diumenge, 21 de novembre de 2010

La bañera

- ¿Pero dónde nos hemos metido? - la pregunta me salió del alma.
- Esta fonda no ha cambiado nada en los últimos cincuenta años. - comentó Alba, mi novia.

Ambos habíamos decidido pasar un fin de semana diferente, aprovechando el puente de Todos los Santos, saliendo de la ciudad hacia un destino rústico, barato y pintoresco. Desde luego el sitio donde nos íbamos a alojar no podía ser más genuino. Una fonda de los años cuarenta, que prácticamente no había cambiado nada desde entonces. Se accedía por unas escaleras a un primer piso, con un inmenso vestíbulo que daba acceso a las diferentes habitaciones, y también a los lavabos y ducha. El cuarto de la ducha era especialmente lúgubre; junto a la ducha se abría otro cuarto en el que tan sólo había una bañera con patas, una reliquia del pasado en la que nadie parecía haberse sumergido durante los últimos decenios. Al lado de la bañera se encontraba un tocador lleno de adornos pasados de moda, y una silla. La luz que envolvía esa estancia era tan lúgubre como la misma bañera. Mientras Alba y yo curioseábamos, se me ocurrió hacer una pequeña broma.

- Creo que me voy a dar un baño – y mientras, abrí el grifo de la bañera.

Antes que Alba tuviera tiempo de protestar, se comenzó a oír una especie de lamento proveniente de las tuberías, y un hilillo de agua marrón empezó a caer desde el grifo. Tardé un segundo en reaccionar, asustado por aquel ruido estremecedor, parecía que las tuberías hubiesen cobrado vida de repente. Cerré la llave del grifo y me giré hacia Alba.

- Sólo era una broma.

Ella me miró enfurecida.

- No lo vuelvas a hacer, estas cosas a mí me dan mucho miedo.

Volvimos a la habitación a sacar nuestras cosas y a prepararnos para dormir. No nos dimos cuenta, que el grifo no había quedado bien cerrado, y desde su interior se precipitaba sobre la bañera, gota a gota, un líquido oscuro.
Esa noche conseguimos dormir sin más problema que los que conlleva un colchón viejo y un somier viejo. Aprovechamos la mañana siguiente para hacer senderismo por los alrededores, y cuando comenzaba a oscurecer volvimos a la fonda.

- Me ducho yo primero, ¿de acuerdo? - le propuse a Alba.
- Como quieras – contestó ella.

Cogí mi ropa limpia, la toalla, el gel y el champú, y me dirigí a la ducha. La oscuridad dominaba la estancia. Encendí la luz de la ducha, y miré hacia la estancia donde se encontraba la bañera. Un escalofrío recorrió mi espalda al distinguir su forma en medio de la oscuridad. No me atreví a curiosear más, así que dejé mis cosas colgadas de la puerta y me dispuse a ducharme. El agua caía caliente sobre mi cuerpo, pero me quedé congelado al oir una especie de chapoteo lejano, el ruido que se produce cuando alguien sale de una bañera llena de agua. Mis sentidos se agudizaron, pero no alcancé a oir nada más. No osé echar una mirada fuera de las cortinas de la ducha. Esperé un momento, y cuando me calmé seguí con mi ducha. Al finalizar abrí las cortinas. La puerta del baño estaba abierta, yo la había cerrado con pestillo. En el suelo había charcos de agua, como si alguien completamente mojado hubiese salido del cuarto. Salí de allí únicamente con los calzoncillos, corriendo hacia la habitación, cuya puerta estaba abierta; el camino estaba lleno de agua. Entré pero no vi a Alba, no estaba allí. Me quedé cinco segundos pensando, aterrorizado, y al final reaccioné. Volví al baño, me dirigí al cuarto de la bañera. Encendí la luz, lo que ví me dejó paralizado de terror. Alba se encontraba vestida, en el interior de la bañera, boca abajo, cubierta por completo de un agua marrón. Rápidamente la saqué de allí y le hice el boca a boca; por fin reaccionó.

- ¿Qué ha ocurrido? - preguntó entre toses y arcadas.
- Estabas ahogándote en la bañera. ¿Cómo llegaste hasta aquí? - le pregunté.
- No lo sé, estaba en la habitación y de repente oí como la puerta se abría, pensaba que eras tú y ni siquiera me giré a mirar. Unas manos húmedas se cerraron sobre mi garganta. La siguiente imagen que tengo eres tú haciéndome el boca a boca. Vámonos de aquí, por favor.

Esa misma tarde nos volvimos a casa. A los dueños de la fonda les dimos la excusa que Alba no se encontraba bien y que debíamos volver. No queríamos que nos tomasen por locos, aunque por sus caras parecían darse cuenta que algo no iba bien.

No sabíamos qué había en aquella bañera, ni por qué nos atacó. Tampoco teníamos curiosidad por descubrir la verdad, sólo queríamos olvidarlo.

Una semana más tarde nos enteramos por el periódico que un hombre, un cicloturista, había muerto ahogado en una bañera en la misma fonda, quizás por un corte de digestión o quizás por un golpe en la cabeza que le habría llevado a perder el conocimiento y a continuación ahogarse en aquella bañera llena de agua. En el mismo diario comentaban la casualidad que, en esa misma bañera, había muerto una persona en los años cincuenta en extrañas circunstancias, y que entonces se sustituyó por una ducha. La bañera no era más que un adorno, conservada como un recuerdo de otros tiempos. Los dueños ignoraban por qué aquel hombre habría decidido utilizar la bañera, que obviamente se encontraba fuera de uso.

dimarts, 16 de novembre de 2010

Una tarde en la Bicha

- Una de morcillas, dos vinos y una Coca-Cola.
- Aquí no tenemos refrescos.
- Pues un agua.
- Aquí no tenemos agua.
- ¿Entonces?
- Cerveza, vino o nada.
- Pues será nada. La niña es demasiado joven para poder tomar alcohol.

Paco, el dueño de la Bicha, echó una mirada a la chica, y dibujó una sonrisa cínica en su rostro. Uxía bajó la cabeza, se sentía avergonzada pues muchas veces había ido a la Bicha con sus amigas y amigos, tomando unas cuantas cervezas, sin que su padre lo supiera. ¿Qué iba a hacer? ¿Acaso no iba a la Bicha todo aquel que estaba en León?, y algo tenía que tomar para poder pasar las fuertes raciones del local.
- Papá, ¿puedo tomar una cerveza?, es que no me gusta comer la morcilla a palo seco.
- Pero cariño, ¿tú, cerveza?
- Déjale a la niña que tome una cerveza el día de tu cumpleaños, no pasa nada por una, y seguro que no es la primera que se toma, ¿verdad? - preguntó su madre
- Bueno, la he probado – era una media verdad.
Su madre pensó que seguramente la había bien probado, a juzgar por el estado en el que más de una vez había llegado su hija a casa.
- Está bien, pero sólo una. ¡Por favor, pon también una cerveza!
El camarero asintió sin ni siquiera abrir la boca, tan sólo con un sobrio movimiento de cabeza. Miguel llamó la atención de sus dos chicas.
- Tenía ganas de celebrar con vosotras mi cumpleaños en el Barrio Húmedo. Luego iremos a ver a los abuelos y a cenar con ellos.
Las dos jóvenes, madre e hija, se miraron serias un instante y, a continuación, volvieron a mirar a Miguel con una sonrisa dibujada en sus rostros. Esa comunicación no verbal entre ambas, a él le sacaba de sus casillas, si es que algo realmente podía molestarle, pues muchos lo conocían como “el hombre de hielo”.
- ¿Veremos el partido del Barça? - preguntó Uxía
- Pues claro que sí, hoy ganaremos – contestó su padre mientras buscaba en el rostro de Fina la aprobación a su primera afirmación.
Fina no pareció inmutarse, así que Miguel se sintío sastisfecho, quien calla otorga, que dicen por esos lares.
- Papá, ¿y tú por qué eres del Barça?, porque tú antes eras del Madrid, ¿verdad?
- Recuerdo que tomé la decisión de cambiar hace unos cuantos años, justo cuando tú tenías dieciocho meses, en mi trigésimo octavo cumpleaños. Ese día, como quien decide fumar su último cigarrillo, decidí cambiar de equipo.
- Pero, ¿por qué lo hiciste?
- Pues porque me daba asco lo que veía en mi equipo, ya no reflejaba en mí ningún valor por el que valiese la pena seguir apoyándolo. El club estaba tomado por dos portugueses infames que no dieron al club más que vergüenza y prepotencia. Yo ya había abierto los ojos, pero me resistía a cambiar, hay cosas que se llevan muy dentro. Pero alguien me dio el empujón definitivo para lanzarme a la piscina...
- ¿Fue mamá?
- No cariño, mamá ayudó mucho, ya sabes que ha sido culé toda su vida, pero en verdad fue una frase del tío Wambas la que me hizo plantearme mis ideales como aficionado futbolero: “Cuando veas el Barça-Madrid tu corazón te dirá cuál es tu equipo”. A los pocos días de mi cumpleaños jugaron ambos equipos, y para mi fue sorprendente darme cuenta que inconscientemente deseaba que ganase el Barça. Cada balón dividido deseaba que se lo llevara el Barça; vibraba con cada regate de Messi, con cada pase milimétrico de Iniesta, con la capacidad de Xavi de pensar la siguiente jugada mientras se revolvía entre dos contrarios, con los zarpazos de Villa, con el hambre y la agresividad de Pedro, con la entrega de Puyol, con la capacidad de anticipación de Piqué....De mi Madrid ya solo quedaban unas migajas, Casillas y poco más. Lejos estaban los tiempos de Raúl, Zidane, Figo, Roberto Carlos, Hierro, Laudrup...El fútbol era del Barça, y todo gracias a su entrenador, mitad preparador táctico mitad visionario. Alguien que sólo se preocupaba de hacer bien su faena, intentando evitar el circo mediático que se formaba a su alrededor, todo lo contrario que Mourinho, el entrenador de aquel Madrid, un divo en el banquillo que no hacía más que poner en ridículo a los de su profesión. Desde entonces soy un culé más.
- ¿Y todo por el tío Wambas?.
- Bueno, no, él sólo dio el empujón final, me hizo reflexionar para que viera que no tenía por qué ser un esclavo de las costumbres, y que el hombre sabio es aquel que entiende cuando ha de rectificar y así lo hace.
- ¡Ah!, claro.
- ¿Y tú cariño? ¿cómo es que eres del Madrid si tus papás somos del Barça?
- Porque sus jugadores están más buenos.
Miguel se quedó pensando un rato en ello mientras asentía con la cabeza distraidamente a su hija.
- ¡Aquí tienen la morcilla!

dilluns, 8 de novembre de 2010

Aniversario: Nube de tags

Poblenou, Dixie, Culetazos, Creep, Bóveda, Primer beso, Braveheart, McOso, Reyes, Exámenes, Arnedillo, Piccadilly, Manolo García, Relámpago, Cine, Teruel, Enfermedad, Relámpago II, Universidad, CSIC, Apendicitis, Pepo, Primer Piso, Irlanda, VWR, Huevito, Nuestro Piso, Play, Viajes, UNO, 22@, Boda, Bicis, Skydiving, .......

Los dos sentados en el sofá, viendo la televisión en silencio mientras devoran precipitadamente el contenido de sus respectivos platos. Durante decenios, la misma imagen cada noche: cena rápida en el sofá con la voz de las noticias de fondo.
Quizás parezca que esa pareja no tenga futuro, sin hijos, sin grandes ambiciones. Pero ¿para qué marcarse grandes metas si lo principal de una pareja es que tu compañer@ sea perfect@. Perfect@ no en el sentido de perfección; perfect@ en el sentido de alguien que te entiende, que te acepta y que te valora; alguien que incluso cree que te necesita para vivir, aunque no sea verdad. Perfect@ en el sentido de no buscar en ti más de lo que hay, lo demás sería mentiras, decepción, fractura.
No es cuestión de moldear a tu compañer@ si no de perfeccionar la convivencia, y que ésta sea lo más cercana a la felicidad que se pueda conseguir, sabiendo que siempre habrá altibajos en los que ambos tendrán que poner de su parte para superarlos.
Esta pareja ha vivido así años y años, lejos queda su boda, más lejos el día que comenzaron a convivir en el mismo piso, y mucho más lejano el momento del primer beso, del primer baile, del primer contacto visual.
Pero aunque han pasado años y años, ellos nunca han olvidado esos detalles y los guardan en su memoria como si de una nube de tags se tratara.

La cena se ha terminado. Él desaparece en la cocina y de nuevo vuelve a aparecer con una tarta en sus manos:

- ¡Felicidades cariño!
- Pensaba que ya no te acordabas.
- ¿Cómo me iba a olvidar? Es el aniversario de aquella boda de la que no esperábamos nada especial y nos encontramos con una gran cantidad de amigos que nos dieron la mejor noche de nuestra vida. Ojalá pudiéramos repetirla.
- ¡Cuando quieras!.

dijous, 28 d’octubre de 2010

El ascensor

El corazón le dio un vuelco al escuchar el sonido del ascensor. A menudo sentía la misma sensación: cerca de la medianoche se oía como el ascensor se detenía en su rellano, a pesar de ser la única puerta del mismo, la última vivienda del edificio. Había otro rellano por encima pero en él sólo habitaba el motor del propio ascensor, solitario y frío. Ana suponía que, en realidad, el ascensor paraba en la planta inferior, pero una noche su marido bromeó con el tema.
- ¿Te imaginas que realmente el ascensor se detuviera él solito en nuestro rellano?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ana mientras se imaginaba tan espeluznante idea. Corrió a guarecerse bajo las sábanas, al lado de su marido que sonreía satisfecho, al ver que había conseguido asustar a su mujer.

Durante los siguientes meses, Ana no se volvió a percatar de aquellos siniestros sonidos, llegando a olvidarlos. Pero una noche que Ana estaba sola porque Juan, su marido, se encontraba de viaje de negocios, volvió a escucharlo. Ella se encontraba mirando la televisión, y de repente oyó claramente el sonido del ascensor deteniéndose en la sexta planta....la suya. Con cuidado de no hacer ruido, Ana se dirigió hasta la puerta de su vivienda y miró por la mirilla de la misma. En el rellano no se veía nada, excepto la luz de la cabina del ascensor. Estaba en lo cierto. Los pelos de la nuca se le erizaron de miedo; el pánico le empujaba a descubrir la verdad. Necesitaba irse a la cama sabiendo que no había nada extraño detrás de aquella puerta, así que se armó de valor y lentamente fue girando la maneta, hasta que la puerta que le protegía del exterior se abrió. Quizás esperaba encontrarse con alguien acechando fuera del alcance de su vista, pero nadie apareció de repente. Decidió dirigirse hasta el ascensor.
Mientras se acercaba lentamente, no conseguía divisar ninguna presencia dentro de la cabina, se fue aproximando con la intención de comprobarla más de cerca. Fue a abrir la puerta cuando, de pronto, una cara apareció desde un angulo ciego, era el rostro de una anciana que le miraba directamente a los ojos.

-¡Hija! - exclamó la mujer del ascensor.
A Ana le dio un vuelco el corazón. El susto fue tan grande que prácticamente de un salto se plantó de nuevo en su puerta, cerrándola tras de sí. Se quedó junto a la puerta esperando. Pero, ¿qué esperaba con tanta angustia?, ¿quizás pensaba que la anciana tiraría la puerta de una patada? ¿o le aterrorizaba más la posibilidad de escuchar unos apausados golpes de nudillos sobre la madera?, “toc, toc, toc”. Si Ana hubiera escuchado ese sonido, su sangre se habría congelado y casi seguro que habría caido víctima de un ataque cardíaco. Pero ningún sonido se oyó, tan sólo un espeso silencio que lo cubría todo. Ana no volvió a salir, cerró la puerta con llave y se fue a la cama, a intentar en vano coger el sueño.
La mañana siguiente se levantó sin haber podido pegar ojo. El ascensor ya no se encontraba en su rellano, con el nuevo día éste había vuelto a sus quehaceres tradicionales. Ana no se atrevió a cogerlo cuando tuvo que salir a la calle. Mientras bajaba las escaleras se encontró con la vecina más veterana de la escalera.
- ¿Haciendo ejercicio? - le preguntó la vecina a modo de saludo.
- Sí, hay que cuidarse. Además, no me fío de este ascensor, bueno, nunca me ha gustado.
- Te entiendo hija. A veces me parece que tiene vida propia. -un nuevo escalofrío volvió a recorrer la espalda de Ana.- De hecho, este ascensor tiene una historia siniestra de la que no nos gusta mucho hablar a los vecinos – cuando la vecina decía esto, estaba claro que no iba a despedirse sin contar su historia.
- ¿A qué se refiere?
- Hace muchos años, la señora Rosita, una mujer mayor, se cayó por el hueco del ascensor. Las malas lenguas dicen que fue su hija quien la empujó al vacío, pero nunca se probó. La hija no tardó en mudarse, cosa que todos los vecinos agradecimos con alivio, se le veía mala persona y nunca nos gustó a ninguno de nosotros.
Esa noche, Ana conectó su televisor pero prácticamente sin volumen alguno. Cerca de la medianoche volvió a escuchar el característico sonido del ascensor cerca, muy cerca. Nuevamente se dirigió hacia la puerta. Nuevamente miró por la mirilla y nuevamente no vio nada excepto la luz de la cabina. Volvió a abrir la puerta de su vivienda y otra vez se dirigió lentamente hasta el ascensor. No se apreciaba ninguna presencia. Ana abrió la puerta pero no había nada allí dentro. De pronto, escuchó la voz.
- ¡Hija!
Ana notó una presencia detrás suyo, en el rellano, cuando se dio la vuelta no vio nada, pero la sensación de alguien invisible no se desvaneció, al contrario, se acentuó dando forma a una palabra salida de ninguna boca pero pronunciada por alguien joven y maligno:

- ¡Muere!
Una mano invisible empujó a Ana hacia dentro de la cabina, pero ésta ya no estaba, no había sido más que una ilusión que de repente se había desvanecido dejando en su lugar un hueco negro. Ana perdió el equilibrio y comenzó a caer hacia ese oscuro vacío, cogiendo velocidad hasta que finalmente su cuerpo chocó con el suelo en un golpe brutal que se escuchó en todo el edificio. Cuando los vecinos más curiosos se asomaron, descubrieron que la vecina del último piso estaba aplastada en el fondo del hueco del ascensor; inexplicablemente, la cabina se hallaba en su mismo rellano. Sólo la señora Clara asoció la muerte de Ana con la muerte de aquella otra mujer, aquella anciana. Casualmente ambas habían vivido en la misma vivienda.

diumenge, 17 d’octubre de 2010

El último día

- ¿Quién es? - pregunté a la oscuridad.
- ¿Quién crees tú que soy? - contestó la oscuridad.

  Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a la negrura hasta que finalmente pude adivinar la sombra de una figura delante de mi cama. Era de gran altura y llevaba algo que parecía una guadaña al hombro.

- ¿Ha llegado mi hora?
- Así es.
- Pero no puede ser, aún soy joven. Tengo mucho por hacer en este mundo.
- Lo siento, tu destino está escrito.
- No estoy preparado para morir.
- Nunca nadie lo está.
- Lo digo en serio. Tengo muchos planes aún por realizar, no puedes llevarme sin que ni siquiera haya tenido tiempo de intentar llevarlos a cabo.
- Yo sólo cumplo órdenes.

  La muerte quería dar por finalizada la conversación, pero algo me hacía intuir que quizás pudiera tener una oportunidad; quizás había sido un pequeño titubeo en aquella voz de ultratumba, un pequeño toque de humanidad en su tono.

- Por favor, no me lleves aún. Te prometo que si me dejas vivir, aprovecharé cada día de mi nueva vida como si fuera el último...
- Eso dicen todos, pero los humanos nunca cambian. Todos aquellos que han sido rozados por mi guadaña y han vivido para contarlo siempre empiezan diciendo que van a aprovechar cada día como si fuera un regalo, pero ¿qué pasa al poco tiempo?, que siempre vuelven a la rutina de sus aburridas vidas anteriores, desperdiciando el tiempo que se las ha concedido. Al final, el ser humano es incapaz de disfrutar del día a día, se preocupa por problemas insignificantes, se amarga la existencia por auténticas nimiedades. Pierden el tiempo lamentándose de su miserable existencia en vez de pensar como podrían aprovecharla realmente.
- Te pido por favor que me des la oportunidad de demostrarte que yo sí sabré aprovechar el tiempo. Tan sólo una oportunidad para enseñarte que soy capaz de vivir cada día como si fuera el último, y si un día no soy capaz de vivirlo como realmente debería haberlo hecho, entonces, acaba con mi existencia.

 La muerte me miró pensativa mientras con una esquelética mano se rascaba la capucha que ocultaba su siniestra cabeza. Tras unos momentos de reflexión, finalmente tomó una decisión.

- Está bien. Hoy me has pillado de buen humor y pienso darte la oportunidad que me has pedido. Te daré un día más. Mañana volveré por la noche y tú me contarás qué has hecho con el tiempo que te he concedido. Si tu explicación no me satisface no dudaré en segar tu vida con mi guadaña. Así que no olvides que mañana puede ser tu último día, aprovéchalo bien.

  Con esta frase me dormí, despertándome en plena mañana de domingo. Me mantuve unos minutos perezoso en mi cama hasta que, de repente, volvieron esas palabras a mi mente:
No olvides que mañana puede ser tu último día, aprovéchalo bien”
  Angustiado por semejante sentencia salté de la cama y me fui a la cocina a prepararme un café. Mientras este se preparaba comencé a pensar qué narices podía hacer ese día para convencer a la Muerte que me permitiese seguir vivo.  No era fácil adivinar cuál sería para semejante ser la idea de un “día bien aprovechado”, pero seguramente no pasaría por holgazanear toda la mañana y por la tarde ir a ver el fútbol al bar, como solía hacer yo la mayoría de los domingos. De hecho, ese era mi plan del día. El café me facilitó ver que había olvidado plantearme la pregunta correcta: “¿Qué haría yo si hoy fuera mi último día de vida?”. Recordé un episodio de los Simpson en el que Homer se preguntaba lo mismo y, tal como él hizo entonces, me dispuse a confeccionar una lista de las diferentes cosas que me gustaría hacer antes de guiñarla.
  La lista era interminable, pero no me costó ir eliminando opciones que eran materialmente imposibles de realizar. Decidí que, si este era mi último día de vida, tendría que empezar por cuestiones prioritarias. El resto deberían esperar la oportunidad de ver un nuevo alba.
  Una vez realizada la selección, salí de casa con el propósito de cumplir con el máximo de mis objetivos. Seguramente os gustaría saber qué había puesto en esa lista, pero no voy a citarlo, principalmente porque se trata de algo muy personal que todos deberíamos buscar en nuestro corazón. Estaría bien que un día de estos cada uno de vosotros os preguntárais: “Si la Muerte viene a buscarme, ¿qué me gustaría haber podido hacer antes de marchar de este mundo?”. Yo, ese domingo, intenté cumplir con todo lo que me había propuesto aquella mañana.
  Cuando llegó la noche, la Muerte apareció de nuevo en medio de la oscuridad. Sin un saludo siquiera, fue directa al grano:

- ¿Has aprovechado el día?
- Juraría que sí, pero me da miedo no saber a qué le llamas tú “aprovechar el día”.
- Te lo preguntaré de otra manera para que no te quede ninguna duda. ¿Hoy has sido feliz?

  La pregunta me llegó un poco de sorpresa, y tuve que reflexionar la respuesta. Por mi mente se sucedieron las imágenes de las experiencias vividas durante toda esa mañana y toda esa tarde. Había hecho cosas que durante años había postergado, y realmente me sentía orgullo y contento de al fin haberlas realizado. Algunas de ellas me habían hecho llorar, y otras me habían hecho reir con ganas. Sí, definitivamente podía responder a la Muerte sin dudar.

- Sí, he sido feliz.
- De acuerdo. Mañana volveré. Y no olvides que puede ser tu último día, aprovéchalo bien.

  Desde entonces, me he dedicado a priorizar mi lista de “deseos a cumplir antes de morir” sobre todas las cosas, digamos que me va la vida en ello. Y le tengo que agradecer a la Muerte que gracias a ella, no a vuelto a haber un sólo día en la vida que no haya sido feliz, a pesar que muchas de mis experiencias me han enseñado la tristeza, pero también en ellas aprendí lecciones que me ayudaron a encontrar la felicidad.
  Cada noche, la Muerte vuelve a mi habitación y en medio de mis sueños me pregunta si he aprovechado el día. Yo siempre le contesto un sincero sí. Me queda saber qué pasará cuando mi lista de deseos se haya cumplido por completo. Quizás tenga que inventar nuevos deseos, o quizás pueda decirle a la Muerte que ya no me da miedo marchar, pues he cumplido con todo aquello que había deseado. Mientras tanto, sigo buscando la felicidad día tras día.

diumenge, 3 d’octubre de 2010

Volver

   Arrastré la enorme maleta aunando las últimas fuerzas que en mi cuerpo hallé. Mis pies se desplazaban por la inercia propia de la costumbre: ora un pie, ora el otro, y así sucesivamente, en una continua procesión de la que ya no recordaba cuál había sido su inicio.
   Pero por fin me acercaba al momento en el que mis hinchados pies podrían encontrar su ansiado y merecido descanso. Me detuve delante de la portería, y  procedí a buscar las llaves en mis bolsillos. Así estuve un largo rato hasta que logré recordar que las había guardado en algún bolsillo de la mochila que cubría toda mi espalda. Con torpes movimientos conseguí quitarme aquel inmenso bulto pesado que había sido una parte más de mi cuerpo durante largas horas. Busqué con desesperación en todos los compartimentos de la mochila y, como era de esperar, encontré las malditas llaves en aquel que había dejado para el final, ¡jodido Murphy!
   Abrí la puerta y un fuerte olor a cerrado salió a recibirme, como si de un fiel animal de compañía se tratara. Abandoné la maleta y la mochila en el primer rincón libre que encontré. Acto seguido me quité toda la ropa que llevaba puesta. Necesitaba limpiar mi cuerpo del rastro dejado por el largo viaje. Ni siquiera comprobé si el calentador estaba encendido, me fui directo a la ducha.
   Como no, el agua caliente no hizo acto de aparición, así que pensé que un poco de agua fresca no iría nada mal para relajar mi cuerpo. Una vez limpio, me puse unos calzoncillos limpios y me dirigí al comedor, pasando de largo por aquel rincón donde, durante días, esperarían pacientemente mochila y maleta a que me dignara a prestarles atención.
Conecté el router y a continuación el portátil. Como no, comencé por abrir la página del facebook, por suerte la mayoría de mis amigos estaban de vacaciones y pocos habían perdido el tiempo en explicar si se les había reventado un grano, o estaban desayunando en el bar de la esquina, o lo bien que se encontraban completamente desconectados del mundo (¿si están desconectados del mundo, qué cojones hacen conectados al facebook?). Después abrí mi correo electrónico, y lo único que encontré fueron unos cuantos correos de spam, nadie se había preocupado en enviarme ningún mail. Mi ego se sintió algo decepcionado.
   Ya sólo me quedaba una cosa para dar por iniciada mi vuelta a la normalidad, debía escribir mi nuevo relato para colgarlo inmediatamente en el blog. Antes de comenzar, completé todo el ritual obligatorio: abrir Spotify para escuchar música acorde a la situación -siempre es necesario crear una atmósfera de reflexión que deje volar la imaginación-, preparar una taza de café
y oler su aroma de forma obsesiva -el aroma del café me despierta los sentidos mucho más que su consumo-, y por último abrir bien las ventanas, para que la claridad entrase a raudales. Una vez cumplido con el ritual me dispuse a comenzar a teclear como un loco, pero no sabía por donde empezar, sufría del famoso síndrome del papel en blanco.
   Llevo un mes esperando a que mi cerebro comience a mover los engranajes de mi imaginación, hasta ahora sin ningún éxito. Sigo aquí sentado, con las manos encima del teclado y, en frente, tan sólo una visión: una pantalla en blanco con un cursor que no para de pestañear en la esquina superior izquierda de la misma.

   ¡Qué difícil es volver de vacaciones!

diumenge, 8 d’agost de 2010

El mundo moderno de la medicina

Por Toni Casablanca

Mi psicoanalista había metido mis sesos en una olla con agua hirviendo y los dejo cocer durante horas mientras yo dormía placenteramente a causa de la anestesia en una de las habitaciones que había habilitado para casos especiales de personas especiales como yo. Yo, no sólo tenía una enfermedad mental fuera de los límites de la realidad si no que además, iba recomendado por una de las personas que habían ayudado al psicoanalista, de origen germano, a ser el pionero en ese tipo de cura para enfermos mentales terminales que pueden llevar una vida normal, pero que por causas que no llego a comprender y por ende no las citaré, acababan locos de atar y arremetían, como era mi caso, contra todo lo que poseía un corazón latente en su caja torácica. El muy animal me suministró una dosis tal de anestesia que me dejo en stand by modus durante un par de días, mientras él se iba a pescar todo el fin de semana y mis sesos cocían a fuego lento. Cuando desperté tenía un dolor de cabeza insoportable, y no sé por qué pero apestaba a puré de patatas quemado. Esa combinación desagradable hizo que mi estómago no aguantara más y me empezaron a dar arcadas. Al principio intenté controlarme pero después de un par de minutos, me tuve que disculpar con el Dr.Hochgarten y salir corriendo al lavabo donde me agarré a la taza del váter con tal fuerza como si fuese lo único que podía salvarme de una caída al abismo de mis dudas más profundas. Por más que lo intentaba, por mi boca no salía más que un hilo de líquido marrón que apestaba a patata quemada, justo era esa apestosa visión y su desagradable banda sonora lo que me provocaba más arcadas, como en una película gore de serie B en la que, si no tienes suficiente con las vísceras dando vueltas en una lavadora, en la siguiente escena comienzan a saltárseles a todo el mundo los ojos de las órbitas para ir a caer en una trituradora de carne. Con esas credenciales y mi cabeza rapada a causa de la operación, no podía ir muy lejos. Además, me había abandonado cualquier fuente de energía y el amor propio que frente a cualquier adversidad me hacía fuerte. El recuerdo de ese amor propio era tan vago como el recuerdo de mi hermanita Ana, que murió dos días después de nacer, cuando yo sólo contaba con poco más de un año de edad. Quise gritar, pedir ayuda, pero de mi boca no salía otro sonido que el que se puede oír cuando comes y te tapas los oidos para escuchar la sinfonía experimental de tu dentadura masticando los alimentos. El Dr.Hochgarten me dijo:

No te preocupes, estos son los efectos secundarios del tratamiento, en un par de días estarás como nuevo. Y por el pelo no te preocupes tampoco, crece rápido. Sí, lo reconozco, se me fue la mano, pero no le pidas peras al olmo, yo no soy peluquero. De todas formas, te haré un precio especial, precio de amigo.



Yo no sé de qué había servido tanta operación para reparar los daños causados por la infancia ya que, ningún bisturí podía seccionar tanta mala suerte y alejarla de mis recuerdos para siempre jamás. Cuando oí la palabra “amigo” salir de sus labios empapelados por las llagas causadas por el frío y el tabaco, me puse tan furioso como siempre que me ponía furioso. Recordaba ese sentimiento perfectamente: primero exhalaba como un toro por los orificios de la nariz y luego mi cabeza siempre sintonizaba esa cancioncilla de Marlene Dietrich "Lili Marlen" y soltaba una bofetada al primero que estaba o pasaba por delante mío. No conformándome ya con el bofetón o el puñetazo acto seguido, y para dejar claro quién tenía la culpa, le soltaba una retahíla que no hacía más que dejar bien claro quién era el culpable de la agresión desmesurada sin preguntar primero y pegar después. Y bueno, pasó lo que tenía que pasar. Le aticé al Dr.Hochgarten un puñetazo con todas mis fuerzas que fue a topar directamente con su nariz, dejando oír un crack y ver un hilillo de sangre resbalar hasta sus empapelados labios. El pobre hombre me miró como diciendo: “La operación no ha servido absolutamente para nada“, cosa que me enfureció aun más. Pero el olor a patata quemada volvió a hacerse cargo de todos mis sentidos. Era tan fuerte y tan asquerosamente insoportable que me hizo recobrar el mando de la situación. De repente me encontraba buscando vendas, alcohol, agua oxigenada, un teléfono para llamar a un doctor. Al cabo de unos tres cuartos de hora apareció la ambulancia y los médicos y enfermeros de urgencia. El Dr.Hochgarten estaba indignado por semejante tardanza y además ya se había curado el mismo. Por suerte, no tenía roto el tabique nasal. Tampoco me denunció, y cuando le pregunté por qué había pasado, me respondió: “No te preocupes, son gajes del oficio, lo que se tenía que hacer ya está hecho. Llámeme para contarme los resultados y si progresa tal y como yo he calculado”.

No sé exactamente qué ocurrió ese día en la consulta del psicoanalista, no sé lo que fue realidad y lo que imaginé a causa de mi fobia a las consultas. El caso es que fue pasando el tiempo y yo me iba encontrando ante situaciones en que, por ninguna causa aparentemente explicable, se producía un cortocircuito en mis neuronas y me entraban ganas de soltarle un sopapo a cualquiera. Entonces volvía siempre ese apestoso olor a patata quemada que hacía que controlase esas ganas de mal ajeno. Con el tiempo desarrollé técnicas para poder salir airoso de la situación. Con todo ello, descubrí mis dotes interpretativas y me inscribí en una escuela de interpretación: me hice actor. En una ocasión, llegué a actuar en una película de Jess Franco, Vampire sex - Lady Dracula 3, en la que hacía de guitarrista. Un papel donde me pude lucir poco, pero siempre queda bien en una de esas conversaciones de bares, o en cenas con amigos, decir que has trabajado con Jess Franco. Hice algunos papelillos más en películas de alto presupuesto cuyos títulos no diré por vergüenza, y así fue pasando la vida, día a día. Visité dos veces más al Dr. Hochgarten antes de que se fuera a los Estados Unidos con una beca de la Universidad de Kansas para investigar fallos en el sistema neurológico. Llegó a obtener varios premios por sus hallazgos en este campo, e incluso fue nominado para el Premio Nobel de Medicina, que ese mismo año fue otorgado a un neurólogo finlandés por sus avances en implantes de células cerebrales de peces al cerebro humano, que ayudaban a alejar las fobias de los enfermos pues, éstas permanecían un máximo de cinco segundos en su memoria. Después de este fugaz arrebato de miedo, los pacientes olvidaban lo que había pasado, por lo que, olvidaban también el miedo. Cosas de la medicina moderna.

diumenge, 1 d’agost de 2010

Preguntas (Sensaciones)

Por M.



¿Dejo el trabajo? no, no... sigo. Aunque no sería tan mala idea... al fin y al cabo no estoy tan bien... bueno, pero tengo unos muy buenos compañeros y, en el fondo, todavía no estoy tan cansada.

¿Nos cambiamos de piso? algo mejor podríamos encontrar, ¿verdad? Y de hecho, podríamos cambiar de ciudad y abandonar la estresante vida barcelonesa... aunque claro, quizá nos podríamos aburrir en un lugar más tranquilo... Y de hecho, en nuestro piso de alquiler de 38m2 no se está tan mal... ya, pero ¿y si compramos un piso? bueno, pero ahora no es un buen momento...¿o sí? ¿pero dónde? ¡ay!... no lo sé.

¿Y si nos casamos? ¿cómo lo podríamos hacer para que fuera diferente? ¿para que fuera tan espontáneo como nuestra propia vida? hay muchas opciones, ninguna nos acaba de convencer, quizá es mejor no casarse por ahora... o bueno... siempre podemos seguir dándole una vuelta.

¿Y si nos tomamos un año sabático? lo dejamos todo y nos vamos a viajar!!! ya volveremos, ¡¡¡no hay problema!!!! No sería la primera vez... esta experiencia es uno de los placeres más grandes que se pueden experimentar... ser libre de decidir y hacer durante 24h. al día, 365 días al año.

Podríamos reinventar nuestra vida. Luchar para ser conscientes a cada segundo de que la vida es muy corta y que la tenemos que vivir con la máxima intensidad, arrepintiéndonos solamente de lo que hemos hecho, y no de lo que nunca hicimos.

Todas estas preguntas, con sentimientos contradictorios, con decisiones precipitadas y aparentes locuras... esa espontaneidad y frescura que todavía nos queda... son las que me hacen sentir viva y querer tanto a la persona que comparte la vida conmigo.

diumenge, 25 de juliol de 2010

Anónimo

Se dio cuenta que aquel tipo estaba siguiendo a una chica de forma sospechosa.
¿Por qué?
Los tres habían salido del metro y se encaminaban por la misma calle. Era una noche de domingo, Dani venía de estar con su novia. Tras subir las escaleras del metro observó que delante suyo avanzaban dos personas. Sus caminos coincidían. Por delante iba la chica, y un poco más atrás iba aquel otro chico. Hasta aquí todo normal, pero a Dani le pareció que aquel tipo adaptaba el paso a la velocidad de la joven.
De repente ella recibió una llamada en su móvil y se paró a contestar, el chico pasó de largo. Dani también la adelantó. Pero unos metros más adelante, aquel tío raro se detenía sospechosamente delante de un escaparate. Dani también lo adelantó.
Un par de minutos más tarde, Dani llegaba hasta la puerta de su edificio. Mientras abría la puerta echó una mirada atrás. Lo que vió le puso en alerta: la chica se acercaba por la otra acera, y detrás suyo, a unos diez metros, de nuevo estaba aquel tipo, que además parecía mirarla fijamente, ajeno a la observación de Dani.
Seguramente nuestro protagonista no sabría decir qué le llevó a actuar, quizás el ver un caso tan flagante de persecución, o quizás sentirse superior a aquel tipo, es decir, que no medía dos cabezas más que él sino que se trataba de alguien normal; seamos sinceros, si aquel personaje hubiese medido dos metros Dani no habría actuado como lo hizo, se habría contentado con seguirles para comprobar que la chica llegaba a su casa sana y salva. Aquel tipo no se hubiese atrevido a molestarla si de la nada hubiera aparecido otra persona pegando voces.
Pero no fue este el caso. Esta vez, inconscientemente, Dani decidió hacerse el heroe: cruzó decidido la calle e interceptó al perseguidor.
- ¿Dónde vas tú?
- ¿Eh?
- ¿Te crees que soy tonto o qué? Estás siguiendo a esa chica.
- Yo no...
- ¡Y una mierda! Ahora mismo te vas por esta otra calle y que no te vea que vuelves. Me voy a quedar aquí vigilando.¡Vamos!
El tipo siguió mirando a Dani con la sorpresa y culpabilidad dibujadas en su rostro, y a continuación giró por la calle que éste le indicaba.
Años después, Dani sigue pensando que no se equivocaba y que aquel tipejo no tenía buenas intenciones. No podría decir si le pareció un loco por su físico o no, sólo se guió por su instinto y por los hechos. La chica nunca se enteró de aquel suceso, se supone que llegaría tranquilamente a su casa y cenaría con su familia como cualquier otra noche de domingo.

diumenge, 18 de juliol de 2010

El captaire de Munic

Català Español  
Es deia Jens, però feia molts, molts anys que ningú li deia per aquest nom. Realment ningú li deia per cap nom.
Gairebé tota la gent amb què es creuava pensava que estava boig, i segurament tenien raó. Es passava tot l'estiu buscant flors pels parcs de Munic, les recollia i les guardava en una bossa de plàstic. A les tardes s'asseia en un banc i començava a confeccionar senzills però preciosos rams amb totes aquelles flors. Quan ja no li quedaven més flors, començava a repartir els rams per les estàtues del Viktualen Markt, plaça del centre de Munic famosa pel seu mercat, pel seu jardí de cervesa (biergarten) i també per les estàtues d'actors i músics que es reparteixen per tota la plaça. Jens anava deixant els seus rams en cadascuna de les estàtues de dones d'aquella plaça. Sempre li sobraven tres rams, els més bonics.
El primer d'aquests rams l'hi regalava a la cambrera del jardí de cervesa que cada dia li convidava a una gerra de cervesa rossa i a un breze. Aquesta era el sopar de Jens des de feia molt de temps: cervesa i pa salat.
El segon dels rams l'hi regalava a la dependenta d'una llibreria que de tant en tant li regalava algun llibre. Els seus preferits eren els llibres de poesia, li encantava llegir poemes que reflectissin la bellesa de les coses, de l'amor, però també els crítics amb la societat.
El tercer dels rams, el més bonic de tots, sempre el reservava per a una bella violinista que s'ubicava cada vespre a la Wein Strasse, pel darrere del Neue Radhaus, el nou ajuntament. El seu violí omplia d'encant aquell carrer, sorprenentment silenciós per ser un carrer ple de terrasses de bars. Tothom es quedava abstret amb les melodies tocades magistralment per aquella noia de poc més de vint anys. Jens s'acostava sempre sense dir res, i al costat de la funda del violí, on la gent llençava les monedes, deixava el seu ram i s'allunyava. Mai parlava amb ella, sempre arribava i se n'anava mentre la jove tocava. Ella ni tan sols sabia per què li regalava aquell ram, ja que el captaire pràcticament no es parava a escoltar la música.
Sempre era igual, fins que un bon dia, la cambrera del biergarten es va sorprendre de que arribés la nit i el captaire no s'hagués presentat per la taverna amb el seu ram. La dependenta de la llibreria va tornar a posar en el seu prestatge el llibre de poemes que pensava regalar al vell. Les estàtues femenines del Viktualen Markt es van quedar sense flors per primera vegada en molt de temps, fins i tot es podia comprovar com els seus petris rostres mostraven una tristesa inusual.
Aquella mateixa tarda, en caure la nit, la jove violinista de la Wein Strasse va acabar la seva actuació al carrer amb una peça tan trist que a tots els que la van sentir se'ls va entristir el cor. Tot aquell que s'acostava a deixar-li unes monedes podia observar les llàgrimes que queien dels ulls de la noia.
El captaire va desaparèixer de cop i no va tornar a aparèixer mai més en les seves vides, Munic l'havia perdut per sempre, però es va mantenir en el record d'aquelles que encara esperaven cada dia el seu ram de flors.

dissabte, 10 de juliol de 2010

Escriu el futur - Escribe el futuro

Català Español  

Onze de Juliol de 2010


Sona el timbre.
- Si?
- Baixes?
- Ja vaig
Em poso les sabates i en un minut em planto a la porta de l'edifici. M'espera el Joan.
- Què passa Pepe?
- Preparat pel partit?
- Jo sí, i tú? Ja saps amb qui vas avui?
- Bé, a la porra he posat que guanya Holanda, un a cero.
- Jajaja, sempre estàs igual. I després et posaràs a saltar com un boig si Espanya fa un gol.
- Ja, però és que quan fan un gol me n'alegro pels jugadors, per que són bona gent i juguen de puta mare, però em fot moltíssim quan sento parlar als periodistes espanyols, tan soberbis i “chulescos”, incapaços de mirar més enllà del seu melic, i sense idea de futbol. Així que, guanyi qui guanyi, em quedaré amb una sensació agridolça.
- Mira que ets raro, tio!
- Ja, tothom té les seves manies. Jo no sóc cap excepció. Segur que en Paul el pop és encara més raro que jo, així que no et queixis.
- El pop?, què dius?, aquest amb un musclo ja el tens content i passa de complicacions. Fins i tot no té cap problema en endevinar que el pais dels seus benefactors perdrà i no guanyarà una merda. Segur que encara l'importa menys tota l'expectació que genera cada cop que es menja un miserable musclo. Almenys li podrien posar mitja dotzena, una tapeta, que el pobre s'ho està currant.
- Va, si diuen que ho manipulen per a que trïi un determinat equip.
- Doncs aleshores, ha de haver-hi un paio molt llest que endevini els resultats; que li donin la tapeta de musclos a aquest.
Amb aquestes ximpleries recorrem la distància que ens porta fins al Bar Versalles, al cor del nostre barri, algun dia us parlaré de les històries d'aquest bar, pel moment ho deixarem com el nostre escenari particular, el del Joan i el meu, per a la final del gran mundial de Sudàfrica de futbol. El mundial del Waka Waka de la Shakira (mai entendré per què van triar a una colombiana per a fer la cançò del mundial africà), el de les vuvuzeles ensordidores, el del pop pitonisu, i el de la Larissa Riquelme, la xicota del mundial que portava el mòvil entre les mamelles i que va prometre que es despullaria si el seu equip, el Paraguai, arribava a semifinals ( i ho va complir tot i que els paraguaios no haguèssin complert la seva part del pacte). També ha estat el mundial en el que els àrbitres han continuat fent les mateixes errades de sempre, malgrat que es podien haver evitat fent servir les noves tecnologies; però quina gràcia tindria el futbol sense els errors arbitrals?, els perdedors fins i tot perdrien les seves excuses, deixem que puguin culpar a algú de les seves desgràcies. I també ha estat el mundial de la Roja, el primer cop que ha arribat a una final. En Pepe pensa en tot això mentre baixa les escales que donen accés al pis inferior del Versalles, el seu particular Soccer City, però aquest a Sant Andreu, no pas el de Johannesburg, ni ganes, que com al barri a enlloc. Ja hi ha força gent malgrat que encara queda mitja hora fins al començament.
- Joan, te n'adones que estem visquent un moment històric?
- De debò?
- I tant!, quanta gent ha mort amb un últim desig no concedit de veure a la selecció espanyola jugar una final d'un mundial.
- Doncs no sé...molta?
- Ni idea, era una pregunta retòrica. Però segur que algú abans de guinyar-la va pensar: “Ojalá pudiera ver antes de morir a España jugando la final de un mundial”.
- Doncs quina merda d'últim desig.
- Ja, i tú a que dedicaries el teu últim pensament?
- No sé, però segur que a res de futbol.
- Doncs jo no sé. Després del que hem viscut amb el Guardiola, ja no em queda res més per demanar en clau esportiva. Potser veure al Sant Andreu jugant la “Txampions”.
- T'ho imagines?, jajajaja
- Seria la hostia. Però vinga, demana dues canyes, que hem de començar a escalfar el partit.
“Ya salen los equipos al terreno de juego. El equipo de Vicente del Bosque será el mismo que en el último partido ante Alemania. El Niño comenzará en el banquillo y, en su lugar, el gran Pedrito volverá a repetir titularidad. Esperemos que hoy cumpla con su tradición de meter un gol en todas las competiciones que ha jugado. Sería el mejor colofón para la temporada increible del canario.”
- Ostres, que bé estaria que el Pedrito fiqués el gol de la victoria.
- No, que em fotaria la porra!!!
- Collons, però tú amb qui vas???
- Ja veurem, si fica gol un del Barça vaig amb Espanya, que em tira el cor; i si no aniré amb Holanda, que em tira la butxaca.
- No tens remei Pepe.
“Suena el himno de España por primera vez en una final de un mundial de fútbol”
- Collons, han anat tota la familia reial, el Zapatero amb la Sonsoles, i gairebé tot el parlament espanyol. A aquests qui els paga el viatge? eh? eh?. Això és una vergonya.
- Doncs si guanya Espanya cada jugador es porta una prima de 600.000 euracos.
- Això sí que són cosines i no les meves del poble!!! I qui paga aquesta pasta?
- No sé si la Federació de futbol o les arques de l'estat.
- Espero que la federació, que per això els jugadors es pasen més temps rodant espots publicitaris que entrenant.
- Sí, has vist aquell que surten tots fent l'imbècil amb el dit?
- No, home, que estan fent com si apaguèssin els llums.
- Apaga y vámonos, que deia aquell.
- Sí, el Butanito, jejeje, que bó que era el malparit.
- Escolta, això ja comença. Demanem unes braves ara o primer uns bocatas?
- Jo vull un bocata de botifarra. Després demanem les braves. I dues cervesses més?
- Ja t'has begut la primera?, quin ritme em portes!!!
- Au vinga!, que l'anglès xiula ja el començament. VAMOS VILLA!!!

En aquest moment, alguns estan escrivint el seu futur. Molts s'han quedat sense tinta a la meitat, i d'altres només han pogut fer una taca ben grossa, com és el cas dels pobres francessos.
Aquest cop, el guanyador celebrarà la seva primera victòria en un mundial. Si es tracta d'Espanya, la Coca Cola podrà fer un espot tal com aquest:
“Para los incondicionales de la Roja, para los que no son tan incodicionales y que son del Barça, para los que les gusta el futbol pero no les gusta España, para los que les gusta España pero no les gusta el futbol, para los que prefieren que no les taladren la cabeza todo el lunes con el maldito futbol, para todos ellos:”

El mundial s'ha acabat i no tornarà fins d'aquí a quatre anys. Però la pretemporada de futbol i els tornejos d'estiu comencen en quinze dies.

Per cert, nosaltres sortim del Versalles cinc cervesses després. Pel mig hi han hagut dos xuts al pal, un gol, un bocata de botifarra i unes braves. Jo surto -tal com ja havia endevinat al més pur estil pop Paul- amb sensació agridolça...i una mica marejat.

diumenge, 4 de juliol de 2010

El cinquè - El quinto

Català Español  

Basado en el relato homónimo de Dani Morn, El quinto

Estaba nervioso. Me encontraba delante del portal de mi nueva casa con las llaves en la mano dispuesto a introducir una de ellas en el ojo de la cerradura. Ya había estado en el piso varias veces, había llevado y colocado todos los enseres que creía necesarios para tener una cómoda estancia pero esta vez iba a ser la primera noche que iba a dormir allí.

Por supuesto era de alquiler y apenas sesenta metros cuadrados pero era MI casa. Siempre soñé con mi primera casa y esto no se parecía en nada a los muros que mi mente había formado, pero la necesidad de tener mi propio refugio me hizo posponer ese sueño. Era un quinto piso situado en el centro de la ciudad, poca luz y un extraño olor rezumaba de los peldaños de madera de la escalera.

En pocos días adquirí la costumbre de fumarme un cigarrillo antes de acostarme, asomado al ventanuco que había a los pies de mi cama y que daba a una pequeña plaza donde los niños de los alrededores suelen jugar por la tarde. Raramente se veía pasar gente a esas horas.

Una noche, mientras cumplía mi ritual previo al sueño, escuché alguien tarareando una canción que me resultaba familiar, mis ojos divisaron rápidamente una figura barriendo la plaza de forma relajada, con un pitillo colgándole prácticamente de los labios. Él barrendero se encontraba casi debajo de mi balcón; no se cómo se dio cuenta de mi presencia, alzó la mirada hasta cruzarla con la mía, y sonriendo me hizo con su mano derecha el signo de la victoria, mientras aguantaba su escoba con la izquierda.
Apagué el cigarro y en ese breve instante, cuando volví a mirar el hombre había desaparecido.

La mañana siguiente me levanté como de costumbre, sobre las ocho de la mañana, para ir a trabajar. Al volver a casa, a media tarde, me fijé en un cartel que había al lado de los buzones en el que se anunciaba la fecha del funeral de una vecina que había fallecido esa madrugada. La había visto una vez en el portal e intercambiamos unas palabras; era muy joven por lo que pregunté a la portera la causa de la muerte.
− Se ve que le falló el corazón. – Me contestó.

Dos noches después durante mi acostumbrado cigarro nocturno, volví a oír la misma canción. Allí estaba el barrendero de nuevo. Se giró hacia mi y esta vez me hizo el signo del pulgar hacia arriba y el puño cerrado; yo le devolví el gesto. Aparté un momento la mirada de él y cuando volví a mirar ya no estaba.

El día siguiente era sábado y bajé a la calle al mediodía a hacer algo de compra cuando vi otro cartel que anunciaba el fallecimiento de otro vecino. La misma causa que la muerte de dos días antes. Un sudor frío me recorrió la espalda al darme cuenta de repente de un detalle: el fallecido vivía en el primer piso. Rápidamente fui a casa de la portera y le pregunté el piso de la vecina fallecida.
− El segundo. − Me dijo.

Durante tres meses no me asomé a esa ventana.

Esta noche salí con unos amigos a tomar unas copas y al volver a casa, algo embriagado, repetí inconscientemente el rito que suspendí durante los últimos tres meses. Y ahí estaba el barrendero una vez más, con su colilla pegada a los labios, como si me hubiera estado esperando durante todo este tiempo, tarareando aquella maldita canción que tanto me sonaba y que no podía situar. Me quedé paralizado. Quise darme la vuelta, pero fui incapaz. Apreté las manos en el alfeizar de la ventana y cerré los ojos, pero algo en mi interior me forzó a abrirlos y ahí estaba él… mirándome con su sonrisa cómplice. Me saludaba con la palma de su mano abierta. Súbitamente recordé dónde había oído aquella canción: fue el día que murió mi padre, cuando tan sólo tenía cuatro años. Él la estaba cantando cuando de pronto sufrió un ataque al corazón que acabó con su vida. Sus estertóreas palabras hablaban de un barrendero, nadie las supo interpretar y todos pensaron que eran fruto del delirio.

Escribo estas líneas para que todo el mundo conozca mi sufrimiento. Me duele el pecho y mi mano izquierda se paraliza… no puedo seguir sujetando la pluma… creo que ha llegado mi hora.

diumenge, 27 de juny de 2010

El abrazo

El caballo relinchó cuando sintió el fuerte tirón de bridas, frenando bruscamente su veloz galope. El jinete saltó de su montura y se dirigió hacia la puerta de aquella cabaña. Por una de las ventanas se filtraba una tenue luz, por lo que el jinete sintió un pequeño alivio ante la esperanza de encontrar a la mujer, el motivo de su carrera a galope tendido.
El hombre subió de un salto los cuatro escalones hasta la puerta, agarró el picaporte y lo golpeó con fuerza.

- ¡Abre mujer!

Esperó un momento, y ante la ausencia de señales de movimiento en el interior de la vivienda, volvió a golpear el picaporte con fuerza.

- ¡Por el amor de Dios!, ¡Abre!

Ahora sí que pudo escuchar unos pasos que se acercaban sin prisa.

- ¿Quién es a estas horas?
- Soy el párroco del pueblo. Necesito tu ayuda.

La puerta se abrió de inmediato. Ante el párroco se fue mostrando poco a poco la figura de aquella mujer tan bella y tan extraña.

- ¿Qué desea de mí el señor cura? ¿Quizás está buscando un poco de calor?
- No digas sandeces y escúchame – replicó el párroco muy serio -. Mi madre está muy enferma, el doctor ya no sabe qué más hacer para intentar frenar su muerte. Por eso acudo a ti, desesperado.
- ¿Qué le pasa?
- Tiene una fiebre muy alta y no para de delirar. Lleva dos días sin comer nada y sufre unas diarreas muy fuertes.
- Espéreme un momento fuera que voy a coger todo lo que necesito.

El párroco obedeció pacientemente mientras observaba a la mujer ir de un lado a otro buscando esto o aquello. Por un momento, el siervo del señor, se imaginó a aquella mujer desnuda, yaciendo con él, los dos entrelazados, y rápidamente intentó rechazar las tentaciones del maligno fuera de su mente. No era el momento para una batalla espiritual, estaba en juego la vida de su amada madre, la mujer que realmente le importaba en este mundo pues a éste le había traído hace treinta años y hasta ese momento había cuidado de él de forma ejemplar. De todos modos, el párroco no pudo dejar de pensar en aquella mujer…
Se llamaba Judith, aunque en el pueblo todos la conocían como la bruja. Vivía lo suficientemente lejos del pueblo para que los que la odiaban la dejaran tranquila, y lo suficientemente cerca para que aquellos que la desearan pudieran llegar a ella y pagar por sus favores sexuales. Gracias a la venta de su cuerpo, y también a la venta de sus recetas, la mujer podía subsistir sin problemas, aunque sin muchos lujos, tampoco los necesitaba y la ostentación seguramente le hubiese acortado la vida. Nada perjudica más la salud que la envidia de los demás, puede llevarte a la hoguera.
No, Judith lo único que buscaba era ser libre, no ser la mujer de nadie y a su vez ser la de todos los que le apeteciera, o la de aquellos que pagaran bien. El cura poco sabía de todo esto, él tan sólo conocía las habladurías de las mujeres envidiosas que veían como sus maridos eran embrujados por aquella hechicera y desaparecían durante unas horas para volver directamente a sus lechos sin decir ni pío. Pero a parte de las habladurías, el párroco sentía una atracción especial por aquella mujer. Ambos habían coincidido en la escuela del pueblo de pequeños, sólo que ella tan sólo había asistido a clase un par de años. Recuerda como ya de pequeño se sentía maravillado por aquellos ojos verdes, y también por aquella rebeldía pura. A Judith siempre la echaban de clase por llevarle la contraria al maestro, mientras que él era el alumno más aventajado, predispuesto para llegar a ser algún día el párroco del pueblo. Con el tiempo, ella dejó de ir a clase para quedarse a ayudar a su madre, viuda desde que Judith era un bebé. De su madre ya se decía que era una bruja, y algunos habían llegado a acusarla del asesinato de su marido, que le pegaba cada vez que se emborrachaba, es decir, prácticamente cada día. Lo único que salvó a la madre de Judith de la hoguera fue que el alcalde del pueblo era su amante, y estaba tan enamorado de ella que evitó el linchamiento arriesgando su propia vida. Judith heredó la belleza salvaje de su madre, algunos incluso pretendían ver la mano de Satán en la similitud existente entre madre e hija. Judith aprendió todo lo que sabía de su madre, que le enseñó a no fiarse de nadie, y menos todavía de aquellos que estaban más en deuda con ellas, esos eran los peores, ya que la mayoría de ellos se sentían comprometidos por dichos favores, y eso les incomodaba mucho.
Judith había crecido y se había convertido en un ángel de belleza endemoniada, con un cuerpo hecho para el pecado, y una personalidad digna del mismísimo Luzbel, el ángel que osó enfrentarse a Dios. Aunque vivía sola, nunca un hombre intentó poseerla contra su voluntad. Todos temían sus maldiciones, y además, si pagaban ella no ponía ningún problema, por muy desagraciado que fuese el postor.
A parte de las chismosas del pueblo, el peor enemigo de Judith era justamente el párroco del pueblo, el que ahora venía a buscar su ayuda. Él tenía, más o menos, la edad de Judith, ambos rondaban la treintena. Era el cerebro más privilegiado en aquel pueblo de ignorantes supersticiosos. A pesar de su inteligencia, aquejaba de un defecto importante: él mismo provenía de una familia de ignorantes supersticiosos, por lo que había heredado esa intolerancia irracional a todo aquello que se escapase del camino cristiano.
Pero Judith sabía que aquel párroco la amaba tanto como la odiaba, lo veía en sus ojos, ora ardientes de ira, ora brillantes de pasión. Y Judith también sentía algo especial hacia aquel hombre que nunca sería suyo, pues pertenecía a aquel Dios cruel y vengativo.
Cuando la mujer acabó de recoger sus medicinas, se dirigió a la puerta:

- Me tiene que llevar en su caballo. Yo no tengo.
- Está bien.

Ambos subieron al caballo del cura. Éste espoleó a su montura que rápidamente se puso al galope. La chica se aferró con fuerza a la cintura del hombre, mientras apoyaba su cabeza contra la espalda de éste. El cura no pudo evitar sentir una oleada de excitación, que intentó vencer jaleando a su corcel con energía. Cuando llegaron a la entrada del pueblo, el párroco bajó la marcha del caballo, evitando llamar la atención de los vecinos. No quería que nadie se enterara que la bruja había entrado en su casa. Llegaron a la casa y él ayudó a ella a bajar de la montura. Ambos vivieron otro momento de tensión cuando él la cogió firmemente con ambos brazos. Sentir bajo sus manos aquella cintura tan sensual le provocó una excitación involuntaria y una gran vergüenza, se ruborizó; Judith se dio cuenta pero no dijo nada, no le gustaba jugar con los sentimientos interiores de aquel hombre.
Entraron en la casa y fueron directos a la habitación de la mujer, la que normalmente queda para la ama de llaves. Ninguna mujer podía cuidar mejor del cura que su propia madre, al menos esto era lo que ella pensaba, así que el mismo día que su hijo se convirtió en el párroco del pueblo, ambos se mudaron a la casa del difunto cura. La anterior ama de llaves, se volvió a su antigua casa, con la herencia del viejo, y no tardó en formar una familia aunque ya estaba en edad de vestir santos.
La habitación olía a enfermedad. Judith se dirigió sin decir nada hacia la mujer agonizante. Le tomó el pulso de su muñeca, y luego le puso el reverso de su mano sobre la frente para comprobar la temperatura. Tenía un pulso muy débil y le ardía la frente.

- ¿Tienen bañera?
- Sí
- Ayúdeme a llevar a su madre a la bañera, vamos a bajarle la fiebre con agua fría. Usted se quedará junto a su madre, y yo iré a la cocina a hacerle una infusión con mis hierbas. Si quiere puede rezar, su Dios no ayudará mucho pero tampoco creo que moleste.
- Aunque tú no lo creas, el señor está en esta casa. Él decidirá si mi madre se queda conmigo o, por el contrario, ha llegado el momento de que ella vaya junto a Él.
- Entonces no sé para qué me ha ido a buscar – tal como decía estas palabras, Judith ya se estaba arrepintiendo de ellas, no era su intención herir a aquel hombre con sus sarcasmos.

El cura calló mientras echaba una mirada de resignación a la chica.
Entre ambos asieron a la enferma y la llevaron en volandas a la bañera. La anciana era más ligera que una pluma, consumida por la enfermedad. Ni siquiera se quejó del agua fría con la que llenaron la bañera.
Judith dejó al párroco con su madre y se fue a la cocina a hervir agua para hacer la infusión de hierbas. Era la única en el pueblo que conocía todos los ingredientes de dicha infusión, cuya receta había pasado de generación en generación entre las mujeres de su familia, hasta llegar a ella. Cuando volvió a la habitación con la infusión, encontró al hombre sentado junto a la madre, aferrando con una mano un rosario, y, con la otra, la arrugada mano izquierda de la enferma.

- Incorpórela. Tenemos que conseguir que beba esta infusión poco a poco.
- ¿No estará muy caliente?
- Se debe tomar así.

En su estado de semi-inconsciencia fue tarea difícil darle de beber la infusión, pero lo lograron. Ya sólo quedaba esperar. La bruja y el cura se fueron a esperar junto al hogar de la casa. El fuego crepitaba alegremente, y los dos se quedaron hipnotizados mirando las llamas.

- ¿Has hecho alguna vez un aquelarre? – preguntó repentinamente el párroco.

Ella lo miró sorprendido. Nunca hubiera pensado que aquel hombre fuera suficientemente valiente para hacer una pregunta tan directa e impertinente.

- Sí, lo he hecho.
- ¿Y has yacido con el Maligno?

Judith volvió a mirar al cura, esta vez con cara de ofendida.

- Pero bueno, ¿qué cree que se hace en un aquelarre?
- Bueno, de todos es sabido que es una ceremonia en la que invocáis a Satán y todas las brujas congregadas realizan una orgía con él.
- ¿Y quién le ha contado semejante barbaridad?
- ¿No es verdad?
- ¡Claro que no!. De acuerdo que un aquelarre es una ceremonia pagana, pero no invocamos ningún ente maligno. Es un acto de unión con la naturaleza, a la que nosotros consideramos nuestra verdadera diosa.
- Pero sólo hay un único Dios, el creador de la naturaleza y de nosotros mismos. Vuestra ceremonia es un acto blasfemo, lo mires como lo mires.
- ¿Por qué su religión es tan intolerante? ¿Por qué no pueden respetar las creencias de los demás? Yo no creo en su Dios, y sin embargo no por ello le deseo mal alguno.
- ¿Cómo no puedes creer en el Dios verdadero? No entiendo como una mujer tan inteligente como tú se puede haber convertido en una apóstata que reniega de Dios. Nuestro deber es mostrar el camino a las ovejas descarriadas como tú. El camino de la fe, las enseñanzas de las Santas Escrituras.
- Vuestras Santas Escrituras no son más que cuentos creados para subyugar la voluntad del populacho. Sin embargo yo sí creo en algo palpable, creo en la tierra, en las montañas, en los bosques, en el cielo, en el sol y en la luna, en la lluvia y el fuego. Creo en la fertilidad que produce la vida, y en el amor que mueve el mundo.
- Dios es amor.
- Y Dios también es odio y venganza. Vuestro Dios está hecho a imagen y semejanza del hombre….

El cura desató su ira con una bofetada sobre la cara de la mujer.

- ¡Calla ya, maldita bruja!

El grito histérico del párroco hubiera podido ser oído fuera de la casa pero, por suerte, no había vecinos cerca, a excepción de los que dormían en el camposanto. La mujer calló y miró desafiante a los ojos del cura, que no pudo más que bajar la mirada lleno de vergüenza. Hubiera deseado poder pedir perdón. Hubiera deseado no haber hecho lo que había hecho, pero hecho estaba. El párroco esperó que en cualquier momento ella se levantara y marchase, pero Judith se quedó allí.

- ¿Quieres saber lo que hacemos en los aquelarres?

El cura advirtió que Judith le estaba tuteando, y contestó alzando levemente la mirada en dirección a ella, pero sin decir nada.

- Nos juntamos las curanderas de una zona, que nos conocemos de toda la vida. Nosotras preferimos llamarnos curanderas, aunque vosotros nos llamáis brujas. No adoramos a ningún diablo ni tonterías por el estilo. Pero sí es verdad que nos juntamos una vez al año, la noche del solsticio de verano, para rendir culto a la madre naturaleza tal como hacían nuestros ancestros. Comemos hongos que nos producen alucinaciones y bailamos en estado de trance alrededor del fuego hasta caer extenuadas. Esta tradición ya era vieja cuando aún no se había escrito ni un solo reglón de vuestras Sagradas Escrituras. Tampoco buscamos la perdición de la gente, al contrario, ayudamos cuando alguien nos lo pide, sin tener en cuenta su condición, ni tan solo si se trata de alguien que nos querría ver ardiendo bajo un fuego de purificación. ¿Me crees o prefieres seguir juzgándome por las patrañas que lanzan las lenguas viperinas?
- ¿Y por qué hechizas a los hombres para que eviten a sus mujeres?
- ¡Yo no hechizo a nadie!. Vienen ellos a su voluntad. Es una cuestión de supervivencia. Si me prostituyo consigo ganar aliados que me prefieren viva, y además me pagan, y eso me da de comer. No sólo de hechizos vive una bruja.

El cura, ahora sí, miró a los ojos de Judith. Ella mostraba una sonrisa sarcástica que él no supo cómo interpretar.

- No te confundas cura, no he olvidado tu golpe, aunque lo perdono, tal como hacía tu mesías, perdonar, ¿te acuerdas?. Sólo que él ponía la otra mejilla, y yo eso nunca lo haré. La próxima vez que me pegues te mataré, tenlo por seguro. Ni siquiera tu Dios te salvaría.
- ¿Por qué me has explicado todo esto?
- Eres la única persona en este maldito pueblo que tiene inteligencia suficiente para entenderme. Además, eres la única persona que necesito que me entienda, la única que respeto de verdad, aunque a veces te comportes como un auténtico cabrito.

Ambos quedaron de nuevo en silencio, hasta que Judith habló de nuevo, esta vez en un tono más suave, casi maternal.

- ¿Te acuerdas de la última vez que alguien te dió un abrazo?

El cura se quedó sorprendido ante esa pregunta. En un principio le pareció algo absurdo, pero no tardó en darse cuenta que no recordaba si alguna vez había abrazado a alguien.

- ¿A dónde quieres ir a parar?
- Responde, cura.
- No me acuerdo. De todos modos estoy seguro que alguna vez habré abrazado algún feligrés que necesitase de consuelo.
- ¿Seguro?
- Bueno, no, no lo sé.
- ¿Y te acuerdas del último abrazo con tu madre?
- No.
- Déjame abrazarte.
- No puedo dejarte - el cura sintió pánico a que la bruja lo hechizara.
- Me debes un favor, y no quiero tu dinero, quiero darte un abrazo. Ten por seguro que no intentaré hechizarte para fornicar contigo.
- Sólo un abrazo.
- Uno sólo.

Ambos se levantaron y Judith, lentamente, rodeó con sus brazos al párroco. Si algún vecino hubiese visto la escena, al día siguiente Judith habría ardido en la hoguera, pero no había nadie excepto ellos dos.
Judith rodeó con sus brazos al párroco y lo apretó fuertemente contra su cuerpo. Al momento, él sintió que una gran tensión se liberaba de su cuerpo, como absorbida por el cuerpo de Judith. La sensación de alivio era tan grande que el cura se sorprendió llorando desconsoladamente mientras todo su cuerpo temblaba. Ninguno de los dos hubiera podido decir cuánto tiempo permanecieron abrazados; en un determinado momento, el cura dejó de llorar, su cuerpo dejó de temblar encontrando una paz que jamás había conocido, y hombre y mujer se separaron.
Sólo había sido un abrazo, uno sólo, pero había bastado para cambiar por siempre algo en lo más profundo del corazón del cura. Entonces Judith habló.

- Ahora tú seguirás tu camino y yo el mío, es lo que el destino nos ha marcado.
- ¿Por qué me has ayudado?
- Porque algún día tú podrás devolverme el favor; en ese momento deberás decidir si arriesgar tu vida por salvar la mía, o mirar hacia otro lado mientras el populacho me lincha en el nombre de tu Dios. Puedes dar por hecho que ese día llegará, más pronto que tarde.

El párroco notó como de nuevo su rostro se llenaba de lágrimas. De algún modo sabía que cuando ese momento llegase él no estaría a la altura, no se atrevería a defender a la bruja de la ira de los ignorantes...aunque quizás habría una remota oportunidad para que él se rebelase contra su naturaleza. A veces los caminos del señor son misteriosos.
Una voz surgió desde la habitación donde reposaba la madre del párroco.

- Hijo mío, ¿estás ahí?
- Judith miró con sus bellos ojos verdes a los ojos del párroco, llevándose un dedo índice a los labios, mientras silenciosamente se marchaba de la casa.
- Ya voy, madre. ¿Cómo te encuentras?
- Mucho mejor, gracias a Dios. Creí que había llegado mi hora, pero al final el Señor escogió que me quedara para cuidarte un poco más.

El cura pensó que, efectivamente, el Señor lo había querido así, pero también podía ser que al Señor le diese completamente igual. Rápidamente borró ese pensamiento de la cabeza y fue raudo a la habitación de su madre.

Judith salió de la casa justo en el momento en que despuntaba el alba. El sol le daba los buenos días. Tomó una buena bocanada de aire fresco que fue liberando poco a poco para relajarse. Había estado a punto de cometer un error muy grave, pero consiguió ser suficientemente fuerte como para evitarlo a tiempo, no debía enamorarse de nadie, y menos de un cura. Con esos pensamientos se puso en marcha de vuelta a su casa. Tenía un largo camino a pie por delante.

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