dissabte, 31 d’agost de 2013

Aquel perro fiel


La prórroga estaba a punto de comenzar, le quedaba poco tiempo. Abrió la puerta del frigorífico y sacó la botella de calimocho que se había preparado por la tarde mezclando un Viña Tondonia con cola de la marca blanca del Eroski. Le gustaba hacer las cosas a lo grande. Cogió el plato donde había puesto el bocadillo de bonito y se lo llevó todo al salón. Se sentó en el sofá para ver el partido mientras se comía el bocadillo, con el plato encima de sus rodillas y la botella en el suelo. A su lado tenía el móvil, silencioso, ¿y qué pasaba con el whatsapp? ¿Se habría desinstalado solo? No, comprobó que allí seguía, sin alteración alguna, el último mensaje de hace un par de meses. "Goool de Hazard", se oyó de repente la voz del comentarista en la televisión. Levantó la mirada y vio que el Chelsea había metido gol, instintivamente dio un bote de alegría y parte del bonito le saltó del bocadillo a la camiseta. Aquella camiseta azul tan bonita. Había intentado que su jefe le enviara una desde Londres, firmada por él, así le podría vacilar a sus colegas. Pero nunca la recibió, estaba seguro de que se la habían perdido los cabrones de Correos, menudos chorizos. No se atrevió a preguntarle a su jefe, le daba vergüenza. Cuando vio que la camiseta nunca llegaría se le ocurrió una gran idea, la segunda equipación del Madrid este año es una copia de la del Chelsea, mataría dos pájaros de un tiro, sus dos equipos unidos por una camiseta. El día que se fue, su presidente le dijo, por whatsapp, que podía contar con él para lo que hiciera falta, ese había sido el último mensaje que había recibido. "¿Me puedes conseguir la segunda equipación de esta temporada?", le preguntó, pero no le contestó. Esperó hasta esa misma tarde y, como vio que ya se acababa el tiempo, decidió ir a comprar la camiseta a los chinos de abajo, que la tenían por treinta euros. Apenas le había durado dos horas limpia. Un inmenso lamparón se extendía por el pecho, junto al sagrado escudo del equipo más grande de todos los tiempos. "Mierda" pensó, y siguió comiendo el bocadillo a toda prisa sin quitarle ojo al partido. Al menos su equipo ganaba.
Terminó el bocata a falta de un par de minutos para el final de la prórroga. No había querido probar el calimocho, su idea era festejar la victoria tomándose la botella de dos litros entera. En la pantalla apareció su antiguo jefe moviendo los brazos hacia el público. ¡Qué grande!, pensó, y decidió que era el momento perfecto para enviarle un whatsapp a su maestro. "Felicidades Mister", estaba a punto de enviarlo pero antes miró un momento a la pantalla de su televisor. Allí vio a sus antiguos compañeros, todos siguiendo nerviosos el final del partido en aquel banquillo que podía haber sido el suyo, ¿por qué no pudo ser?
Estuvo a punto de borrar el mensaje pero en el último momento se dijo que no podía traicionar a sus amigos, que él era parte de ellos y que les alegraría comprobar que él seguía allí, compartiendo sus victorias como si fuera uno más. Envió el mensaje.
"Goool de Javi Martínez", volvió a levantar la cabeza, no era posible. A falta de tres segundos habían empatado. "La he cagado", pensó.
El partido terminó, su equipo había sido derrotado. ¡Qué injusticia!, otra vez habían acabado con diez, los árbitros perseguían claramente a su jefe. Pero ahora ya no podía salir ante la prensa a denunciarlo, eso ya era cosa del pasado. Decidió llamar a un colega suyo periodista del As, necesitaba desahogarse.

- ¿Sí?
- Las imágenes están ahí, todos las habéis podido ver.
- ¿Quién eres?
- ¿Quién va a ser? ¿No me reconoces?
- ¡Ah, sí!
- ¿Ahora ya sabes quién soy?
- [Click]

Le había colgado. Se quedó con el móvil en la mano, sin dar crédito a lo que le había pasado. Vaya noche. Menos mal que aún le quedaba la botella de calimocho.

dijous, 1 d’agost de 2013

Una tarde en la piscina - 2

El último día del curso de natación. Bueno, lo de natación es un decir, con Laia nos conformamos con que aguante en la piscina sin llorar. Ha sido durante el curso la niña más famosa porque se hacía notar. Durante ocho clases, tres semanas, no hizo más que llorar y llorar, que dice la canción. Yo no sabía que hacer, veía el resto de niños contentos, disfrutando de la media hora de agua, mientras mi hija lloraba y decía "No quema, no". No tengo ni idea de por qué decía esa frase, pero lo que sí que sé es que no significa nada bueno, era un mantra repetido constantemente durante esa media hora entre lloros. Los monitores ni se me acercaban, nos daban como un caso imposible hasta que... hasta que el noveno día resucitó.
Todo empezó con lloros en el vestuario, lloros en la ducha antes de entrar, lloros mientras caminábamos hacia la piscina y lloros entrando en la piscina. Hasta que le dije "mira a Álex, qué bien se lo pasa", fue comenzar a interactuar con ese niño y dejar de llorar. No lloró en la media hora de clase, y fue fantástico. Después hemos tenido varias clases alternando lloros con tranquilidad, pero mucho mejor que la etapa anterior a ese día. Y hoy ya llegamos al final. Lejos queda el primer día, aquella caca flotando en el agua. Hoy vamos papá y mamá con ella, se da cuenta de que es un día especial. Se abraza a uno, ahora con el otro, "hola Joan" le dice al monitor, seguro que éste la echará de menos. Desde luego Laia siempre busca ser la estrella, de una manera u otra, en su mejor versión y en la peor. "Debéis seguir intentándolo con paciencia" nos dice Joan. Sabemos que hay mucho camino por delante, acaba el curso odiando más el agua que cuando comenzó. Pero ahora iremos ella y yo solos, por las mañanas, y seguro que disfrutamos mucho yendo a nuestro ritmo.
Quien sabe, quizás un día muy lejano leemos este post y nos reímos a carcajada limpia recordando estos momentos y pensando en como cambió Laia hasta llegar a ser una gran nadadora olímpica, estaría bien.



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