dilluns, 23 d’abril de 2012

En el centro comercial

“Como nos hemos de ver”, eso pensaba Ulises mientras empujaba el carrito a través del centro comercial. Hacía tiempo mientras su mujer recorría las tiendas en solitario a la búsqueda de ropa con la que renovar su desfasado armario.
En un primer momento, Ulises pensó que el Starbucks sería un buen lugar para descansar, pero apenas sus labios habían rozado la espuma del café latte cuando la pequeña comenzó a quejarse. Antes de que la cosa fuera a más decidió sacarla del cochecito y cogerla en brazos. La enana parecía disfrutar observándolo todo, “seis meses, como ha cambiado en este tiempo”, una sonrisa de felicidad iluminó el rostro del papá. Desgraciadamente, la niña se cansó pronto de la distracción y no tardó en volver a quejarse, ahora con más insistencia. Ulises acabó el café con prisas, escaldándose la lengua; recolocó a la niña en el cochecito y salió pitando, bajo la mirada discreta del resto de clientes.
Los lloros no paraban, Ulises no sabía que hacer, tardó casi diez minutos en darse cuenta de su despiste: hacía ya varias horas que la niña se había tomado su último biberón y de nuevo le tocaba comer.
Así que Ulises buscó desesperadamente un buen lugar para darle el biberón a la pequeña. Delante de una tienda de moda de la que surgía música “chumba chumba” a todo volumen. No había tiempo para encontrar un sitio mejor.
Ulises se sentó en el banco, sacó el biberón y lo llenó con 210 mililitros de agua caliente del termo, vertió la leche en polvo que había preparado en casa (siete cucharadas ) y lo agitó. La niña detuvo sus lloros cuando su padre la sacó del cochecito y le dio el biberón. “Vaya imagen”, Ulises se preguntó si alguna mujer le estaría observando disimuladamente. Echó una mirada a su alrededor pero no vio que nadie le mirara.
Una vez la pequeña quedó satisfecha, Ulises la incorporó para que hiciera el “rotet”. Aprovechó para echar un ojo al móvil: tres llamadas perdidas y un par de whatsup de su mujer. Que si dónde se había metido, que si a ver si respondía, que estaba hasta las narices…

“Como nos hemos de ver”, volvió a pensar él. Por suerte la niña no se había…”¡oh, no!, ¿para qué hablé?”

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