no, no hay nadie allí. La puerta se cierra de golpe y me sobresalto, aunque he sido yo el que ha permitido el portazo. Tengo los nervios a flor de piel, y no es para menos. ¿Qué debo hacer? ¿Llamo primero a la policía? ¿O sigo registrando la casa? Tengo la intuición de que está dentro y prefiero no despistarme con la policía. Sigo mi inspección sigilosa, la habitación de la niña, vacía, la habitación que nos sirve de despacho, vacía, sólo queda la habitación grande. Me asomo, en ese momento un puñal podría surgir desde las penumbras del cuarto, pero no es así. Él está en la cama, con los ojos abiertos mirando al techo, los brazos estirados a los lados. Su cuchillo está encima de la mesita de noche. ¿Está muerto? Me acerco con gran cautela y empuño con firmeza el cuchillo. Con un lento movimiento de mi brazo sitúo el filo sobre su corazón. No noto su respiración, acerco mi cara a la suya. "Estoy enamorado". Levanta su cabeza como para besarme y yo doy un salto hacia atrás, tropezando contra el armario, se me cae el cuchillo. Él se levanta. "Te quiero desde el primer día que te ví. Ya no lo soporto más". Y en ese momento comienzo a comprender.

- Te equivocas.
- No, no me equivoco. Eres un adonis.
- ¡Pero si estoy gordo!
- Fofisano.
- ¿Qué?
- Estás fofisano. Estás perfecto.
- Que sepas que me he puesto a dieta.
- Pues no se te nota.
- ¿Y qué me dices de tu amigo?
- Se pasaba todo el día en el gimnasio, y cuando estaba en casa sólo sabía mirar la tele. No he perdido nada.
- A mí me encanta la televisión.
- Ya se te nota, ya.
- Sí, pero hay algo más.
- ¿El qué?
- No soporto los dibujos de Bob Esponja.
- ¡Ah!
- Lo siento pero es superior a mí.
- Ya veo.

Me agacho haciendo ver que voy a atarme el calzado, él se levanta y coge algo de la mesita. Se acerca a mí. Cuando noto que está a dos pasos de mí cojo el cuchillo del suelo y lo lanzo contra su pecho. Él se detiene, suelta su cuchillo aún rojo de la sangre de su compañero muerto. En breve se juntará con él, o no. Ese ya no es mi problema. El mío, señores policías, es explicarles esto a ustedes y que me crean.

- Tengo una duda, ¿por qué le dijo lo de Bob Esponja? ¿Cómo sabía que iba a reaccionar así?
- Está claro. Él estaba enamorado de Bob Esponja y yo le recordaba a él.
- Sigo sin comprenderlo.
- Bob Esponja es el ideal de fofisano, una esponja. Cuando me dijo que yo le gustaba porque era fofisano entendí que se había cargado a su amigo en un acto irracional de rabia provocada porque él deseaba que su amigo fuera como Bob Esponja, igual que yo, y no un cachas chulopiscina.  

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