dijous, 28 d’octubre de 2010

El ascensor

El corazón le dio un vuelco al escuchar el sonido del ascensor. A menudo sentía la misma sensación: cerca de la medianoche se oía como el ascensor se detenía en su rellano, a pesar de ser la única puerta del mismo, la última vivienda del edificio. Había otro rellano por encima pero en él sólo habitaba el motor del propio ascensor, solitario y frío. Ana suponía que, en realidad, el ascensor paraba en la planta inferior, pero una noche su marido bromeó con el tema.
- ¿Te imaginas que realmente el ascensor se detuviera él solito en nuestro rellano?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ana mientras se imaginaba tan espeluznante idea. Corrió a guarecerse bajo las sábanas, al lado de su marido que sonreía satisfecho, al ver que había conseguido asustar a su mujer.

Durante los siguientes meses, Ana no se volvió a percatar de aquellos siniestros sonidos, llegando a olvidarlos. Pero una noche que Ana estaba sola porque Juan, su marido, se encontraba de viaje de negocios, volvió a escucharlo. Ella se encontraba mirando la televisión, y de repente oyó claramente el sonido del ascensor deteniéndose en la sexta planta....la suya. Con cuidado de no hacer ruido, Ana se dirigió hasta la puerta de su vivienda y miró por la mirilla de la misma. En el rellano no se veía nada, excepto la luz de la cabina del ascensor. Estaba en lo cierto. Los pelos de la nuca se le erizaron de miedo; el pánico le empujaba a descubrir la verdad. Necesitaba irse a la cama sabiendo que no había nada extraño detrás de aquella puerta, así que se armó de valor y lentamente fue girando la maneta, hasta que la puerta que le protegía del exterior se abrió. Quizás esperaba encontrarse con alguien acechando fuera del alcance de su vista, pero nadie apareció de repente. Decidió dirigirse hasta el ascensor.
Mientras se acercaba lentamente, no conseguía divisar ninguna presencia dentro de la cabina, se fue aproximando con la intención de comprobarla más de cerca. Fue a abrir la puerta cuando, de pronto, una cara apareció desde un angulo ciego, era el rostro de una anciana que le miraba directamente a los ojos.

-¡Hija! - exclamó la mujer del ascensor.
A Ana le dio un vuelco el corazón. El susto fue tan grande que prácticamente de un salto se plantó de nuevo en su puerta, cerrándola tras de sí. Se quedó junto a la puerta esperando. Pero, ¿qué esperaba con tanta angustia?, ¿quizás pensaba que la anciana tiraría la puerta de una patada? ¿o le aterrorizaba más la posibilidad de escuchar unos apausados golpes de nudillos sobre la madera?, “toc, toc, toc”. Si Ana hubiera escuchado ese sonido, su sangre se habría congelado y casi seguro que habría caido víctima de un ataque cardíaco. Pero ningún sonido se oyó, tan sólo un espeso silencio que lo cubría todo. Ana no volvió a salir, cerró la puerta con llave y se fue a la cama, a intentar en vano coger el sueño.
La mañana siguiente se levantó sin haber podido pegar ojo. El ascensor ya no se encontraba en su rellano, con el nuevo día éste había vuelto a sus quehaceres tradicionales. Ana no se atrevió a cogerlo cuando tuvo que salir a la calle. Mientras bajaba las escaleras se encontró con la vecina más veterana de la escalera.
- ¿Haciendo ejercicio? - le preguntó la vecina a modo de saludo.
- Sí, hay que cuidarse. Además, no me fío de este ascensor, bueno, nunca me ha gustado.
- Te entiendo hija. A veces me parece que tiene vida propia. -un nuevo escalofrío volvió a recorrer la espalda de Ana.- De hecho, este ascensor tiene una historia siniestra de la que no nos gusta mucho hablar a los vecinos – cuando la vecina decía esto, estaba claro que no iba a despedirse sin contar su historia.
- ¿A qué se refiere?
- Hace muchos años, la señora Rosita, una mujer mayor, se cayó por el hueco del ascensor. Las malas lenguas dicen que fue su hija quien la empujó al vacío, pero nunca se probó. La hija no tardó en mudarse, cosa que todos los vecinos agradecimos con alivio, se le veía mala persona y nunca nos gustó a ninguno de nosotros.
Esa noche, Ana conectó su televisor pero prácticamente sin volumen alguno. Cerca de la medianoche volvió a escuchar el característico sonido del ascensor cerca, muy cerca. Nuevamente se dirigió hacia la puerta. Nuevamente miró por la mirilla y nuevamente no vio nada excepto la luz de la cabina. Volvió a abrir la puerta de su vivienda y otra vez se dirigió lentamente hasta el ascensor. No se apreciaba ninguna presencia. Ana abrió la puerta pero no había nada allí dentro. De pronto, escuchó la voz.
- ¡Hija!
Ana notó una presencia detrás suyo, en el rellano, cuando se dio la vuelta no vio nada, pero la sensación de alguien invisible no se desvaneció, al contrario, se acentuó dando forma a una palabra salida de ninguna boca pero pronunciada por alguien joven y maligno:

- ¡Muere!
Una mano invisible empujó a Ana hacia dentro de la cabina, pero ésta ya no estaba, no había sido más que una ilusión que de repente se había desvanecido dejando en su lugar un hueco negro. Ana perdió el equilibrio y comenzó a caer hacia ese oscuro vacío, cogiendo velocidad hasta que finalmente su cuerpo chocó con el suelo en un golpe brutal que se escuchó en todo el edificio. Cuando los vecinos más curiosos se asomaron, descubrieron que la vecina del último piso estaba aplastada en el fondo del hueco del ascensor; inexplicablemente, la cabina se hallaba en su mismo rellano. Sólo la señora Clara asoció la muerte de Ana con la muerte de aquella otra mujer, aquella anciana. Casualmente ambas habían vivido en la misma vivienda.

diumenge, 17 d’octubre de 2010

El último día

- ¿Quién es? - pregunté a la oscuridad.
- ¿Quién crees tú que soy? - contestó la oscuridad.

  Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la negrura hasta que finalmente pude adivinar la sombra de una figura delante de mi cama. Era de gran altura y llevaba algo que parecía una guadaña al hombro.

- ¿Ha llegado mi hora?
- Así es.
- Pero no puede ser, aún soy joven. Tengo mucho por hacer en este mundo.
- Lo siento, tu destino está escrito.
- No estoy preparado para morir.
- Nunca nadie lo está.
- Lo digo en serio. Tengo muchos planes aún por realizar, no puedes llevarme sin que ni siquiera haya tenido tiempo de intentar llevarlos a cabo.
- Yo sólo cumplo órdenes.

  La muerte quería dar por finalizada la conversación, pero algo me hacía intuir que quizás pudiera tener una oportunidad; quizás había sido un pequeño titubeo en aquella voz de ultratumba, un pequeño toque de humanidad en su tono.

- Por favor, no me lleves aún. Te prometo que si me dejas vivir, aprovecharé cada día de mi nueva vida como si fuera el último...
- Eso dicen todos, pero los humanos nunca cambian. Todos aquellos que han sido rozados por mi guadaña y han vivido para contarlo siempre empiezan diciendo que van a aprovechar cada día como si fuera un regalo, pero ¿qué pasa al poco tiempo?, que siempre vuelven a la rutina de sus aburridas vidas anteriores, desperdiciando el tiempo que se las ha concedido. Al final, el ser humano es incapaz de disfrutar del día a día, se preocupa por problemas insignificantes, se amarga la existencia por auténticas nimiedades. Pierden el tiempo lamentándose de su miserable existencia en vez de pensar como podrían aprovecharla realmente.
- Te pido por favor que me des la oportunidad de demostrarte que yo sí sabré aprovechar el tiempo. Tan sólo una oportunidad para enseñarte que soy capaz de vivir cada día como si fuera el último, y si un día no soy capaz de vivirlo como realmente debería haberlo hecho, entonces, acaba con mi existencia.

 La muerte me miró pensativa mientras con una esquelética mano se rascaba la capucha que ocultaba su siniestra cabeza. Tras unos momentos de reflexión, finalmente tomó una decisión.

- Está bien. Hoy me has pillado de buen humor y pienso darte la oportunidad que me has pedido. Te daré un día más. Mañana volveré por la noche y tú me contarás qué has hecho con el tiempo que te he concedido. Si tu explicación no me satisface no dudaré en segar tu vida con mi guadaña. Así que no olvides que mañana puede ser tu último día, aprovéchalo bien.

  Con esta frase me dormí, despertándome en plena mañana de domingo. Me mantuve unos minutos perezoso en mi cama hasta que, de repente, volvieron esas palabras a mi mente:
No olvides que mañana puede ser tu último día, aprovéchalo bien”
  Angustiado por semejante sentencia salté de la cama y me fui a la cocina a prepararme un café. Mientras este se preparaba comencé a pensar qué narices podía hacer ese día para convencer a la Muerte que me permitiese seguir vivo.  No era fácil adivinar cuál sería para semejante ser la idea de un “día bien aprovechado”, pero seguramente no pasaría por holgazanear toda la mañana y por la tarde ir a ver el fútbol al bar, como solía hacer yo la mayoría de los domingos. De hecho, ese era mi plan del día. El café me facilitó ver que había olvidado plantearme la pregunta correcta: “¿Qué haría yo si hoy fuera mi último día de vida?”. Recordé un episodio de los Simpson en el que Homer se preguntaba lo mismo y, tal como él hizo entonces, me dispuse a confeccionar una lista de las diferentes cosas que me gustaría hacer antes de guiñarla.
  La lista era interminable, pero no me costó ir eliminando opciones que eran materialmente imposibles de realizar. Decidí que, si este era mi último día de vida, tendría que empezar por cuestiones prioritarias. El resto deberían esperar la oportunidad de ver un nuevo alba.
  Una vez realizada la selección, salí de casa con el propósito de cumplir con el máximo de mis objetivos. Seguramente os gustaría saber qué había puesto en esa lista, pero no voy a citarlo, principalmente porque se trata de algo muy personal que todos deberíamos buscar en nuestro corazón. Estaría bien que un día de estos cada uno de vosotros os preguntárais: “Si la Muerte viene a buscarme, ¿qué me gustaría haber podido hacer antes de marchar de este mundo?”. Yo, ese domingo, intenté cumplir con todo lo que me había propuesto aquella mañana.
  Cuando llegó la noche, la Muerte apareció de nuevo en medio de la oscuridad. Sin un saludo siquiera, fue directa al grano:

- ¿Has aprovechado el día?
- Juraría que sí, pero me da miedo no saber a qué le llamas tú “aprovechar el día”.
- Te lo preguntaré de otra manera para que no te quede ninguna duda. ¿Hoy has sido feliz?

  La pregunta me llegó un poco de sorpresa, y tuve que reflexionar la respuesta. Por mi mente se sucedieron las imágenes de las experiencias vividas durante toda esa mañana y toda esa tarde. Había hecho cosas que durante años había postergado, y realmente me sentía orgullo y contento de al fin haberlas realizado. Algunas de ellas me habían hecho llorar, y otras me habían hecho reir con ganas. Sí, definitivamente podía responder a la Muerte sin dudar.

- Sí, he sido feliz.
- De acuerdo. Mañana volveré. Y no olvides que puede ser tu último día, aprovéchalo bien.

  Desde entonces, me he dedicado a priorizar mi lista de “deseos a cumplir antes de morir” sobre todas las cosas, digamos que me va la vida en ello. Y le tengo que agradecer a la Muerte que gracias a ella, no a vuelto a haber un sólo día en la vida que no haya sido feliz, a pesar que muchas de mis experiencias me han enseñado la tristeza, pero también en ellas aprendí lecciones que me ayudaron a encontrar la felicidad.
  Cada noche, la Muerte vuelve a mi habitación y en medio de mis sueños me pregunta si he aprovechado el día. Yo siempre le contesto un sincero sí. Me queda saber qué pasará cuando mi lista de deseos se haya cumplido por completo. Quizás tenga que inventar nuevos deseos, o quizás pueda decirle a la Muerte que ya no me da miedo marchar, pues he cumplido con todo aquello que había deseado. Mientras tanto, sigo buscando la felicidad día tras día.

diumenge, 3 d’octubre de 2010

Volver

   Arrastré la enorme maleta aunando las últimas fuerzas que en mi cuerpo hallé. Mis pies se desplazaban por la inercia propia de la costumbre: ora un pie, ora el otro, y así sucesivamente, en una continua procesión de la que ya no recordaba cuál había sido su inicio.
   Pero por fin me acercaba al momento en el que mis hinchados pies podrían encontrar su ansiado y merecido descanso. Me detuve delante de la portería, y  procedí a buscar las llaves en mis bolsillos. Así estuve un largo rato hasta que logré recordar que las había guardado en algún bolsillo de la mochila que cubría toda mi espalda. Con torpes movimientos conseguí quitarme aquel inmenso bulto pesado que había sido una parte más de mi cuerpo durante largas horas. Busqué con desesperación en todos los compartimentos de la mochila y, como era de esperar, encontré las malditas llaves en aquel que había dejado para el final, ¡jodido Murphy!
   Abrí la puerta y un fuerte olor a cerrado salió a recibirme, como si de un fiel animal de compañía se tratara. Abandoné la maleta y la mochila en el primer rincón libre que encontré. Acto seguido me quité toda la ropa que llevaba puesta. Necesitaba limpiar mi cuerpo del rastro dejado por el largo viaje. Ni siquiera comprobé si el calentador estaba encendido, me fui directo a la ducha.
   Como no, el agua caliente no hizo acto de aparición, así que pensé que un poco de agua fresca no iría nada mal para relajar mi cuerpo. Una vez limpio, me puse unos calzoncillos limpios y me dirigí al comedor, pasando de largo por aquel rincón donde, durante días, esperarían pacientemente mochila y maleta a que me dignara a prestarles atención.
Conecté el router y a continuación el portátil. Como no, comencé por abrir la página del facebook, por suerte la mayoría de mis amigos estaban de vacaciones y pocos habían perdido el tiempo en explicar si se les había reventado un grano, o estaban desayunando en el bar de la esquina, o lo bien que se encontraban completamente desconectados del mundo (¿si están desconectados del mundo, qué cojones hacen conectados al facebook?). Después abrí mi correo electrónico, y lo único que encontré fueron unos cuantos correos de spam, nadie se había preocupado en enviarme ningún mail. Mi ego se sintió algo decepcionado.
   Ya sólo me quedaba una cosa para dar por iniciada mi vuelta a la normalidad, debía escribir mi nuevo relato para colgarlo inmediatamente en el blog. Antes de comenzar, completé todo el ritual obligatorio: abrir Spotify para escuchar música acorde a la situación -siempre es necesario crear una atmósfera de reflexión que deje volar la imaginación-, preparar una taza de café
y oler su aroma de forma obsesiva -el aroma del café me despierta los sentidos mucho más que su consumo-, y por último abrir bien las ventanas, para que la claridad entrase a raudales. Una vez cumplido con el ritual me dispuse a comenzar a teclear como un loco, pero no sabía por donde empezar, sufría del famoso síndrome del papel en blanco.
   Llevo un mes esperando a que mi cerebro comience a mover los engranajes de mi imaginación, hasta ahora sin ningún éxito. Sigo aquí sentado, con las manos encima del teclado y, en frente, tan sólo una visión: una pantalla en blanco con un cursor que no para de pestañear en la esquina superior izquierda de la misma.

   ¡Qué difícil es volver de vacaciones!

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