diumenge, 24 de febrer de 2013

El cazador de lágrimas

Es un día soleado, el parque está lleno de niños que juegan felices. Carlos y María compiten para ver quién de los dos sube más alto con el columpio. Max y Laura bajan juntos del tobogán a toda velocidad con los brazos en alto, la mamá de Max les espera abajo para cogerlos y que no se hagan daño. Alba y Claudia juegan en el balancín, haciendo fuerza cuando bajan para que la otra suba más rápido. Todos ríen mucho mientras sus papás charlan y los vigilan de cerca para que no se hagan daño.
En una esquina del parque David juega solo con la arena. Está haciendo un castillo de arena muy bonito para su papá, que vendrá pronto, cuando salga del trabajo.
Mientras los niños juegan y los padres hablan entre ellos, un hombre se acerca. Va completamente vestido de gris: sombrero gris, abrigo gris, pantalones grises y zapatos rojos. ¡Vaya!, todo gris no, los zapatos son de un color rojo intenso. Los pocos que se fijan en él únicamente tienen ojos para esos zapatos, por eso nadie podrá luego saber qué cara tenía ese hombre, ni si era alto o bajo, únicamente habrán visto unos zapatos rojos.
El hombre se para delante de la valla del parque, a unos metros de padres y niños, que no saben que el hombre que está allí vigilándoles no es otro que el Cazador de Lágrimas. El Cazador de Lágrimas no es de este mundo, alguien lo expulsó del suyo hace mucho tiempo para alejar la tristeza que les causaba. Podría pensarse que es un hombre normal y corriente, un poco raro y excéntrico con esos zapatos, pero un hombre normal al fin y al cabo. Pero no es así, es un ser antiguo como el tiempo, que se viste de humano para no llamar la atención, pero igual podría hacerse pasar por un pájaro, o por una manzana. No tiene una forma propia. Se alimenta de las lágrimas de la gente. ¿Por qué? Pues porque cuando estamos tristes, la alegría se escapa de nuestro cuerpo en forma de lágrimas. Él prefiere las de los niños porque son más dulces y frescas.
El Cazador de Lágrimas observa a todos los niños del parque, hasta que fija su atención en David, el niño solitario que está haciendo el castillo de arena. Al estar solo es una presa más fácil. David está a punto de terminar su castillo. Pone una pala de arena más….y de pronto el castillo se derrumba entero. David se queda mirando el montón informe de arena, callado. Parece que no sepa qué hacer, pero si nos fijamos veremos que una lágrima comienza a caer de su ojo izquierdo.
El Cazador se da cuenta, su lengua se relame de placer, esa lágrima se evapora y se convierte en vapor que va volando directamente a la boca de este ser. Más lágrimas caen de los ojos de David y el Cazador se prepara para darse un festín a costa de la alegría del niño. La madre de Max se da cuenta de que David llora.

- ¡Max!, ¡Laura!, venid conmigo un momento.

Los tres se acercan a David. La madre de Max se sienta junto al niño y pide a su hijo y a Laura que también se sienten.

- Ahora vamos a ayudar a David a reconstruir el castillo. Ya verás como te va a quedar aún más bonito y cuando venga tu padre estará muy orgulloso de ti. David deja de llorar y se pone muy contento. El Cazador de Lágrimas se quedó sin su festín, y enfadado como una mona se marcha a otro parque a buscar otra víctima.

dilluns, 18 de febrer de 2013

La ciudad de los carritos de supermercado

Me gusta terminar mi jornada de trabajo mirando el mar. Siempre le pido a mi último cliente, un fijo, que me acerque hasta la playa del Bogatell. Hoy está nublado pero aún así seguro que la vista valdrá la pena.
Ha sido una noche de perros, entre mis fieles clientes he tenido que hacer un hueco a un desconocido que ha acabado siendo el típico mal nacido que solo se empalma pegando a las mujeres. Tuve que llamar a Jimmy para que le hiciese entender a ese hijo de puta que se había equivocado de sitio y de mujer. El tío se fue con la cartera vacía y una buena patada en los huevos. Yo en el intercambio recibí un ojo morado.

- ¿Por qué lo sigues haciendo? - pregunta Vicente mientras conduce.
- ¿Y a ti por qué te interesa? - contesto sin mirarle.
- Porque te aprecio.
- Si me aprecias no te preocupes tanto por mí. Yo escogí esta vida. Además, con la que está cayendo ¿te crees que puedo vivir de mi carrera, cobrando como una becaria? ¿o quizás trabajando en una tienda?
- Pero, ¿y tú orgullo?
- Mi orgullo estará tan jodido haciendo de puta como de becaria o dependienta. Y aquí gano mucho más.
- Me preocupas, Laura.
- Y a mí me preocupas tú, y también tu mujer y tus hijos.

Vicente se piensa que puede ser mi cliente y mi padre a la vez. Todo el mundo se piensa que puede tener un papel importante en tu vida cuando lo único que saben hacer es darte consejos baratos. En esta ciudad hay tantos psicólogos aficionados como carritos de supermercado llenos de chatarra. A parte de eso, Vicente es un buen tipo, paga bien y sus gustos son sencillos, los de cualquier padre de familia que busca en mí el amor que ya no le dan en su hogar. De esos también está lleno esta ciudad, de necesitados de amor, y también de hijos de puta obsesionados con humillar a los demás, como el miserable de esta noche.

Vicente aparca el coche un momento para que salga. Ni siquiera me despido, él ya está acostumbrado, pone el intermitente y vuelve a incorporarse al tráfico. Me quedo sola, como siempre he estado, observando el mar y rezando por no ver ningún carrito de supermercado navegando mar adentro.

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