dimarts, 24 de desembre de 2013

Espiritud de Navidad (II) - El Tió

Este año Laia ha descubierto la Navidad. Para que entendáis lo que significa “descubrir la Navidad” en el vocabulario de una niña de dos años os lo explicaré:
Ohhhh = escaparate con una maqueta de un tren, un carrusel y una montañita nevada llena de esquiadores que la bajan durante horas y horas. Cada vez que Laia lo ve lanza ese Ohhhh tan expresivo.
Arbla Nadal = árbol de navidad como el de casa, lleno de luces y bolas muy “chulas”.
Papa Noel = señor de buen ver con frondosa barba blanca y que baila sin parar junto a la puerta de una inmobiliaria del barrio, gritando Jojojo y que más que bailar parece que haya sufrido un ataque epiléptico. Laia se atreve a cogerle la mano y canta Jojojo con él.
El señor y la mama del señor=pesebre con las figuras del niño Jesús, su madre y el padre (al que Laia ignora como todo el mundo, aunque se llame como su propio padre, es el sino de los padres putativos).
Xocolatas=calendario de adviento. Le ha encantado a Laia porque cada día, con la tontería, se ha zampado un árbol o una mariquita de chocolate, hasta extremos de convertirse ya en una adicción.
Els gueis=sin ánimo de insultar, se trata de sus majestades los reyes de oriente. Laia aún no sabe para qué sirven (muchos aún tampoco sabemos para qué sirve la mirra después de tantos años), están completamente eclipsados por el protagonismo equivalente del Tió y Papá Noel.
Tió=un tronco que caga regalos si le das con un palo (clara alegoría a la relación España-Cataluña aunque no os explicaré como he llegado a esa conclusión para que nadie se me enfade).
Sin duda este tronco con barretina se ha convertido en el personaje favorito de esta Navidad para Laia. Cada noche le ha dejado mandarinas, bombones y galletas. Excepto las galletas, que no le gustaban mucho, el resto se lo ha zampado y no ha dejado más que las pieles y los envoltorios. A cambio el Tió ha sufrido estos días una diarrea descomunal y Laia lo ha celebrado con gran alegría y alboroto. Pero el Tió también nos ha permitido disfrutar de la mejor historia de espíritu navideño de estas fechas. El pasado domingo, caminábamos por el carrer Gran de Sant Andreu y vimos un escaparate donde un Tió dormía tranquilamente entre las sombras de la tienda ya a oscuras, a punto de cerrar. Laia comenzó a cantar la canción del Tió de forma espontanea.

Tió Tió, caga Tió, magranes i cugons, no caguis arangana que és massa salada, caga cugons, que són més bons!

De pronto se iluminó la tienda, una figura apareció y se acercó al escaparate. De debajo de la manta del Tió sacó un par de monedas de chocolate. El chico de la tienda abrió la puerta y le ofreció las monedas a Laia.

“La he oído cantando aquí fuera y me ha hecho mucha gracia. Toma, te las has ganado”

Laia se quedó muda, le entró la vergüenza y ya no fue capaz de decir ni pio. Eso sí, la sonrisa le duró un buen rato, mientras llevaba las monedas en las manos. Pero no se las llegó a comer. “Anem al carrer Grau”, nos pidió, y nosotros accedimos. Es Navidad. Allí fuimos a ver a la Paqui y a la Pepi (el Ken no estaba esa tarde disponible). Nada más que las dos ancianitas aparecieron por la puerta la Laia gritó “Paqui, galetes!”. La Paqui le dio un par de galletas María, como lleva haciendo desde hace más o menos un mes, cuando empezó esta tradición. Laia le cambió las galletas por las monedas de chocolate. Las dos abuelitas agradecieron el cambio; al fin y al cabo, la Laia ya se había comido el árbol de chocolate del calendario de adviento. Gracias al Tió, todos quedaron contentos. Feliz navidad a todos.

dilluns, 23 de desembre de 2013

Espíritu Navideño (I) - En la piscina de Can Dragó


Primer día de esta semana de vacaciones, qué mejor que aprovecharlo para ir un rato a la piscina con Laia. Hace ya dos meses que no la llevo, ¿cuál será su reacción? ¿Volveremos a comenzar de cero con lloros y rechazo? Creo que no, esta vez tengo la sensación de que se llevará una alegría de volver al agua. Ayer pasábamos al lado de las piscinas por la noche, “¡Piscina, papa!”, “Sí, demà anirem, què tens ganes?”, Laia responde que sí, que tiene ganas de ir a la piscina a jugar con las pelotitas de goma, y hacer Chao Chao. Hacer Chao Chao es una canción que le enseñaron en el curso de natación, “Chao chao chao yo me voy, y un besito yo te doy”, chapoteando a discreción en cada una de las sílabas de la cancioncilla.
Por supuesto vamos en bici, como no. Noto que ella tiene ganas de ir, atrás quedaron los tiempos de los lloros, del miedo a sumergirse, incluso al momento de la ducha. Entramos y la chica de la recepción le saluda, la reconoce aunque hayan pasado dos meses desde la última vez que fuimos por allí. Al pasar al lado del vestuario de las mujeres, como siempre, Laia dice “Aquí la mama”. La mama sólo ha ido una vez y fue en el verano, esta niña tiene una memoria de elefante, ya me gustaría a mí tener esa retentiva. Nos cambiamos en mi vestuario, primero yo para que ella no me tenga que esperar en bañador y me coja frío. Repetimos las mismas rutinas que en el verano, y ella las recuerda perfectamente. “Els mitjons!” dice al ver sus calcetines para no resbalarse en la piscina, también se alegra de ver el pañal de agua. Se alegra al ver cada uno de los elementos que hace meses que no ve, como si volviera a encontrarse con viejos amigos casi olvidados. Antes de entrar en la piscina pasamos por la ducha, primera queja, pero muy débil, se olvida del tema en el momento que salimos de la ducha y nos dirigimos a la piscina. Entramos con ganas, con alegría, damos un par de vueltas llevándola yo de los brazos, sin intentar frivolidades que puedan hacerle desconfiar. Quiero que disfrute, que recuerde que la piscina es para divertirse, no para llorar. Unos niños que juegan cerca con unos flotadores que llaman churros nos miran divertidos. Laia va con la boca abierta, con una sonrisa contagiosa. “Pilotetes, papa”, “Vinga”. Cogemos una pelota de una de las cajas con pelotas de todos los colores que hay al lado de la piscina, una de color rosa. Nos volvemos a meter en la piscina y Laia lo pasa en grande, la abuela de los niños que nos miran se acerca a decirle hola, que recuerda a Laia de verla por allí mientras ella hacía clase de Aquagym. Laia sigue con la pelota, mientras observo que el socorrista se acerca. “Perdona, no se puede jugar con pelotas en la piscina”, “¿No?, siempre que hemos venido hemos jugado con estas pelotas y nunca nos habían dicho nada”, “Lo siento pero no se puede, en esos carteles lo pone bien claro”, “No los veo, no llevo las gafas”, “Si quiere puede jugar con los churros”, “Es que ella le tiene fobia a los flotadores, no se fía de ellos desde que hizo el curso en verano”, “Pues lo siento pero con pelotas no se puede, no puedo hacer distinciones y a estos chicos antes ya les dije que no se podía jugar”, “Pero esta niña tiene dos años, ¿qué daño hace con una pelota?”, “Son las normas, démela y ya la dejaré yo en su caja, lo siento”. La cara de Laia cuando ve al chico llevarse la pelota es todo un poema, por suerte no llora, pero se queda incrédula, acostumbrada como está a que la gente le de cosas, no a que se las quiten (a excepción de sus padres que somos los que siempre le quitamos todo). “Jo vull pilota”, “No pot ser Laia, aquest nen no ens deixa”, “Jo vull pilota”. No me lo dice con tono caprichoso, su voz suena a incredulidad, a no entender por qué no puede jugar con una pelota con la que siempre ha jugado y con la que nunca ha hecho ningún daño. “¿Le ha quitado la pelota?”, se ha acercado a preguntar la abuela, “Sí”, “Hay que ser atontado, ¡ya ves que mal hace la niña con la pelota!”. Por suerte Laia ha reaccionado bien, y juntos damos un par de vueltas más por la piscina para terminar haciendo el Chao Chao.  Ya no volveremos, es la última vez que hacemos Chao Chao en esta piscina,  la de Can Dragó, la del barrio. Tendremos que buscar otra piscina donde no se prohíba a los niños pequeños hacer uso de los juguetes de los que disponen. A la salida se lo comento a la chica de recepción, ella me dice que son las normas, que no se le puede dejar la pelota porque si no los otros niños también querrán y pueden molestar a los otros abonados. Yo le argumento que no entiendo la diferencia entre jugar con los flotadores, y las pelotas, ¿por qué unos se permiten y los otros no? Poco después de quitarnos la pelota, el socorrista había llamado la atención a los otros niños porque se peleaban con los churros. ¿Acaso unos molestan más que otros? ¿Acaso no está el socorrista para poner orden en caso de desmadre? ¿Es más fácil prohibirlo todo y cortar por lo sano? Si es así no tardará en llegar el día en que no se permita entrar niños a esa piscina porque algunos se hacen pipí, ¿algunos sólo? ¿y únicamente los niños?  Nosotros ya no estaremos para comentarlo después de ver como hoy han visto como lo más normal del mundo quitarle un juguete a una niña pequeña, y más en estas fechas. Por suerte no todo el mundo tiene este espíritu navideño, me alegro de ser testigo de ello.

dilluns, 25 de novembre de 2013

La muerte del verano más largo


“Pues esa es la primera flor del primer día de nuestra nueva vida. ¿Merece o no una foto?”
Desconecto el e-book, he llegado al final del relato justo en el momento en el que mi metro llega a la Plaza España. Una riada de gente me arrastra escaleras arriba, de repente un chico baja las escaleras corriendo salvajemente. Cerca del final se tropieza y cae, a punto de arrastrar consigo a varias personas que subían. La gente se detiene, observa, y una vez han satisfecho su curiosidad continúan su camino, escalón tras escalón, como un rebaño que mansamente se dirige al matadero. Arriba, dos seguratas se asoman a las escaleras. “Menuda leche se ha metido el gilipollas” comenta uno de ellos, él otro sonríe y los dos vuelven tranquilamente al control de billetes. Varios interventores han puesto a los viajeros que salen en cola y revisan que sus billetes sean válidos. La situación no deja de ser humillante, hacer cola para que comprueben que no te has colado, a mi mente me vienen tres palabras, “hijos de puta”. Sí, lo sé, son unos mandados. También los matones cumplen órdenes, incluso los terroristas, ¿no? Para mí no tienen excusa. Los he visto acorralar como lobos a un chaval que en pleno ataque de pánico se bajó a las vías para evitar que lo cogieran. ¿Realmente era necesario llevar a una persona hasta ese punto con tal de meterle una multa por colarse en el metro? Cada día se cuelan miles de personas, miles, y a este pobre miserable casi se lo lleva un tren por el exceso de celo de unos capullos, mientras que en otras estaciones vigilantes mal pagados hacen la vista gorda mientras se le cuelan delante de sus narices. Así es esta sociedad, lo que para muchos es un gesto gratuito a otros puede costarle la vida.
Con esta reflexión me planto en la bifurcación del túnel entre Creu Coberta y Tarragona. Allí en medio un hombre de unos sesenta años toca una guitarra española, nadie se detiene a escuchar o a tirarle unas monedas, yo tampoco, tengo prisa por llegar a la oficina y fichar antes de las nueve. Salgo a la calle y la zona junto a la entrada al hotel Plaza es un hervidero de gente, taxis que esperan y bicicletas que cruzan entre los peatones a toda velocidad. Miro al tráfico, en medio de la plaza, inalcanzable, se encuentra la estatua que soy incapaz de interpretar. Tantos años y aún no sé qué significa. El cielo está gris, es un lunes como Dios manda, triste y desangelado. Camino unos doscientos metros a paso rápido hasta llegar a las oficinas. “Buenos días”, ya han llegado casi todos, conecto el ordenador y le pego un par de golpecitos para que espabile. Me quito la chaqueta mientras espero que aparezca la pantalla para escribir mi usuario y contraseña. Rezo por no equivocarme y tener que esperar medio minuto más para volver escribirlo. Carga la pantalla del escritorio y me lanzo a abrir el navegador, en la intranet vuelvo a escribir mi usuario y contraseña, ya está, ya he fichado. Ahora ya puedo sentarme tranquilamente en mi sitio, sacar las cosas y saludar a mi compañera. Después de eso me quedo mirando por la ventana que tengo enfrente. Hay un edificio, unos balcones. En uno de ellos hay un par de triciclos, abandonados a la lluvia que amenaza con caer durante el día de hoy.  “¿Qué te pasa?, Pareces catatónico” mi compañera me mira con una sonrisa en la boca. Yo despierto y la miro. “Se acabó el verano” le digo, ella me sigue mirando extrañada. “¡Hombre, ya tocaba, estamos en noviembre!”.
Quiero contestarle “Sí, pero aunque llegue tarde, el frío siempre es el frío y pronto nos olvidaremos de los días de calor”, pero las palabras no me salen. Hace dos semanas no tenía ese trabajo, aún estaba en el verano más largo de mi vida. Pero hoy, hoy ya es invierno y el calor ha dejado de ser un problema para convertirse en una bendición. 

dimecres, 30 d’octubre de 2013

Noche de difuntos


El viento aúlla esta noche de difuntos. El cristal de la ventana vibra, parece que hable, “Ramón”, ¿eso ha dicho?

- No puede ser.

El alcalde escucha la voz de la noche, incluso detiene su respiración para poder descubrir si el viento le habla a él, si realmente está diciendo su nombre. “Ramón”, otra ráfaga le confirma la terrible respuesta. Se le ha erizado el vello de la nuca.

- Otra vez no, por favor.

Desearía esconder su cabeza debajo de las sábanas, pero eso hizo el año pasado y tuvo que soportar el ulular del viento hasta el amanecer sin poder dormir. No, esta vez se enfrentará a sus miedos. Se levanta de la cama y su pie descalzo se posa sobre el frío parqué. La madera cruje a cada paso que da. “Ramón” vuelve a insistir el viento. El alcalde se asoma a la ventana y lo ve, al otro lado de la calle, observándole. Lleva el mismo traje gris que llevaba el día de su fusilamiento.

- Maldito.

El alcalde escupe la palabra con toda su rabia. Se aleja de la ventana en dirección al armario donde guarda la escopeta de caza. La carga y vuelve hacia aquella ventana, ahora callada. El viento parece haber cesado de repente. “Seguro que el bromista se ha largado ya”, Ramón mira por la ventana pero  ante su sorpresa, aquel hombre sigue allí. Ni siquiera huye cuando el alcalde abre la ventana y asoma la boca de su escopeta. Dispara. Falla. El hombre del traje gris se mantiene de pie en el mismo sitio. Ahora hace una seña al alcalde, parece que le diga que baje. “Pues claro que voy a bajar, malnacido”. Baja las escaleras y cuando abre la puerta de la casa ve que el hombre está alejándose poco a poco. Cojea, igual que cojeaba Pedro. “¿Quién eres?”, grita, pero el hombre no se gira, sigue caminando, y el alcalde detrás de él, sin acercarse demasiado, temeroso de descubrir que aquella aparición pueda ser un fantasma del pasado. “Bobadas” se dice a sí mismo, intentando calentarse el espíritu mientras su cuerpo se congela al arreciar el viento nuevamente.
El cojo llega a la verja del cementerio, que está abierta. ¿Por qué está abierta? Siempre se mantiene cerrada a cal y canto con una cadena que ahora descansa en el suelo. El alcalde camina hacia el camposanto pensando en el cojo. Pedro, ese era su nombre antes que él mismo diese la orden de fusilarlo, a él y a otros cinco hombres, acusados de rojos. Fue hace muchos años, cuando la venganza era el pan de cada día y la sangre corría generosa. Nunca nadie vino a pedirle cuentas por esas muertes, esos hombres fueron olvidados por todo el pueblo, nadie quiso recordarles. Sus cuerpos yacen en una fosa común en una esquina del cementerio. Y el cojo se dirige hacia allí. Al llegar, Ramón observa con terror que la tierra de la fosa ha sido removida. El alcalde se ve arrastrado por una fuerza invisible hasta el borde de la fosa. Allí están los huesos de aquellos hombres que una vez fueron sus vecinos, los odiaba porque no le respetaban, porque no se sometían a su poder, porque nunca se arrodillaron como sí hicieron los demás. Ellos se lo buscaron. Allí están sus huesos, sus calaveras. Ramón sigue observando esos restos, desearía volverse a casa, pero no puede. Su cuerpo se ha entumecido y las órdenes del cerebro no llegan a las piernas. De repente alguien le empuja y Ramón cae dentro de la fosa. Ha sido el cojo, ¿Pedro? No puede ser, ese hombre murió hace muchos años. El hombre se asoma a la fosa pero su rostro es más oscuro que una noche sin luna. Comienza a caer tierra dentro de la fosa, alguien o algo está intentando enterrarlo vivo. Ramón lucha con todas sus fuerzas por salir, pero algo lo retiene, él juraría que son los huesos de la fosa que han recobrado la vida para vengarse. “Ramón”, esta vez son varias las voces que corean su nombre al unísono. Y el alcalde sabe que esta noche de difuntos pagará con su alma el precio de sus pecados.

dimecres, 23 d’octubre de 2013

No matarás



“Punto final”. Pulsé sobre el icono de impresión y tomé un largo sorbo de café mientras esperaba que apareciese aquel documento sobre la bandeja de la impresora.  Estaba frío y amargo, apuré la taza y la dejé encima de la alfombrilla del ratón. Comprobé que las hojas se hubieran impreso correctamente antes de cerrar el editor de textos. Ya sólo me quedaba hacer una cosa. Me puse los zapatos y cogí la gabardina. Fuera hacía frío, el invierno presentaba su tarjeta de visita. Segundos después volvía a entrar en el apartamento a buscar el documento que había olvidado encima de la cama mientras cogía la gabardina del armario. Mientras esperaba el ascensor noté un cierto tufillo que se expandía por el rellano proveniente de la casa del vecino. Salí a la calle y corrí como un loco, esquivando la gente, hasta llegar al templo de Dios. Entré sin atreverme a tocar el agua bendita. Busqué un confesionario y cuando lo encontré me arrodillé  delante de la rejilla que ocultaba al sacerdote que debía perdonarme.

“Padre, vengo a confesarme”
“Adelante hijo”
“He violado el quinto mandamiento”
“¿No matarás?”
“Sí, padre. Soy un asesino”
“Pero eso, ¿cuándo ha sido? ¿En esta ciudad?”
“Sí, padre. Aquí tengo las pruebas”

Entregué las hojas al sacerdote y esperé a que las leyera por encima.

“Pero hijo, esto es una novela”
“Sí, la he escrito yo. ¿Podré ser perdonado?”
“¿Pero por qué te he de perdonar? ¿Quién ha muerto?”
“Mi protagonista. Lo asesiné, lo estrangulé cuando faltaban dos hojas para acabar”
“Hijo, no te debes preocupar”
“¿Quiere decir que me podrá perdonar, padre?”
“Por supuesto, no hay ningún mal en matar un protagonista de una novela”
“Por favor padre, deme su perdón”
“Quedas perdonado del pecado de matar al protagonista de tu novela. Anda hijo, vete que hay gente esperando”

¡Qué liviano me sentía!, cual Dorian Gray que se exime de sus responsabilidades descargándolas en el corrupto y diabólico lienzo de su retrato. Por fin podría publicar aquella novela biográfica dedicada al vecino que no dejaba de molestarme con sus fiestas hasta altas horas de la noche. Ahora ya podría buscar una nueva víctima para mi próximo libro. Rápidamente me vino a la memoria aquel amigo de mi mujer que me caía tan mal …

dijous, 17 d’octubre de 2013

El carrer dels maus

- ¡Paquiiiiiiii! ¡Pepiiiiii!

La petita Laia va aparèixer sobtadament pel cantó del carrer que va a donar al carrer Gran. Crida com una possessa mentre camina fent petits salts, amb l’esquena ben recta i marcant cada pas que fa.  Aquesta forma tan peculiar de caminar atreu l’atenció de tothom que la veu. Les dues iaies més carismàtiques del carrer Grau estaven parlant animadament amb el senyor Pere i la Montse. Tots quatre es van girar cap a aquella nena que els va robar el cor tan mateix la van conèixer, ja fa uns mesos d’això.

- Laia, felicitats! – va cridar la Paqui.
- Vina cap aquí que et faré un petó ben gros!

La Pepi va córrer cap a la petita i la agafà en braços. La Laia riu com una boja, com li agrada que la estimin! El Pere i la Montse també s’apropen a felicitar-la i fer-li uns petons. Però l’amor que senten per ella la Paqui i la Pepi és una cosa especial, per elles és una més de la família, la estimen con si d’una altra besnéta es tractés.  La Laia aviat perd l’interès en els petons i centra la seva atenció en les polseres de la Pepi, que li deixa la que sempre li demana.

- Laiaaaaaa!

La nena es gira per veure com arriba el Ken a la seva moto a tota velocitat. La cara del nen, com sempre que veu la Laia, s’omple d’alegria.  Keeeeennnnnnnn!, contesta ella, no menys contenta de veure al seu gran amic, sempre remarcant la “n” final. I com es posa quan veu arribar segons més tard a la mama del Ken portant el cotxet amb el petit Nil. “Niiiiil, Mama Niiiil”. S’oblida del Ken i de les iaies per anar corrent amb el seu moviment de cames de Charlot cap al cotxet. S’acosta fins a ell i saluda un altre cop al Nil, que al principi posa cara de no entendre res fins que acaba posant un somriure ben maco. Si la Laia estima al Ken, no és menys la devoció que té pel petit Nil.

- Laia, perquè no agafes la teva moto i fas una carrera amb el Ken?

La Laia va fer cas de la seva mare i pujà a la seva moto rosa de la Hello Kitty. Ella i el Ken comencen a córrer pel carrer. Quan passen al costat de l’home de la Montse tots dos saluden “Hola Vicens”, i continuen corrent per visitar a cadascú dels gats del carrer. Primer saluden al Limbo, un gat persa molt vell i molt maco. Després al Vitto, un gat blanc al que la Laia s’estima molt. Una mica més enllà està la casa dels dos amics més grans de la Laia, el Marc i la Mariona, dos germans que s’estimen a la Laia com si fos una germana petita. La Mariona uns mesos abans li havia donat a la Laia la seva primera bombeta que va fer esclatar amb molta emoció. I també li deixaven la pilota i els patinets per a que ella jugués com ells. Llàstima que sempre tenien molts deures i no podien jugar tot el que volien amb ella, i en aquesta època de l’any ja era més difícil coincidir al carrer, començava a fer fred i es feia de nit molt d’hora. “MonaMarc!”, sempre que passava al costat de la casa d’aquells nens els cridava igual. De vegades ells apareixien per la porta, altres vegades no hi sortia ningú, aquest cop va aparèixer la Mariona. La Laia es va dirigir cap a ella. La nena, d’uns set anys, l’abraça i li fa un petó. “Haig d’entrar que tinc que acabar els deures”, li fa un altre petó i s’acomiada dels dos petits. La Laia i el Ken continuen el seu camí que els ha de portar fins la caseta del Puma i de la Negri. Allà hi és la dona que els dona el menjar a aquests dos gatets, i també a la Nina quan aquesta apareix, cada cop menys. “Hola Manoi”, la Manoli saluda a la Laia “avui és el teu aniversari, oi? Quants anys fas?”, “Dos” contesta la Laia mentre intenta treure dos dits de la seva mà dreta amb poc èxit.“Pumaaaa” crida, el gat gris està menjant unes sardinetes, mentre que la Negri es troba darrera d’ell, amb una mica de pernill  dolç. “Vull baixar” diu la Laia mentre intenta abaixar-se ella soleta de la moto. Ni ella ni el Ken veuen la figura gris amb sabates vermelles que els observa des de la cantonada, al final del carrer. La Laia cau al intentar baixar, està a punt de plorar, però la Manoli aconsegueix evitar-ho. “Ui, t’has fet mal? No, oi? No ploris per què si no el Puma es marxarà sense sopar”. La Laia es tranquil·litza i cap llàgrima cau dels seus ulls. La figura gris de la cantonada s’esvaeix com una ombra dins la foscor que anuncia l’arribada de la nit. El Ken baixa també de la seva moto i tots dos petits de dos anys es queden penjats de la porta verda mirant com sopen el Puma i la Negri. Però es cansen aviat i tornen a apujar-se a les seves motos,  “Adeu Manoli” diu la Laia mentre comença a córrer cap a nosaltres.  Més tard arriben l’Alba i la Nona, totes dues són rebudes amb gran rebombori per la Laia. També passen per allà la Georgina, la Maria, el Gabriel, i un munt més de gent, a tots els coneix la Laia i tots la saluden mentre juga amb els seus amics. Fins que arriba el moment en que el Ken ha de marxar. La Laia vol entrar a casa seva, sempre ho intenta  amb el mateix resultat. El “papa Ken” l’agafa al coll i la retorna als seus pares “Avui no, que tenim verdura per sopar”. “Laia, ens hem d’anar a banyar” diu la mare de la Laia, “Avui no banyar, avui no cremetes, sopar”, sempre el mateix. Menys mal que darrerament li agrada més el bany i les cremetes li serveixen per a aprendre “el Petit Príncep” de memòria. Abans de marxar del carrer Grau uns petons a la Paqui i a la Pepi, al Pere una encaixada de mans, i a la Montse una abraçada. Els iaios, que han arribat a última hora ens acompanyen fins a la porta de casa, allà la Laia els llença petons a través dels vidres del portal mentre ells marxen cap a casa. Acaba una altra tarda de joc al carrer dels gats, al carrer dels maus.

divendres, 11 d’octubre de 2013

La caspa

- Adelante.
- Hola Jefe.
- Hola Jordi. ¿Qué querías?
- Bueno, es un tema delicado. Usted sabe que llevo trabajando aquí treinta y cinco años.
- Sí, claro. Has hecho un buen trabajo en estos años.
- Pues bien, al principio de entrar aquí me pidió que hiciera unas horas extras gratis cada mes por el bien del conjunto de la empresa. En todo este tiempo no me he quejado de esas horas extras, aunque he visto que la mayoría hacen jornada reducida, un par hacen las horas justas de trabajo, sus ocho horas, y sólo hay dos más que como yo hacen horas extras cada mes sin cobrarlas.
- ¿A dónde quieres llegar a parar?
- Pues que la cosa en mi casa ahora está muy mal, y necesito dejar de hacer esas horas extras o que se me paguen a un precio justo.
- Pero Jordi, ya sabes que todos trabajáis según vuestro convenio. Todos tenéis las horas que pactasteis a la hora de ser contratados. A ti ya te dijimos que tendrías que hacer horas.
- ¡Pero es que llevo treinta y cinco años así!
- No te quejes, que con el anterior jefe aún era peor.
- No compare jefe, aquel era un dictador, con perdón.
- No exagere, Jordi, don Francisco fue un ejemplo para mí, mi maestro.
- El caso es que necesito que cambie lo de las horas extras. O me las paga o me las quita.
- ¿Y si no?
- Si no cambia la situación no me quedará otra salida que irme de la empresa y ponerme de autónomo.
- ¡Ja!, ¿Estás loco? ¿En estos momentos de crisis crees que te puedes poner de autónomo?
- Considero que tengo suficiente experiencia y conocimiento del negocio como para hacerlo.
- Hazlo y ningún cliente te contratará. El gremio no te aceptará.
- ¿Por qué no me aceptará?
- Porque ningún elemento se puede marchar de las empresas del gremio y ser aceptado como un miembro más.
- ¿Dónde está escrito eso?
- No te aceptarán porque lo digo yo.
- Entonces entiendo que no me va a quitar las horas extras.
- Ahora no es el momento, Jordi.
- Durante treinta y cinco años nunca ha sido el momento.
- No puedo permitir hacer diferencias contigo. Los demás se sentirán discriminados.
- ¿Y yo no me puedo sentir discriminado?
- Vamos Jordi, que durante estos años nos ha ido muy bien a los dos. ¿Por qué vas a joderlo todo ahora?
- Porque no me deja otra alternativa. Estoy al borde de la quiebra y si no espabilo me voy a la mierda.
- Bueno, piénsatelo. Mientras tanto vuelve a tu sitio de trabajo.

El trabajador se va del despacho sin decir adiós. Pocos minutos entra la secretaria, muy nerviosa.

- ¿Qué pasa Alicia?
- Don Mariano, ¿qué sucede?, Jordi está recogiendo sus cosas y dice que se marcha.
- No tendrá huevos.
- ¿Pero por qué se va?
- ¡Dice que le tratamos mal y ahora se va sin ni siquiera intentar dialogar!
- Hombre, me ha dicho que tiene un problema económico muy grave y que se siente discriminado porque hace muchas horas extras en la empresa sin que se le paguen. Quizás se podría llegar a un acuerdo para remunerarle esas horas extras, compensárselas de alguna manera.
- ¿Qué pasa? ¿Tú también estás de su parte? Alicia, una palabra más y te vas con él.
- Perdone don Mariano, no quería ofenderle.

Alicia abandona el despacho haciendo unas cuantas reverencias peloteras a su jefe. Él no le hace ni caso. Baja la vista a los papeles que tiene en la mesa pero su atención se concentra en el polvillo blanco que hay encima de estos.

- ¡Maldita sea! Me voy a tener que comprar un champú de esos anticaspa, esto ya comienza a ser insoportable.

dijous, 26 de setembre de 2013

Amores pequeños

- Estás loca.
- Lo sé.

Lisa evitó la mirada de Laura, con gesto nervioso buscaba en su bolso de color morado. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Laura percibió un ligero temblor en aquellas manos tan pequeñas. No era para menos.

- ¿Cómo le conociste? – Laura necesitaba romper aquel silencio tan molesto.
- En la compañía de teatro. Él era uno de los niños que actuaba en una obra que su escuela iba a representar en Navidad. Lo típico que hacen en esas fechas para que los padres se sientan orgullosos de sus hijos, ya sabes.

Laura lo sabía, sí. Ella misma había actuado alguna vez, y todos decían que no la hacía nada mal. Sus padres presumían entonces de tener una hija brillante, bien educada y con un gran futuro por delante, un futuro que se truncó en el instituto. Para Laura aquellos eran recuerdos dolorosos de un pasado lleno de porvenir.

- Es una escuela privada con mucha pasta, pagaron muy bien a mi compañía para que les ayudáramos a preparar la obra y que todo saliera bien. Los padres satisfechos siempre son más generosos a la hora de soltar la mosca.
- ¿Qué obra ensayabais?
 - La típica, “Cuentos de Navidad”.
- ¿Y tú también actuabas?
- No, no. Sólo los niños. Nosotros únicamente les decíamos cómo tenían que hacerlo.
- No sabía yo que tenías esa vena artística.
- Toda mi familia se ha dedicado de siempre a la farándula. Lo que pasa es que en estos tiempos las cosas están muy mal y con el teatro no se vive.
- ¿Por eso te hiciste prostituta?
- Y no me arrepiento. Ahora me puedo dedicar al teatro como hobby.

Lisa llegó al prostíbulo en la misma época que Laura. Pero mientras que Laura ya había ejercido a la fuerza, Lisa no tenía ninguna experiencia, llegó virgen. Doña Desiré hizo una jugada muy hábil y esperó un tiempo hasta que consiguió un cliente que pagó una gran cantidad por desvirgar a una enana. Lisa era la más famosa de las prostitutas de la casa por dos razones: por haber conseguido la cifra más alta por una noche y por supuesto por su estatura. Un metro y veinte centímetros. De hecho, su nombre verdadero no era Lisa, sino Dolores, pero prefería que en el trabajo le llamasen Lisa, el nombre de la mujer de David el gnomo.

- ¿Y qué pasó?
- Pues que conocí a ese niño, Lluc.
- Eso ya lo sé, me refiero a cómo llegasteis a enamoraros.

- A mí me gustó desde el primer momento. Sus rizos rubios, ojos grandes azules, de largas pestañas. Y lo que más me gusta de él es su silencio. Habla muy poco, siempre parece estar meditando, nostálgico. Cuando lo observo se me pone la piel de gallina, pero no de miedo, si no de deseo. Desearía abrazarlo, comérmelo a besos.

Lisa había levantado la mirada hacia Laura. Sus ojos brillaban de ilusión al hablar de aquel niño.

- ¿Y ya lo hiciste?
- ¿El qué?
- Me refiero si ya te lo comiste a besos, boba. No pensarás que estoy hablando de…

Lisa volvió a mirar al suelo, la vergüenza le volvía a impedir enfrentarse a los inquisitivos ojos de su amiga y compañera.

- ¡No me jodas Lisa! ¿Te has cepillado un niño de doce años? ¡Estás peor de lo que pensaba!
- No pude evitarlo. Estábamos en los camerinos, nos habíamos quedado rezagados porque yo le estaba corrigiendo el diálogo de una escena. Mientras yo le enseñaba el tono de voz correcto, él me miraba absorto, embobado, ¡tan dulce!
- Y te lanzaste encima suyo.
- No, fue él quien se lanzó encima de mí. Sin decir nada, me besó con tanta pasión que jamás había sentido algo parecido. Lo abracé, mis brazos apenas llegaban a rodearlo, pero tenía tantas ganas de abrazarlo que casi le rompo las costillas.
- Lisa, lo tuyo es muy grave, en serio. Debes dejar de verlo.
- No puedo Laura. Los dos estamos muy enamorados.
- ¿Y cómo hacéis para veros?
- Los domingos por la tarde, él dice a sus padres que va al cine con compañeros del colegio. Realmente vamos al cine, pero no vemos la película. A veces nos vamos al lavabo y nos lo montamos allí, otras veces nos sobamos en la butaca.
- ¿Y no te da miedo de que os vean?
- No hay peligro, apenas hay gente en las salas. Vamos a películas poco comerciales, y tal como está el cine actualmente… no viene por allí ni el acomodador.
- Lisa, estás jugando con fuego.
- Lo sé, pero no tengo miedo a las quemaduras. Quiero quemarme. Por primera vez en mi vida alguien me ve como una persona normal, no como un monstruo.
- ¡Yo no te veo como un monstruo!
- Tienes razón Laura, perdona. Pero me refería a los hombres, a encontrar alguien que me quiera tal como soy, no a la cantidad de pervertidos que hay que sólo me ven como una rareza con la que quieren montárselo para poder contárselo a otros pervertidos.
- ¿Y qué pasará cuando él crezca y conozca a otras chicas más altas que tú?
- Él no me mide por mi estatura, me mide por mi persona. Y para él soy gigante.
- Lo sé, Lisa. Eres de las mejores personas que conozco y por eso me preocupo por ti. Creo que te equivocas.
- ¿Y quién no se equivoca? ¿No te equivocaste tú también hace años? Todos tenemos derecho a equivocarnos, la vida es para que nos equivoquemos día tras día y aprendamos de nuestros errores.

Laura se dio cuenta de que Lisa tenía razón y ya no quiso discutir más. Estamos en esta mierda de mundo para equivocarnos a diario, ¡qué mejor que equivocarnos por amor!

dilluns, 9 de setembre de 2013

El final del verano

Como cada noche, ella me coge la oreja y cierra los ojos. En breve estará soñando con mundos de fantasía llenos de chocolate, niños y animales. Pero esta noche no es una noche normal, es la última del verano. Ella no lo sabe, pero mañana dejará atrás personajes y escenarios que no volverá a ver en un tiempo, quizás meses, quizás años, puede que nunca más. Es el primer final de verano de su vida, espero que sufra muchísimos más, pues cada final de verano que se llora representa haber vivido unos cuantos días que jamás se olvidarán.

En su caso será imposible que recuerde que durante unos días jugó con Joana y Mariona, las niñas que conoció en el camping de la Cerdanya y que iban a buscarla para ir a jugar a horas intempestivas, después de su biberón de la noche. Ha sido la primera vez que sale de noche de fiesta con unas amigas.
Tampoco recordará haber jugado con una perra labrador llamada Neska, como su prima peluda, ni con Arena, Xiulet, Bril o Curro. ¡Cuántos perros, gatos y pájaros!, imposible recordar el nombre de todos.
Y como no, este será el verano que aprendió la palabra chiringuito, bueno, “el guito”.  Allí conoció a Fran, Cristina y Eli, los camareros que cada vez que la veían pasar la abrazaban y besaban como si fuera una hermanita pequeña. Incluso Fran compitió por el título de “el nene más guapo del mundo” contra papá, sin éxito, claro.
El último día de las vacaciones ha sido triste, como tenía que ser. El tiempo nublado, lluvioso, nos avisa que el otoño está a la vuelta de la esquina. Pero Laia no ha llorado porque esto se acaba, por suerte aún no se da cuenta de lo que representa el día de hoy. Ya tendrá tiempo de llorar porque se acaba el verano, como todos nosotros hicimos alguna vez.

dissabte, 31 d’agost de 2013

Aquel perro fiel


La prórroga estaba a punto de comenzar, le quedaba poco tiempo. Abrió la puerta del frigorífico y sacó la botella de calimocho que se había preparado por la tarde mezclando un Viña Tondonia con cola de la marca blanca del Eroski. Le gustaba hacer las cosas a lo grande. Cogió el plato donde había puesto el bocadillo de bonito y se lo llevó todo al salón. Se sentó en el sofá para ver el partido mientras se comía el bocadillo, con el plato encima de sus rodillas y la botella en el suelo. A su lado tenía el móvil, silencioso, ¿y qué pasaba con el whatsapp? ¿Se habría desinstalado solo? No, comprobó que allí seguía, sin alteración alguna, el último mensaje de hace un par de meses. "Goool de Hazard", se oyó de repente la voz del comentarista en la televisión. Levantó la mirada y vio que el Chelsea había metido gol, instintivamente dio un bote de alegría y parte del bonito le saltó del bocadillo a la camiseta. Aquella camiseta azul tan bonita. Había intentado que su jefe le enviara una desde Londres, firmada por él, así le podría vacilar a sus colegas. Pero nunca la recibió, estaba seguro de que se la habían perdido los cabrones de Correos, menudos chorizos. No se atrevió a preguntarle a su jefe, le daba vergüenza. Cuando vio que la camiseta nunca llegaría se le ocurrió una gran idea, la segunda equipación del Madrid este año es una copia de la del Chelsea, mataría dos pájaros de un tiro, sus dos equipos unidos por una camiseta. El día que se fue, su presidente le dijo, por whatsapp, que podía contar con él para lo que hiciera falta, ese había sido el último mensaje que había recibido. "¿Me puedes conseguir la segunda equipación de esta temporada?", le preguntó, pero no le contestó. Esperó hasta esa misma tarde y, como vio que ya se acababa el tiempo, decidió ir a comprar la camiseta a los chinos de abajo, que la tenían por treinta euros. Apenas le había durado dos horas limpia. Un inmenso lamparón se extendía por el pecho, junto al sagrado escudo del equipo más grande de todos los tiempos. "Mierda" pensó, y siguió comiendo el bocadillo a toda prisa sin quitarle ojo al partido. Al menos su equipo ganaba.
Terminó el bocata a falta de un par de minutos para el final de la prórroga. No había querido probar el calimocho, su idea era festejar la victoria tomándose la botella de dos litros entera. En la pantalla apareció su antiguo jefe moviendo los brazos hacia el público. ¡Qué grande!, pensó, y decidió que era el momento perfecto para enviarle un whatsapp a su maestro. "Felicidades Mister", estaba a punto de enviarlo pero antes miró un momento a la pantalla de su televisor. Allí vio a sus antiguos compañeros, todos siguiendo nerviosos el final del partido en aquel banquillo que podía haber sido el suyo, ¿por qué no pudo ser?
Estuvo a punto de borrar el mensaje pero en el último momento se dijo que no podía traicionar a sus amigos, que él era parte de ellos y que les alegraría comprobar que él seguía allí, compartiendo sus victorias como si fuera uno más. Envió el mensaje.
"Goool de Javi Martínez", volvió a levantar la cabeza, no era posible. A falta de tres segundos habían empatado. "La he cagado", pensó.
El partido terminó, su equipo había sido derrotado. ¡Qué injusticia!, otra vez habían acabado con diez, los árbitros perseguían claramente a su jefe. Pero ahora ya no podía salir ante la prensa a denunciarlo, eso ya era cosa del pasado. Decidió llamar a un colega suyo periodista del As, necesitaba desahogarse.

- ¿Sí?
- Las imágenes están ahí, todos las habéis podido ver.
- ¿Quién eres?
- ¿Quién va a ser? ¿No me reconoces?
- ¡Ah, sí!
- ¿Ahora ya sabes quién soy?
- [Click]

Le había colgado. Se quedó con el móvil en la mano, sin dar crédito a lo que le había pasado. Vaya noche. Menos mal que aún le quedaba la botella de calimocho.

dijous, 1 d’agost de 2013

Una tarde en la piscina - 2

El último día del curso de natación. Bueno, lo de natación es un decir, con Laia nos conformamos con que aguante en la piscina sin llorar. Ha sido durante el curso la niña más famosa porque se hacía notar. Durante ocho clases, tres semanas, no hizo más que llorar y llorar, que dice la canción. Yo no sabía que hacer, veía el resto de niños contentos, disfrutando de la media hora de agua, mientras mi hija lloraba y decía "No quema, no". No tengo ni idea de por qué decía esa frase, pero lo que sí que sé es que no significa nada bueno, era un mantra repetido constantemente durante esa media hora entre lloros. Los monitores ni se me acercaban, nos daban como un caso imposible hasta que... hasta que el noveno día resucitó.
Todo empezó con lloros en el vestuario, lloros en la ducha antes de entrar, lloros mientras caminábamos hacia la piscina y lloros entrando en la piscina. Hasta que le dije "mira a Álex, qué bien se lo pasa", fue comenzar a interactuar con ese niño y dejar de llorar. No lloró en la media hora de clase, y fue fantástico. Después hemos tenido varias clases alternando lloros con tranquilidad, pero mucho mejor que la etapa anterior a ese día. Y hoy ya llegamos al final. Lejos queda el primer día, aquella caca flotando en el agua. Hoy vamos papá y mamá con ella, se da cuenta de que es un día especial. Se abraza a uno, ahora con el otro, "hola Joan" le dice al monitor, seguro que éste la echará de menos. Desde luego Laia siempre busca ser la estrella, de una manera u otra, en su mejor versión y en la peor. "Debéis seguir intentándolo con paciencia" nos dice Joan. Sabemos que hay mucho camino por delante, acaba el curso odiando más el agua que cuando comenzó. Pero ahora iremos ella y yo solos, por las mañanas, y seguro que disfrutamos mucho yendo a nuestro ritmo.
Quien sabe, quizás un día muy lejano leemos este post y nos reímos a carcajada limpia recordando estos momentos y pensando en como cambió Laia hasta llegar a ser una gran nadadora olímpica, estaría bien.



divendres, 26 de juliol de 2013

Alvia

Vio las imágenes en su teléfono móvil. Por un momento le pareció estar viendo el trailer de una película apocalíptica de ciencia ficción, protagonizada por Tom Cruise o Will Smith. Pero no era una película, esas imágenes eran reales. Un tren entrando a toda velocidad en una curva y comiéndosela de lleno, similar a las colisiones brutales de los fórmula uno pero con una diferencia. Una única diferencia pero muy importante. En el fórmula uno solo va un piloto profesional, preparado y bien protegido. En este tren había unas doscientas cincuenta personas completamente alienas al destino que les esperaba tras el próximo segundo.
Intentó imaginarse los pasajeros, la gran mayoría preparándose para bajar en breve, seguramente una voz en off habría ya avisado de la próxima llegada a la estación de Santiago de Compostela, y todos estarían de pie cogiendo sus maletas, sus mochilas, abriendo los cochecitos de bebé. Nadie se daría cuenta de que la velocidad no era la adecuada, a esas alturas del viaje lo que se quiere es llegar lo más pronto posible. De pronto el tren se movería violentamente de un lado a otro lanzando a la gente sobre las ventanas y los asientos, y sin tiempo para preguntarse qué ocurre, el golpe. Un impacto contundente, como una bomba que revienta en pleno rostro dejándote a oscuras, con los oídos pitando y sin capacidad para respirar. Para algunos, muchos, esa oscuridad será ya eterna. Un segundo antes cogiendo las maletas de la parte superior de los asientos, un segundo más tarde nada. Absolutamente nada. Otros vivirán una tortura antes de la muerte, dolor mortal durante horas, hasta el último estertor. La angustia de familiares y amigos, móviles sonando en los bolsos y bolsillos de cuerpos sin vida, "deje su mensaje tras oír la señal", correos electrónicos y mensajes enviados ese segundo antes, "ya estamos llegando", y que el destinatario jamás será capaz de releer, pero tampoco se atreverá a eliminar porque sería como traicionar a esa persona, a ese ser que un día fue y que ahora ya no es.

Y después de ver las imágenes, de recrear ese último segundo, él se preguntará por qué, cómo y si se podría haber evitado. Mejor dicho, ¿por qué no se evitó? ¿por qué falló el ser humano? ¿por qué fallaron los mecanismos?  Ya es tarde para salvarlos a ellos, pero se tendrá que resolver estas preguntas pronto para salvar a otros, quizás para salvarte a ti, querido lector/a.

dijous, 4 de juliol de 2013

The independence day / El día de la independencia

Dear european friends, today we celebrate The Independence Day. I'm relaxing at my garden, drinking an orange juice while I read my favourite newspaper. Well, what have we got here?
Mmm, Evo Morales' plane is rerouted to Vienna on suspicion Snowden on board. Aha, this boy thinks that he can flight all over Europe with an enemy of America who has put on danger our security explaining to the world that USA spies even its european colleagues. Maybe that's true, but a good american patriot will never betray his country telling the truth. No one needs the truth but security. At least, European countries have shown his prudence and good sense avoiding that this indian boy made a crazyness. Now Latinoamerica is annoyed cause they think that  USA and Europe not consider his opinion.  It's time they realize, ha ha ha. We don't need his opinion, we need his resources and his cheap workers.

Let's see the next news...Egiptian army  ousts Mursi and orders new elections. Ha ha ha. That's democracy. We respect the results if they are what we like. It's ok, people who voted for Muslim Brothers didn't know what they did, they can't represent a democratic country. It's been necesary that army laid down the law. Now It will be possible to make tourism safely by that area, always that they don't repeat the algerian story, when algerian army didn't accept the results of democratic elections which gave victory to muslim party. It was the start of decades of terror. Uf, in this case I prefer wait some years before to visit Egypt.
Damned, juice is over!


Queridos amigos europeos, hoy celebramos el Día de la Independencia. Estoy descansando en mi jardín, bebiendo un zumo de naranja mientras leo mi periódico favorito. Bueno, ¿qué tenemos aquí?
Mmm, el avión de Evo Morales se redirige a Viena por sospechas de que Snowden viaja a bordo. Ajá, este chico piensa que pueda volar por toda Europa con un enemigo de Estados Unidos que ha puesto en peligro nuestra seguridad explicando al mundo que espiamos incluso a nuestros colegas europeos. Tal vez eso sea cierto, pero un buen patriota americano nunca traicionaría a su país diciendo la verdad. No se necesita la verdad, sino seguridad. Por lo menos, los países europeos han mostrado su prudencia y sensatez evitando que este indígena hiciera una locura. Ahora Latinoamerica está molesta porque creen que EE.UU. y Europa no tienen en cuenta su opinión. Ya era hora de que se dieran cuenta, ja, ja, ja. No necesitamos su opinión, necesitamos sus recursos y sus trabajadores baratos.
Veamos la siguiente noticia ... ejército Egipcio expulsa Mursi y ordena nuevas elecciones. Ja, ja, ja. Eso es democracia. Respetamos los resultados si son lo que nos gusta. Está bien, las personas que votaron por los Hermanos Musulmanes no sabían lo que hacían, no pueden representar a un país democrático. Ha sido necesario que el ejército pusiera las cosas en su sitio. Ahora será posible hacer turismo de manera segura por la zona, siempre que no se repita lo que pasó en Argelia, cuando el ejército argelino no aceptó los resultados de las elecciones democráticas que dieron la victoria al partido musulmán. Fue el comienzo de décadas de terror. Uf, en ese caso será mejor esperar unos años antes de visitar Egipto.
Vaya, ya se me ha acabado el zumo.

dimarts, 2 de juliol de 2013

Una tarde de piscina

Era todo un desafío. Llevaba días pensando en el momento en el que tendría que meterme en la piscina con Laia. Por primera vez este año. Habíamos hecho varios intentos de introducirla en mar o piscina, pero en ambos casos el agua estaba muy fría y ella tampoco estaba mucho por la labor. Así que el comienzo del curso de iniciación para bebés era el momento culminante en el que debíamos dar un paso adelante, sin excusa posible para no hacerlo. Aquí el agua no estaba fría, más bien "demasiado caliente". También había más niños, por lo que Laia debía sentirse más animada para probar el agua. Como digo, no había excusas.
Así que cogimos la bici y en un momento nos plantamos en las piscinas municipales. Yo veía que ella lo observaba todo en silencio, más callada que de costumbre. Entramos en los vestuarios. "Mama" dijo, pero no, allí no estaba mamá. De hecho los vestuarios estaban vacíos. Primero me cambié yo y después la cambié a ella. Así ella veía que los dos íbamos a hacer lo mismo. No me costó demasiado cambiarla, ella en ningún momento se quejó, "bueno, la cosa va bien", pensé. "Mira Laia, una altra nena", un padre entraba en los vestuarios con aire despistado llevando un carrito en el que iba sentada una nena más pequeña que mi hija. "Hola, ¿cómo van las taquillas?", "con candado" respondo.

- ¿Sabes si lo venden aquí?
- Ni idea, yo lo traje de casa.
- Vale, pues voy a preguntar.

De nuevo nos quedamos solos, mi hija y yo. Ya estamos preparados, yo con mi bañador y mi gorro elástico, Laia con su pañal de piscina y unos calcetines también de piscina; no le falta un gorro elástico que no tengo yo muy claro dónde acabará, no deja de jugar con él, poniéndolo y sacándolo. "Anem Laia", la cojo en brazos y me la llevo a la ducha. Sus primeras quejas, odia la ducha pero aún así consigo darle un remojón. Y por fin a la piscina. Al fondo está la infantil, esperamos un rato porque hay otro curso de niños de unos cinco años. Mientras tanto, comienzan a llegar otros padres con sus bebés. Los monitores nos animan a dejar a los niños en la piscina, sin pasar de la zona de acceso, donde el agua no les cubre. Poco a poco parece que Laia coge más confianza. Ve como los otros niños chapotean en el agua y ella los imita. La cosa va bien. Los niños mayores abandonan la piscina y ya por fin comenzamos nosotros. "Mamás y papás, coged de las axilas a vuestros niños y acompañadlos por la piscina, que toquen el agua con los labios, que nos le hará ningún daño". Laia se queja un poco, al principio, pero acaba sonriendo mientras la deslizo por el agua. Abre la boca y con la lengua toca el agua, "Laia, no beguis l'aigua", pero ella pasa de mí. De todos modos no me puedo quejar, por ahora todo va sobre ruedas. La animo a chapotear con los pies y ella lo prueba con alegría. Ya estoy en la segunda vuelta por la piscina, veo algo flotando en el agua, parece musgo. Avanzo un poco más y veo que hay más cosas flotando, no es musgo, está claro. Algún niño se ha cagado, miro alrededor pero no detecto la fuente de la contaminación. A ver si... abro un poco el pañal de Laia por la espalda y sale un líquido marrón. ¡Dios mío, no! Ya no hay tiempo para dar más vueltas, rápidamente llevo flotando a Laia hasta la orilla. Me cruzo con uno de los monitores, "Se ha cagado", le digo. "¿Sabes dónde limpiarla?", "Sí, sí, he visto un cambiador en los vestuarios". Llevo la niña en brazos hasta el vestuario, me llega el olor ácido de la caca. Aún en brazos la niña, saco un pañal y toallitas de la taquilla y me llevo todo al cambiador. ¡Dios!, no hay forma de cambiarla. No puedo estirarla porque del pañal mojado no para de salir un caldo marrón que salpica todo el cambiador. No me queda otra que quitarle el pañal de pie. Intento hacerlo encima del cambiador para no ensuciar el suelo de los vestuarios, ella intenta mantener el equilibrio sin resbalarse en ese caldo asqueroso. Los niños que antes estaban en la piscina me observan a mi espalda. No oigo lo que dicen pero puedo imaginarlo. Por fin consigo quitarle el pañal de piscina, lo tiro en una papelera que hay al lado. ¡Cómo huele!. Laia tiene el culo y las piernas manchados de caca. La limpio como puedo con las toallitas, uso también más toallitas para limpiar el pobre cambiador que ha quedado hecho un cristo. Me cepillo medio paquete de toallitas en la operación. No le puedo poner aún el pañal normal porque no está limpia del todo, por lo que me la llevo a la ducha. Nos duchamos juntos, ella en mis brazos. Por fin está limpia, de todos modos la bañaré bien cuando lleguemos a casa. La visto, me visto yo después, y nos marchamos sin volver a la piscina. No quiero ni imaginar la cara de los otros padres al ver que sus hijos están aprendiendo a nadar en medio de trozos de caca. ¡Joder, qué asco! ¿Pero qué se puede hacer si la nena ha tenido un apretón de diarrea y no sabe decirlo? Sólo espero que con una experiencia haya sido suficiente y no vuelva a pasar. El miércoles volvemos, a ver si nos dejan entrar en la piscina.

dijous, 27 de juny de 2013

El actor


Todo empezó a la hora de la sobremesa. Estaba yo a punto de apagar la televisión, preocupado porque aún no había definido ninguna idea para el "retall" de la semana, cuando de repente apareció el anuncio de Vitroclen en la pantalla.

https://www.youtube.com/watch?v=tutQc-5jfZY

De nuevo me volví a fijar en aquel tipo de la bata azul, "es clavado al Cañita Brava" pensé, pobre hombre - con todos los respetos a Cañita Brava que al fin y al cabo cobra por parecerse a sí mismo y por actuar a su manera-. Me pregunté quién narices era este personaje de la bata azul, ¿será realmente un técnico especialista en vitrocerámicas? Seguro, tan feo no puede ser otra cosa - otra vez, con todos mis respetos a los señores técnicos que van con bata azul-. Me puse a buscar en el Google, alias, EL PUTO AMO QUE TODO LO SABE, y dí con la respuesta a todas mis preguntas, bueno, a todas las que tenían que ver con el supuesto especialista en vitrocerámicas de gran parecido con el supuesto artista Cañita Brava.
Se trata de un actor llamado Rafa Casette. Sí, el nombre la verdad no ayuda a dar una imagen seria de este profesional de la escena, que ha cedido su rostro a anuncios en España y en Italia, ha salido en series españolas e incluso ha hecho algún musical como el de Pocahontas (no, él no hacía de Pocahontas, ni tampoco de John Smith, el de las bambas, playeras, deportivas o como las queráis llamar).

Os preguntaréis a estas alturas, ¿de qué narices va este post? Bueno, pues ni yo lo sé muy bien. El caso es que tenía que colgar algo para no perder la costumbre, también tenía ganas de hablar de este señor, Rafa Casette, que me ha sorprendido con la historia que esconde tras su bata azul y, sobretodo, trata de lo mentirosos que llegan a ser los jodidos anuncios. ¿No podían haber contratado a un técnico de verdad en vez de sacar a un actor para anunciar "Los fabricantes sólo recomendamos Vitroclen"? Encima, para más descojono, sobreponen "Servicio técnico de vitrocerámicas" mientras muestran al falso técnico hablando de lo importante que es cuidar tu vitrocerámica con Vitroclen.

Cualquier día nos entereramos de que Martina Klein no es madre, que Del Bosque no tiene seguro de coche o que Eduard Punset no come pan porque es celíaco. Al final va a ser verdad que todo, absolutamente todo, es una gran MENTIRA.

dimecres, 19 de juny de 2013

Detrás de la palabra democracia.



Entramos en aquel museo de arte contemporáneo esperando encontrarnos con las típicas chorradas que los paganos en el arte tanto despreciamos. Los ignorantes en cualquier materia  siempre hemos preferido las cosas sencillas de entender: un retrato pintado por Velázquez, una noble pintada por Goya, una escultura griega o un político demagogo que nos explique las cosas de forma clara y por su nombre ocultando que en la realidad los problemas y sus soluciones  difícilmente son blanco o negro.
¿Y por qué entrasteis?, os preguntaréis. Pues bien, la respuesta es sencilla. Ese día la entrada era GRATIS. Sí, GRATIS, esa palabra mágica capaz de llenar museos a medianoche, o de llenar heladerías el día de su estreno, o de provocar inmensas colas de jubilados esperando la prensa gratuita del día. Tú di que algo es GRATIS y el éxito será rotundo. Pues eso, íbamos a ver un museo que nos importaba tres cominos, pero como era GRATIS allí que nos metimos. Y durante gran parte de su recorrido, el museo no nos defraudó, nos pareció una auténtica mierda. Hasta que llegamos a una sala muy espaciosa, toda blanca, con un cuadro también blanco en medio y un hombre con un mono blanco sentado sobre una silla blanca al lado derecho del cuadro. Junto a la silla había un cubo blanco lleno de pintura blanca y un rodillo hundido en la pintura. El hombre también tenía la piel pintada de blanco y se estaba mirando las uñas de los dedos impertérrito a los ojos del público que comenzaba a aglomerarse en aquella estancia.
Antes he dicho que el cuadro era blanco y no es del todo cierto. O quizás sí. Me explico: El cuadro era blanco en su totalidad pero sobre aquel fondo se había pintado, con letras también blancas, la palabra DEMOCRACIA cubriendo todo el ancho de aquel inmenso cuadro. Todos lo mirábamos sin saber qué hacer. ¿A qué venía todo aquello?
Entonces, a una chica del público, la que debía ser la más lista de la clase, se le ocurrió acercarse hasta la obra de arte, tanto que casi se mancha de blanco la nariz, que por cierto tenía exageradamente larga. La joven observó un momento al tipo sentado al lado - este seguía mirándose las uñas de las manos – y volvió a observar el cuadro. De repente vemos cómo se pone a rascar con sus uñas la pintura del cuadro. “Hay algo debajo de la pintura”, dijo. Todos nos acercamos. En efecto, tal y como la chica rascaba la pintura blanca, debajo de esta iba mostrándose una imagen escondida, la de una mujer con una cuenca vacía. “Es la chica que recibió en el ojo una pelota de goma de los Mossos”, dijo alguien. Otro comenzó a rascar la pintura por el otro extremo del cuadro, “Mirad, aquí sale el anterior Vicepresidente del Banco Santander que fue indultado por el gobierno de un delito económico”. “Y aquí aparece la foto de una chica, no sé quién es”, el hombre que estaba al lado contestó “Sí, esta chica era una exconcejal del Partido Socialista de Euskadi que se suicidó el día que le iban a desalojar de su piso por no poder pagar”. “Aquí salen el Rey y la Reina postrándose ante Franco”, dijo otro en otro lado.
Quien podía y encontraba un hueco se disponía a rascar la pintura blanca y allí dónde lo hacían aparecían imágenes que dejan en evidencia la palabra DEMOCRACIA: represión policial, abuso político, corrupción sistemática, manipulación de los medios de comunicación, alguna que otra desaparición, encarcelamiento o tortura de profesionales culpables de investigar la verdad, prisiones en terceros países que violan los derechos humanos, logos de empresas que monopolizan el comercio internacional, guerras declaradas por los recursos naturales; decenas de imágenes que llenaban todo un cuadro más grande que el Gernika. Después de diez minutos, la pintura blanca había desaparecido y los presentes nos quedamos un buen rato observando el cuadro en su totalidad, la verdadera obra que se escondía detrás de la inmaculada palabra DEMOCRACIA.
Esperé a ser el último en salir de la sala. Había algo que me intrigaba y que no tardé en comprobar:
Una vez todos hubieron marchado, el hombre de blanco se levantó de su silla, cogió el rodillo y comenzó a pintar de nuevo aquel inmenso cuadro. En pocos minutos, una vez hubiera secado la pintura, otro grupo de visitantes volvería a descubrir aquello que se esconde detrás de la palabra DEMOCRACIA.

dimecres, 12 de juny de 2013

La comunidad de clientes


- Preguntan por ti.
- Voy. ¿Algún habitual?
- No, a éste no lo había visto antes. Tiene cara de tontito.

Laura apagó el cigarrillo en el cenicero, dejó la revista abierta encima del viejo sofá y se levantó intentando evitar aquel rumor de muelles que tanto le irritaba. Se asomó a la puerta y el corazón le dio un vuelco.

- ¿Qué haces tú aquí?
- Me diste la tarjeta.
- No pensé que vendrías.
- Pues he venido.
Los dos se quedaron allí parados, en silencio durante unos segundos, en el oscuro umbral de aquel entresuelo del barrio del Raval.

- ¿Puedo entrar?
- ¿Para qué?

Laura sabía que la pregunta era absurda, pero quería hacer recapacitar a aquel tío y que se volviera por donde había venido. No quería problemas y él era uno de los gordos.

- Quiero hacerlo contigo.

Laura pensó en esa misma mañana, cuando aquel hombre había llamado a la puerta de su casa.

- ¿Qué quieres?
- Soy tu vecino de abajo.
- Sé quién eres.

Él le enseñó lo que llevaba en su mano izquierda. Un tanga rojo.

- Ayer me lo encontré en las cuerdas de tender. Supongo que es tuyo.

Laura pensó que no era difícil llegar a esa conclusión. Sólo podía ser suyo o de los inquilinos del piso de arriba, un hombre soltero con su madre octogenaria. Era complicado –aunque no imposible- que alguno de los dos usara un tanga rojo y más de esa talla.

- Muy observador. Gracias.

Laura extendió la mano, pero él no pareció darse cuenta, o quizás su mano se negaba a devolverle la prenda a su dueña.

- Me llamo Gerard.
- Yo Laura.
- Lo sé. Dicen por ahí que eres prostituta.
- Ya, también he oído que tú eres gilipollas. ¿Es verdad?
- Supongo que sí. ¿Lo tuyo es verdad?
- ¿Y a ti que te importa?
- Me podría interesar.
- ¿Tú no estás casado?
- Sí. ¿Para ti es un problema?
- ¿Tú qué crees? Somos vecinos, tu mujer es vecina mía también. ¿Quieres que follemos en mi casa para que ella oiga tus jadeos en el piso de arriba? ¿O prefieres hacerlo en la cama de matrimonio?
- Pensaba en tu casa.
- Desde luego eres gilipollas.
- ¿Dónde trabajas?
- Aquí no.
- Dime dónde e iré.
- ¿Pero se puede saber qué te pasa? No pienso liarme con un vecino casado.
- Pero eres puta.
- Imbécil.
- Perdona, pero se supone que tú cobras por follar, te da igual con quién.
- A mí no me da igual. Para que lo sepas, yo elijo mis clientes y desde luego no elijo aquellos que me pueden dar problemas.
- Yo no te daré ningún problema.
- Claro. Si follamos hoy, mañana vendrás a pedirme un poquito de sal y de paso, ya que estamos, ¿por qué no te hago una mamadita?
- Te juro que no soy así.
- Mira, toma la tarjeta de mi club. Si te interesa vienes allí y eliges con quién echar un polvo, como cualquier cliente. Pero no me molestes aquí, el tío del piso de enfrente es un cotilla de narices, fijo que ahora mismo nos está vigilando por su mirilla. Vete si no quieres que esta tarde hable todo el edificio del vecino del segundo que le hace los cuernos a su mujer con la puta del tercero. ¡Y dame mi tanga!

Laura arrebató el tanga de la mano de Gerard y le cerró la puerta en las narices. Él se quedó unos segundos allí parado, con la tarjeta en la mano; finalmente sacudió su cabeza como si despertara de un sueño y se guardó la tarjeta en los tejanos mientras bajaba las escaleras.



Los recuerdos se desvanecieron pero el vecino seguía allí, delante de la puerta del club.

- Entra.

Laura lo llevó a una habitación, ahora ya no había vuelta atrás. En el momento que un hombre entra en el club se convierte en cliente y ha de pagar. Por lo tanto Laura debía darle el servicio que él quisiera. Pero ¿qué debía haber hecho? No podía permitir que aquel capullo le montara un espectáculo en la puerta del club. Su error había sido darle su tarjeta para sacárselo de encima. Ahora debía apechugar con las consecuencias.

- Mira tío, voy a hacerte cosas que ni siquiera habías soñado, ¿vale? Pero cuando te hayas desfogado me pagarás, te marcharás por esa puerta y cuando nos veamos en el edificio ni me mirarás. ¿Hay o no hay trato?
- De acuerdo.

Laura le mostró a su vecino, ahora cliente, todas las cosas que sabía hacer. Estuvieron un par de horas sin apenas pausas, hasta que en un nuevo orgasmo él se atrevió a besarle en la boca. Ella lo separó de un empujón.

- Ya está. Paga y márchate.

Él no dijo nada, se vistió y pagó. Antes de marchar, en la puerta, se giró hacia ella. Pero antes de que pudiera abrir la boca, ella le puso un dedo en los labios.

- No digas nada, vete.

Él volvió a darle la espalda y comenzó a bajar las escaleras. Mientras se alejaba escaleras abajo ella le observaba. “Un día de estos vendrá a visitarme su mujer con un cuchillo en la mano, o quizás él mismo. No hay nada peor que traerse al trabajo la comunidad de vecinos”.

dimarts, 4 de juny de 2013

En orden de cola


“Les recordamos que en nuestra pescadería podrán encontrar las colitas de rape a once euros el kilo”.

Colitas de rape. En estos momentos la única cola que me importa es la de la caja. Viernes, siete de la tarde, aquí se ha juntado todo el barrio.  Pero lo peor lo tengo detrás, mejor dicho, al lado. Porque la mujer que me sigue en la cola la tengo literalmente soplándome el cogote.  Hasta puedo sentir las cosquillas que me hace en la nuca con su mostacho de foca. Estoy a punto de girarme y decirle algo cuando de repente una cajera grita la frase más terrible que se puede oír en un supermercado:

- Pasen por esta caja en orden de cola.

De pronto las puertas del infierno se abren de par en par. Abuelas y abuelos, madres y padres, niñas y niños, todos sin excepción, corren frenéticamente cual kamikazes para ser los primeros en aquella caja, pasándose por el forro lo del “orden de cola” y siendo más fieles con la premisa cristiana de “los últimos serán los primeros”. Está claro que el Mesías algo sabía de hacer colas en el supermercado.
Los que no se atreven a moverse de su cola  se los miran nerviosos, algunos dan dos pasos, dudan, se paran… y vuelven rápidamente a la cola que abandonaron antes de que algún otro espabilado les quite su mediocre posición, es preferible no arriesgar lo poco que se tiene. Esa es la filosofía que define al ciudadano medio, mi filosofía, desgraciadamente.
Por suerte no hay que lamentar víctimas, únicamente algún que otro zapato perdido en medio del pasillo, se oyen gemidos de dolor y un buen puñado de insultos y amenazas entre los propios clientes.
Dos mujeres que estaban en mi cola, justo detrás de la tía que me hace cosquillas en la nuca con su mostacho, habían observado como la gente de la cola de al lado se había desplazado en masa hacia la nueva caja. Al ver esto, ellas se han lanzado en plancha sobre esa cola, con la mala suerte de que otra mujer que llegaba a dicha cola ha lanzado el carro de la compra hacia delante cubriendo el hueco en un abrir y cerrar de ojos. Se han quedado con las ganas.

- Estábamos primero nosotras. Pero bueno, da igual.


Está muy indignada, pero aún ha tenido suerte que su compañera ha dudado más y se ha quedado a medio camino, por lo que nadie se ha atrevido a quitarle el sitio. “Estábamos primero nosotras”, y yo me pregunto, ¿primero de qué?, si no era vuestra cola, listillas. ¡Pues no para de quejarse de lo mala que es la gente! Casi me sangra la lengua de tanto mordérmela para no darle mi opinión, porque estas brujas son peligrosas y mejor no tenerlas como enemigas.
Me toca dejar las cosas en la cinta, y la mujer del mostacho se entromete entre mi cesto y mi persona.

- ¿Qué? ¿Le gusta mi colonia?
- ¿Cómo?
- Que si no me va ayudar al menos no se meta en medio.
- Oiga, que no es para ponerse así.
- La que se tiene que poner en otro sitio es usted, ahí, a un par de metros.
- Menuda mala leche.
- La necesaria.

Esta vez es la cajera la que no dice ni pío, no vaya a recibir. Ni siquiera nos mira, sólo pasa los productos por el lector. Al menos la foca me ha hecho caso y se ha puesto donde le he dicho. Está amaestrada.

- 36 con cuarenta y siete.

Me voy del súper amando un poco menos la raza humana. Cuando llegue a casa buscaré en la wiki a ver si encuentro si Hitler o Stalin frecuentaban los mercados antes de hacer carrera política.

dimarts, 28 de maig de 2013

Homophobya


Queremos defender absolutamente la ley de la familia y la filiación, porque un niño es el resultado único de la unión entre un hombre y una mujer.
Hay que defender las cosas normales y no normalizar las que están fuera del circuito y son un poco contra natura».
 




Pedro leía estas frases mientras apuraba su café. Las palabras de una ciudadana francesa que este domingo había salido a la calle para participar en una manifestación contra el matrimonio homosexual y contra la posibilidad de adopción de menores por parte de estas parejas.

Hay que defender las cosas normales…Pedro pensaba en voz alta. Su mujer, sentada al lado y leyendo también la prensa, le miró de reojo. ¿Qué cosas normales?, dijo.

- ¿Qué es normal? – preguntó Pedro a su vez.
- No hay nada normal.
- ¿No somos nosotros normales? – rebatió Pedro.
- ¿Tú, normal?, ¿quieres que te recuerde algunas de tus extravagancias?
- Bueno, vale. Quizás nosotros no somos un buen ejemplo. Pero los vecinos…
- ¿Quiénes? ¿Eva y Roberto?, ella se cepilla a un compañero de trabajo y él está liado con una de sus clientes más fieles. Su hijo cena sólo cada día y lo he visto ir a comprar llevando una lista de la compra que tiene pinta de haber redactado él mismo.
- ¿Y qué me dices de los vecinos de Eva y Roberto?
- ¿Los Martínez? Sí, un ejemplo de familia cristiana y recta.
- ¿Lo ves?
- Sí, el ejemplo de la típica familia cristiana y recta en la que el marido pega palizas día sí, día también a su mujer y a sus hijos. Cualquier día saldrán en la página de sucesos, cuando uno de ellos se rebele y le pague con su propia moneda. Espera que el niño crezca y lo verás.
- Pues los Piqueras, eso sí que es una familia unida.
- Sí, gracias a que el marido está siempre fuera, viajando. Sólo piensa en el trabajo y se olvida de toda la familia. Si a eso le llamas familia unida..
- ¡Los Gomà!
- La mujer va siempre ebria y se gasta el dinero que le sobra en las tragaperras.
- Entonces, ¿no hay nadie en el vecindario que sea normal?
- Sí, Julián y Alberto.
- ¡Pero si son maricones!
- Son los más educados, los más pacíficos, no se meten con nadie y siempre están dispuestos a ayudar.
- Sí, es verdad. Yo nunca les pido nada por si acaso me hacen pagar en especias.
- Tú eres tan gilipollas como el resto de machotes del vecindario. Si yo me volviera a casar creo que preferiría a un gay antes que a un machote como tú.
- Pues no tendrías sexo.
- Para el que me das tú…
- Entonces, ¿tú estás a favor de los matrimonios de parejas homosexuales?
- A mí no me importa lo que hagan y no creo que a ningún hetero le tenga que importar. Los que se manifiestan para recortar las libertades de otras personas no merecen mi respeto. No son más que fanáticos.
- ¿Y el tema de los hijos? ¿Tú ves bien que puedan adoptar?
- No serán peores padres, eso seguro. Habrá de todo, como hay ahora.
- ¿Y los problemas que tendrán en clase?
- Serán los problemas que provoquen los fanáticos, los que sólo se preocupan en crucificar al que es diferente de ellos. Si no hubiera fanáticos intolerantes estos niños no tendrían problemas.

Pedro se quedó absorto, digiriendo las palabras de su mujer. Quizás tuviera razón. Mejor pasar a la sección de deportes que de eso sí que no tiene ni pajotera idea. 

dijous, 23 de maig de 2013

La final del gafe



Jupp Heynckes salió de su despacho y se dirigió hacia su coche. En sus manos llevaba una caja de cartón repleta de dvds y dossiers, toda la información que habían podido recopilar sus ayudantes sobre el Borussia de Dortmund.
El nombre Borussia significaba mucho para él. Casi toda su carrera futbolística la pasó en el club de su ciudad, el Borussia de  Mönchengladbach hace ya muchos años. Fueron los años dorados de los “Fohlenelf”, los setenta, con Allan Simonsen, Bonhoff y él mismo. Pocos recuerdan ya aquellos años, también son pocos los aficionados que saben el origen del nombre Borussia, la denominación latina de Prusia. Tanto el Mönchengladbach como el Dortmund comparten este nombre, casualidades. Y en medio, el Bayern München, el Baviera, el club que ahora defiende desde el banquillo.
Este sábado puede hacer historia con este club y convertirse en el entrenador que ganó la quinta Orejona para el club bávaro. ¿Será la misma sensación que tuvo ya cuando ganó la séptima del Real Madrid? Después de aquella copa de Europa le despidieron del club, ahora es él quien ha dicho que no quiere seguir, está cansado. Pero sería tan bonito irse con el triplete…

Jupp se mete en el coche pensando en todo esto, ya ha puesto en marcha el motor cuando se da cuenta que hay un papel en el limpiaparabrisas de su BMW. Sale del coche y lo recoge. No es ningún anuncio, es un folio blanco doblado cuidadosamente. Jupp lo desdobla y lee lo que hay escrito en letras mayúsculas:

NO PONGAS A ROBBEN.

“ ¡Otro tarado que cree en gafes! Este es el primero que me deja un papelito, los otros lo han hecho con llamadas de teléfono, cartas en periódicos, todos con el mismo mensaje: no pongas al gafe.
No les falta razón, Arjen Robben es uno de los mejores jugadores de los que dispongo, un crack mundial, pero…no ha ganado ninguna final importante: dos finales de copa de europa, una de mundial, otra de copa alemana. No sabe lo que es ganar una final desde sus tiempos en el Chelsea hace ya unos cuantos años. Desde luego, si este sábado se pierde la tercera final consecutiva de Champions League habrá que pensar que realmente es gafe. De todas formas no voy a dejarlo en el banquillo, jugará de titular, porque también el destino está a mi favor: en los últimos seis años, quien gana al Barça gana el título, en cualquier competición. Manchester United, Inter Milan, Chelsea contra pronóstico, Valencia y Sevilla en copa, Madrid en copa otras dos oca…¡oh, no!, este año el Madrid eliminó al Barça en la copa y luego perdió la final con tres tiros al palo...¡Este año se ha roto esa máxima!

Da igual, jugará Robben porque somos mucho mejores que el Borussia, somos los mejores de Europa, que digo de Europa, ¡los mejores del mundo!
Aunque, mira lo que le pasó al Benfica, y nosotros hemos perdido cinco de las últimas seis finales de copa de Europa que hemos jugado: Aston Villa, Oporto, Manchester, Inter y Chelsea, siempre yendo de favoritos, varias veces con ventaja en el marcador. La única que ganamos fue a los penaltis y gracias a que el equipo contrario, el Valencia, tenía como entrenador a uno de los mayores cenizos de la historia del fútbol: Héctor Cúper. ¿Tendrá el Borussia algún gafe? Tengo que revisar los videos y los dossiers pero no me suena.
¿Pero cómo voy a sentar a Robben en el banquillo? Si lo hago y luego pierdo me criticarán por dejar fuera a uno de nuestros mejores jugadores; si sale a jugar y perdemos también me criticarán por ponerlo sabiendo que es gafe. 

¿Sabes qué? Para lo que me queda en el covento…¡que juegue Robben y yo apostaré en bwin por el Borussia!"

dilluns, 20 de maig de 2013

A puerta fría


Otro día en este trabajo de mierda. 
Otra escalera de mierda con vecinos de mierda. Lo más seguro es que esté lleno de viejas sordas que ni se enteren de que suena el timbre. Y las que sean medio sordas me mirarán por la mirilla sin decir nada, o peor, gritando “quién es” y me tendrán diez minutos explicándoles quién soy hasta que se enteren y digan “no, no quiero nada, y la vecina de al lado tampoco, que es sorda”. Suerte que de vez en cuando algún pringado que no se entera de nada me abre como quien abre la nevera y cuando se da cuenta “¡Zas!”, contrato firmado. A ver si hay suerte con estos cabrones.
Lo primero de todo es estar atento y esperar disimuladamente a que alguien entre o salga del edificio. La experiencia me ha enseñado que si utilizo el interfono pongo en alerta a la gente y luego no me van a querer abrir la puerta de su casa. Es mejor llamar a la puerta directamente, que de la sensación de que tengo permiso para merodear por el edificio. Me quedo a un par de metros de la puerta, con la libreta en la mano, simulando que apunto algo. 
Sale una chica, ¡perfecto!, aprovecho a entrar, serio, sin mirar a la chica, no le doy ni las gracias, ha de parecer que reboso confianza. Cojo el ascensor y subo arriba de todo, desde allí iré bajando planta por planta.
Llego arriba de todo, dos viviendas. Pico el timbre de una de ellas, dos, tres veces seguidas. Además, para presionar un poquito, golpeo con los nudillos en la puerta “toc toc toc”, que se den prisa que uno tiene mucha faena por delante. Nadie contesta. Vuelvo a picar el timbre un par de veces y a golpear con los nudillos, “El gaaaas”. Ni puto caso. La tele está a tope, oigo a la Terelu Campos claramente. La vieja sorda como una tapia vive en este piso. Más vale que pase al siguiente.
Riiing, Riiiing, Toc, toc, toc. También se oye la tele, pero el sonido queda casi tapado por completo por la voz de la Terelu que sale de tele de la sorda. Oigo unos pasos, se paran delante de la puerta, noto como me miran por la mirilla. No dicen nada. La desconfiada. Vuelvo a llamar al timbre, esto las pone muy nerviosas, Riing, Riiing, y un par de Toc Toc más. Miro descaradamente a la mirilla, “El gaaaaas”.
- ¿Qué quiere? – es la voz de un hombre, vaya, me había equivocado.
- El gas, abra la puerta por favor. – le planto en la mirilla mi carnet de pega que me han hecho en la oficina y que tiene menos valor que si enseñara el carnet del Carrefour.
- Yo ya les di la lectura del contador.
- Sí, lo sabemos – ni lo sé ni me importa-. Venimos a hacerle el plan de ahorro.
- Ya, pero es que ya les di la lectura.
- No es por la lectura, necesito una factura suya para hacerle el plan de ahorro.
- ¿Para qué quiere una factura?
- Para hacerle el plan de ahorro. Abra, por favor.
- ¿Y no tienen ustedes mis facturas?
- Sí, pero le agilizamos la gestión si nos la proporciona usted.
- ¿Pero es usted del gas?
- Claro que soy del gas – vuelvo a plantarle el carnet encima de la mirilla, esta vez a mala hostia.
-  No quiero nada, váyase.
-  ¿Cómo que me vaya?, le voy a hacer ahorrar mucho dinero.
- No, váyase. Y no moleste a la vecina de al lado, que es una anciana sorda.

Lo dicho, vaya mierda de trabajo. Bajo por las escaleras y pico en la primera puerta que me encuentro. No llega ningún ruido. Riing Riing, Toc Toc Toc, El gaaaas, nada, ni Dios. El capullo de arriba ya me ha hecho perder mucho tiempo así que voy por faena y pico también al timbre del otro piso, y así me espero si alguno de los dos me abre. El gaaas. En ninguno de los dos pisos se oye nada, estoy a punto de irme cuando de repente oigo unas llaves tintinear, una cerradura gira y se abre la puerta del último piso en el que había picado. Se asoma la cara de una mujer en bata de unos setenta años, complexión fuerte, pelo blanco lleno de rulos y cara de bulldog.
- ¿Qué quiere?
- Soy de la compañía del gas, vengo a hacerle un plan de ahorro. Para ello necesito una factura reciente del gas. – le planto el carnet en todo el jeto y lo quito al medio segundo, por si acaso, que parece tener buena vista.

La mujer se esfuerza por ver el carnet, luego me mira a mí con cara de mala leche. No dice nada, me da la sensación que en cualquier momento me va a escupir o a morder. De pronto se gira y sin cerrar la puerta se interna en la casa. Entiendo que es una invitación a que le siga, así que me meto en la casa, cierro la puerta con cuidado y sigo a la mujer por el estrecho pasillo de su vivienda. Parece que se dirige al comedor. Entro en la sala y veo el cuerpo de un hombre destripado en medio de la estancia. Mi mirada se queda atrapada por los ojos abiertos del cadáver. Siento como algo afilado presiona mi nuca:

- No grites, no te muevas, no hagas ninguna tontería o te mato.

Sin dejar de presionarme, la mujer se pone a buscar algo entre un montón de hojas que tiene encima de una mesa. Coge algo y me lo enseña.

- Esta es la factura que querías, ¿no?
- ¿Eh?
- ¿Que si esta es la factura que te voy a meter por el culo?
- ¿Qué quiere?, yo no he visto nada. Déjeme ir y me olvidaré del tema.
- ¿De qué tema, imbécil?
- Del cadáver.
- ¿Qué sabes tú del cadáver?
- Nada.
- Pues yo te diré algo de él. Era un puto vendedor que hace un par de meses me timó. El hijo puta se volvió a presentar aquí para volver a timarme. Se ve que se había cambiado de empresa y ahora me quería vender otra compañía telefónica.
- Yo soy del gas.
- Tú eres otro mierda como este. Un puto timador al que le voy a dar su merecido. A éste le dije que esperase que tenía que pedirle consejo a mi hijo, jejeje. Le dejé sentarse en el sillón y me muy fácil cogerle por sorpresa y romperle la cabeza. Ni se enteró. Lo de sacarle los intestinos fue un ataque de mala leche que me dio. Me tenéis muy harta, panda de ladrones. Ya está bien de timar a la gente mayor, es hora de que os den vuestro merecido.
- Por favor, déjeme irme y no diré nada – noté como me meaba encima.
- Y el mes que viene vendrás otra vez a intentar timarme, ¿no?
- No, no. Le juro que no volveré nunca por aquí.

La mujer se me acerca hasta que sus labios casi tocan mi oreja izquierda. Cuando me habla, su lengua me provoca cosquillas en el oído.

- Es tu día de suerte, te voy a dejar ir. ¿Sabes por qué?, porque eres tan mierda que lo que ha pasado aquí te da igual, tú lo único que quieres es timar. ¡Vete fuera de mi casa antes de que me arrepienta! ¡Corre hijo puta!

Mis piernas no me responden, no comprenden que estoy libre hasta que me doy cuenta que el filo de la navaja que tenía detrás ya no me presiona. Sin mirar hacia atrás salgo de aquel comedor corriendo por el pasillo, abro la puerta y la cierro de un portazo. Bajo corriendo las escaleras con la idea de pedir ayuda. Llamo al timbre de las dos viviendas de esa planta, Riiing riiing, Toc toc toc, Riiing riiing, “Ayuda, ayuda, por favor”. Una de las puertas se abre.

- Necesito su ayuda por favor. Déjeme entrar, mi vida corre peligro y necesito llamar a la policía.
- Entre y tranquilícese.

El hombre me lleva hasta su comedor. Me indica donde está el teléfono, va a la cocina y viene con un vaso de agua.

- He pensado que le vendría bien.

Yo, que ya estaba llamando a la policía, cuelgo. Bebo el agua de un trago y noto que me siento mejor, ya estoy más tranquilo.

- Gracias, es usted muy amable. Y si no es abusar de su hospitalidad…si tuviera usted la última factura del gas le podría ayudar a ahorrar con nuestro plan ahorro.

dijous, 16 de maig de 2013

La maldición de Guttman

Nada más terminar la final cogieron el coche dirección a Viena, doce horas de viaje desde Amsterdam.

Llegaron cansados, hambrientos y hundidos, con el recuerdo de la derrota aún grabado en sus retinas. No descansaron, no comieron, antes que nada había que hacer aquello por lo que habían ido hasta allí. Preguntando llegaron al cementerio judío donde él estaba enterrado.
Alguien se les había adelantado y había colgado una bandera del Chelsea en su lápida, una broma de mal gusto al estilo inglés. Joao corrió hasta allí, cogió la bandera y la tiró al suelo. Sus dos amigos le observaban mientras se acercaban a paso tranquilo. Los tres se quedaron de pie mirando aquella tumba, la del hombre que había marcado la historia del Benfica.

"El Benfica nunca volverá a ganar una copa europea, ni en cien años", eso es lo que dijo Béla Guttman cuando su presidente le despidió el mismo año que había conseguido ganar por segunda vez consecutiva la Copa de Europa, batiendo a los todopoderosos Real Madrid de Di Stefano y el Barça de Luis Suárez.

Hace veintitres años, cuando el Benfica tenía que jugar la final de la Copa de Europa contra el Milan, Eusebio, el jugador más legendario de las águilas y descubierto en su momento por Guttman,  hizo una ofrenda floral en aquella misma tumba, pidiéndole a su exentrenador que quitara la maldición que ya les había hecho perder cuatro finales de copa de Europa y una de la UEFA. La plegaria y las flores no sirvieron de nada, el Benfica volvió a perder y ayer por la noche de nuevo volvió a suceder. Siete finales en cincuenta y un años, siete derrotas. 


- No entiendo como nadie aún ha pensado en esto.
- Sí, es extraño. Sólo se les ocurrió traerle flores.
- Guttman no quería flores, quería aquello que pidió y que no le dieron en el Benfica, y encima lo despidieron.
- Vamos a dárselo.
- Sí, vamos a terminar con esto.

Cogieron las palas que habían comprado en Amsterdam antes de salir y mientras uno vigilaba, los otros dos cavaban la tierra. Tardaron un par de horas pero nadie apareció. Por fin vieron el ataud. 


- Dadme el dinero.

Joao estaba decidido a llegar hasta el final, ya habían recorrido más de mil kilómetros y habían excavado la tumba. Sólo faltaba zanjar el tema económico. Los tres juntaron los euros que habían calculado que se les debía a Guttman, Joao los cogió y de un salto se plantó encima del ataud.

- Por fin acabaremos con la maldición. Vamos a pagarte lo que el Benfica te escatimó.

Joao abrió el ataud y lo que vieron dejó a los tres sin habla. Allí estaba el esqueleto de Guttman, estaba prácticamente cubierto de billetes, de antiguos escudos portugueses. No eran los primeros en tener la idea. La maldición continuaría. 




dilluns, 13 de maig de 2013

Correr


“Pulse el botón central”

Pulsado. Empiezo a correr. En el reproductor suena la primera canción de la lista de reproducción, “Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar…”, mi canción favorita, la que más veces he escuchado y que me llena de energía cada vez que la oigo. Mis pasos se encaminan hacia el oeste, la montaña de Collserola que aún está lejos. Antes debo subir todo el paseo Valldaura, unos tres quilómetros antes de llegar a las rampas de la montaña, aunque todo el camino es de empinada cuesta. Mi idea es subir cinco quilómetros y bajar la misma distancia. Para otros sería un paseo matutino, para mí es también eso y mucho más. Hace años que no subo a Collserola corriendo, la última vez no llegué arriba de todo, hoy pienso conseguirlo.
Hace calor, en esta primavera loca el menú de hoy es sol y una ligera brisa. La subida por el paseo Valldaura es entretenida, evitando todos los obstáculos urbanos que me encuentro en el camino: peatones, bicicletas, vallas, coches aparcados en las aceras. Sólo un par de semáforos me interrumpen, no me detengo, sigo corriendo cerca del semáforo a un paso más lento pero evito detenerme para que no comiencen a doler los gemelos. Las piernas responden bien hasta ahora, la respiración es lo que llevo un poco peor. Se me hace largo el camino hasta la plaza Karl Marx, cuando llego allí tengo la primera crisis de cansancio, pero no es lo suficientemente aguda como para que me plantee parar. Doy un rodeo para subir por las rampas más suaves, no hay nadie más corriendo por allí a esas horas y supongo que es debido a que es el mediodía de un lunes cualquiera, la gente no está para ir a correr a esas horas a la montaña, sólo a un desempleado un poco tarado se le puede ocurrir una idea así.
Por fin llego a las primeras rampas de la subida propiamente dicha a Collserola, comienzo a respirar a mejor ritmo y las piernas no se me quejan. Al sufrir menos puedo concentrarme en las sensaciones: los olores y las vistas. A ambos lados del camino hay árboles y vegetación, en su máximo esplendor en esta primavera; el sol intensifica el olor de la hierba y mi mente se transporta a un campo de fútbol al lado del cual pasaba un reguero que traía el agua del canal de riego. Aquella agua fresca ayudaba a los chiquillos a combatir el calor estival en las mañanas de agosto, cuando los más irresponsables se empecinaban en jugar al futbol día sí, día también. Un balón rojo, un tango adidas, hubo más pero aquel fue el que guardé en el baúl de mis recuerdos y ahora vuelve a mi mente gracias al olor de la hierba al sol. Tirando del hilo de aquel balón me vienen a la memoria las caras de los chicos con los que jugaba, alguno de ellos llegó a ser mucho más que un amigo de verano, un amigo para toda la vida, a la mayoría les perdí la pista y hace más de diez años que no los veo. Junto a todos ellos pasé días inolvidables. Y no sólo la hierba me recuerda aquellas vacaciones; el olor de la humedad me recuerda al olor del lúpulo recién cosechado; el olor del jabón de Marsella es el que utilizaba mi madre en el lavadero del patio de la casa; el olor que desprende el asfalto con las primeras gotas de lluvia – olor que me recuerda al sabor de la cáscara de nuez – me transporta a las tardes en que teníamos que volver rápido con la bicicleta al pueblo para que no nos pillara la tormenta, la tormenta, también desprendía un olor refrescante muy característico. Supongo que tantos recuerdos sólo pueden ser el resultado de no querer olvidar una época tan bonita en la vida. Ulises se hizo encadenar al mástil de su barco para no volverse loco con los cantos de las sirenas, yo me encadeno a estos recuerdos para no volverme loco con todas las incertidumbres que se dan en el mundo que me toca vivir.
Cuando vuelvo al presente me doy cuenta que estoy a media subida, ya me queda menos de un quilómetro para llegar arriba de todo. En el camino me encuentro un niño de unos tres años con su abuelo. El niño escucha algo que el abuelo le está explicando sobre unas plantas que ambos miran con curiosidad. ¡Qué envidia!. Que ganas tengo que mi hija pueda escuchar y entender lo que sus abuelos le expliquen, lo que yo mismo le cuente, aunque en mi caso me faltó escuchar a mi abuelo, y muchas veces a mi padre. No me queda más remedio que aprender al mismo tiempo que mi hija, quizás sea ella la que me explique las curiosidades de ésta o aquella planta, o de aquel insecto, o vete a saber qué otra cosa. Aunque aún me falta más de la mitad del camino estoy seguro que esta será la imagen que se me quedará grabada de esta carrera.
Mientras le doy vueltas a esta idea me planto prácticamente en el final de la subida, llego al cruce que permite adentrarse en los caminos de Collserola pero yo no voy a ir más allá, hoy no. Doy media vuelta y comienzo a bajar, lo peor ya ha pasado y gracias a mi imaginación no ha sido tan duro como esperaba. Bajando se me van cargando las plantas de los pies. La respiración es mucho más cómoda pero mis piernas sufren el impacto de cada paso, no voy a correr demasiado rápido, no quiero arriesgarme a una lesión. Al hacer el mismo recorrido de vuelta voy viviendo las mismas imágenes: el niño y el abuelo, otros caminantes que bajaban cuando yo subía, el olor de las plantas. Es como rebobinar a velocidad normal una cinta de video, aunque la primera sensación fue más bonita. Mi mente aparta estas imágenes y piensa en cómo plasmar esta carrera en un texto que consiga ser leíble. Comienzo a estructurar la historia, grabo los detalles vividos en mi mente e intento no olvidarlos. Bajo a buen ritmo, sólo interrumpido por algunos semáforos; cuando llego al polideportivo la planta del pie derecho me duele bastante pero no me impide completar los diez mil.
Y aún queda lo mejor: los estiramientos en el césped. Me quito la camiseta, las zapatillas y los calcetines. Mientras estiro mis músculos respiro el olor intenso de la hierba y noto como el sol baña mi cuerpo. En el reproductor suena una última canción: El universo sobre mí. 

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