dijous, 25 de desembre de 2008

El abuelo

Me fijé en aquel abuelo de barba blanca sentado en el banco y dando de comer a las palomas. Su cara reflejaba cansancio pero también relajación, la que proporciona el trabajo bien hecho.
No me costó mucho reconocerle aunque ahora se presentara como un abuelo cualquiera, sin su mono rojo de trabajo. Digamos que un aura de bondad le rodeaba y por mucho que intentara pasar disimulado entre la gente normal no lo conseguía, desde lejos se veía que se trataba de un hombre bueno, el típico abuelo que todos querríamos tener, vamos, como el de Heidi.
Me acerqué a él y me senté justo a su lado en el banco, disimuladamente, comenzando a lanzar a las palomas las miguitas de la barra de pan que acababa de comprar. Me sentía bien a su lado, reconfortado, para mí eso ya era un gran regalo, un buen chute de energía positiva transmitida por la cercanía de aquel ser.
Tras estar un buen rato, los dos sentados al sol, alimentando las palomas, él me miró y me dijo:

  • ¿Qué?, ¿necesitas algo más de un servidor?, ¿ya estás satisfecho con tu regalo?
Me sorprendió que fuese tan directo y no pude más que balbucear un sencillo sí.

  • Pues entonces ya puedo marcharme a descansar a mi Laponia del alma. No sé si el próximo año podré volver.

  • ¿Se encuentra bien? - le pregunté yo.

  • Bueno, digamos que no envejezco como lo haceis vosotros, sino que a mi me hacen envejecer las cosas negativas del mundo, aquellas que no puedo eliminar con mis regalos. La tristeza, la maldad, el dolor, son los factores que me afectan negativamente, y estamos llegando a un extremo en el cual veo peligrar mi vida. Cada vez hay más gente triste y llena de dolor en el mundo, y yo no puedo hacer nada por arreglarlo.

  • Sí que puede.

  • ¿Sí puedo?

  • Sí, a mí se me ocurre algo. Regale bondad a la gente mala, seguro que si ellos descubren lo que significa la bondad no querrán renunciar a ella. Es como una droga que llena el alma de satisfacción. Con usted ha funcionado durante siglos, aunque su naturaleza no es mala, claro, quizás con ellos cueste más, pero seguro que al final se rendirán al encanto de ser buenas personas.

  • No es mala idea, el año que viene lo haré.

  • ¿ Cómo que el año que viene?, ¡¡¡empiece ya!!!

  • ¡Uy, lo siento!, mi convenio laboral no me permite trabajar fuera de navidad, lo siento.
El abuelo se levantó del banco, se giró a darme un último adiós con la mirada y se marchó sin decir nada más.

dimecres, 17 de desembre de 2008

El Principi de Heisenberg

A la neu va escriure un nom, i al moment el va esborrar. No volia deixar cap pista que mostrés a ningú el seu secret millor guardat.
Durant anys ningú li recordava cap amor, ni tan sols aquells amics més veterans podien recordar-li cap relació, una obsessió o cap mostra de desig per una altra persona. La majoria pensaven que no volia sortir de l'armari, però li respectaven tant que ningú mai li va pressionar per a conèixer la veritat, malgrat ésser la curiositat de tothom.
Ningú es pot imaginar les dues raons per les quals ell mai confessarà el seu amor: en primer lloc, el seu caràcter introvertit i tímid, i en segon lloc, el principi de Heisenberg: la mera observació de la matèria altera a aquesta. Ni tan sols mostra cap interès en el seu amor, no vol que res canviï respecte al moment actual, si es declarés tot canviaria i mai tornaria a ser com ara: podria ser rebutjat o pitjor, viurien una relació junts que segurament acabaria fracassant perdent així per sempre aquesta sensació per a la que viu.
No, mai es declararà i així podrà gaudir d'aquest amor per sempre.

Cuida tu salud

En su epitafio indicaba: “Aquí descansa el difunto más en forma del cementerio”.
Y es que su corta vida la había dedicado al deporte, pero no al deporte viciado de la competición, ni a su primo hermano dirigido a la imagen, tampoco era el caso. Su vida era el deporte y el deporte era su vida tan sólo por su afán de superación. Esa era su motivación, poder decir cada día “citius, altius, fortius”: más rápido, más alto, más fuerte.
Aunque de siempre le había gustado el deporte, hará ahora diez otoños cuando la muerte de un amigo a causa de un ataque al corazón le hizo pensar en lo importante que es una vida saludable para favorecer la longevidad. En ese momento dejó el tabaco -que consumía de vez en cuando- y el café -pues dicen que contiene radicales libres muy malos para la salud- y acogío una dieta sana basada en vegetales, pescado azul y carnes desgrasadas. También comenzó a evitar los lacteos pues no sé dónde había leido que sólo eran básicos en la época de lactancia de los bebés, pero fuera de ese momento ya no eran necesarios para nuestro cuerpo.
Se hizo un asiduo del gimnasio al cual acudía diariamente a hacer un poco de cinta o algún otro ejercicio cardiovascular, casi nada de pesas pues sabía que no favorecían a la columna vertebral, y un mucho de piscina, a la cual le dedicaba cada día una hora de su tiempo.
Diez años después de adoptar este saludable estilo de vida, a la edad de treinta y ocho años, su poderoso corazón se paraba inexplicablemente a los diez minutos de comenzar un ejercicio de carrera en cinta a una velocidad media de trece kilómetros por hora, nada especial para alguien tan en forma como él, ni tan sólo su camiseta se había comenzado a empapar de sudor. Los médicos dijeron que su cuerpo era genéticamente una bomba de relojería, que sus hábitos saludables quizás habían evitado que su corazón se hubiese parado unos años antes, pero que lo que pasó tenía que pasar.
Al final va a ser verdad que no somos dueños de nuestro destino.

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